Manuel García Morente
Idea de la Hispanidad
I. España como estilo
II El caballero cristiano
Conferencias pronunciadas los días 1 y 2 de junio de 1938
en la Asociación de Amigos del Arte, de Buenos Aires
I. España como estilo
@§ I CUATRO ASPECTOS DE LA HISTORIA DE ESPAÑA
Por cuatro veces en la historia universal ha sido España el centro y
eje de los acontecimientos mundiales.
La primera vez fué cuando Roma, la gran civilizadora de pueblos,
transcendió los límites de la península itálica y puso las plantas en la
ibérica. Entonces España no existía. Existía tan sólo como una realidad
geográfica. Pero los habitantes de las altas tierras que se extienden
desde el Pirineo hasta los confines del Africa poseían ya, sin duda,
algunas de las grandes virtudes que a lo largo de los siglos habían de
desenvolver magníficamente; porque los hispánicos opusieron al ingreso y
establecimiento de Roma en sus territorios tan tenaz y decidida
resistencia, que por inesperada sorprendió y conmovió profundamente a
los romanos. Fueron dos siglos de laboriosos esfuerzos – durante los cuales
Roma tuvo que enviar a España sus mejores legiones y sus más esclarecidos
generales – los que duró la conquista de España por los romanos. Y en
realidad cabría decir que no hubo en la contienda vencedores ni vencidos;
porque, como de Grecia más tarde, podría afirmarse también de España: que
el conquistado conquistó al conquistador. No por la fuerza, sino por la
superioridad de una cultura, de una civilización expansiva, fueron
domeñados los hispánicos, que consintieron al fin en entrar a formar parte
de ese consenso de pueblos que fué el Imperio Romano. Pero entonces los
españoles, recibiendo de Roma un cañamazo de cultura y de vida civilizada,
devolvieron a Roma, en energías creadoras y en típicas cualidades
espirituales, crecidos réditos como pago de los beneficios obtenidos. Los
españoles imprimieron su sello peculiar en la orientación histórica y
cultural de la vida romana, que se fué hispanizando, por decirlo así, al
tiempo que España se latinizaba. De España fueron a Roma hombres, ideas,
pensamientos, cualidades vitales y espirituales, que dejaron indelebles
huellas en la historia romana – entonces historia del mundo – . No hace
falta insistir en detalles. La serie de los emperadores, de los filósofos,
de los poetas, de los oradores españoles que marcaron rumbos en la
política y en la cultura del Imperio está en la mente de todos. España, en
su primer encuentro con un elemento extraño, supo, pues, maravillosamente
asimilar lo necesario, conservando, empero, y afirmando la peculiaridad de
sus propias esencias populares.
El segundo momento en que España ocupa el centro del escenario de la
historia universal fué cuando el mundo árabe, desencadenado en uno de los
vendavales más extraordinarios que registra la historia, invade por
Occidente Europa, inunda España y amenaza volcarse como catarata sobre
todo el resto del continente europeo y aniquilar la cristiandad. Entonces
un puñado de españoles conscientes de su alto misión histórica, un puñado
de españoles en quienes las virtudes futuras de la raza habíanse ya
depurado, fortalecido y acrisolado, oponen a la ola musulmana una
resistencia verdaderamente milagrosa. En las montañas de Asturias salvóse
la cristiandad y con ella la esencia de la cultura europea. Mas he aquí,
entonces, a España, constreñida durante ocho siglos a montar la
guardia en el baluarte de Europa, para permitir que el resto de los países
europeos vague en paz y tranquilidad a sus menesteres interiores. España,
a quien la Providencia confirió la misión de salvar la cultura cristiana
europea, asume su destino con plenitud de valor y de humildad; y durante
ocho siglos lleva a cabo, a la vez, dos empresas ingentes: la de oponer su
cuerpo y su sangre al empujón de los árabes, asegurando así la
tranquilidad de Europa, y la de hacerse a sí misma, crearse a sí misma
como nación consciente de su unidad y de su destino. La compenetración de
esas dos tareas históricas explica muchos de los caracteres más típicos de
la hispanidad; porque en la península, durante esos siglos de germinación
nacional, la vida ha debido manifestarse y desenvolverse siempre en dos
frentes, por decirlo así, en negación de lo ajeno y en simultánea
afirmación de lo propio, como repulsa de las formas mentales y
espirituales oriundas del mundo árabe y como tenaz mantenimiento de las
primordiales condiciones y aspiraciones de la naciente nacionalidad. Por
eso el espíritu religioso, cristiano, católico, llega a constituir un
elemento esencial de la nacionalidad española. Durante ocho siglos no
hay diferencia entre el no ser árabe y el ser cristiano; la negación
implica la afirmación, Ia afirmación lleva en si la negación. La nación
española, teniendo que forjar su ser, su más propia e intima esencia, en
la continua lucha contra una convicción religiosa ajena, contraria,
exótica e imposible, hubo de acentuar cada día más amorosamente, en el
seno de su profunda intimidad, el sentimiento cristiano de la vida. El
cristianismo desde entonces es algo consubstancial con la idea misma de la
hispanidad.
Pero además de la sensibilidad católica, esa lucha de ocho siglos
contra el peligro musulmán desenvuelve en el alma hispánica un modo de ser
peculiar, una acentuación de las virtudes guerreras en la persona
individual, unas cualidades típicas que, depuradas en años y siglos de
ejercicio real o imaginado, vienen a condensarse en el tipo humano del
caballero – tipo que, al finalizar este período, domina en el mundo y da la
pauta a las preferencias sociales.
Mas con esto llegamos al tercer gran momento de la historia española:
los siglos XVI y XVII Ya está terminada la secular tarea. Los
últimos mahometanos trasponen las fronteras de la península; y al mismo
tiempo el diseño psicológico del alma española acaba de redondear su traza
inmortal. las energías que durante los ocho siglos de la Reconquista
habían ido destilándose han constituido ya la nación española, han forjado
ya el ideal hispánico de vida, han pergeñado decisivamente el tipo de
hombre español. Ahora la hispanidad, terminada su labor interna, se
expande hacia fuera, sale de sus fronteras, toma en sus manos la dirección
del curso histórico y durante dos siglos lleva – por decirlo así – la batuta
en el concierto de la historia universal. España enseña al mundo, en este
período de su hegemonía, las tres ideas básicas en que se funda la vida
política moderna. En primer lugar, la idea del Estado nacional, que
los Reyes Católicos llevan a realización plena, antes que ninguna otra
monarquía de Europa. Justamente la gran tarea de la Reconquista había
preparado a España para ser en el mundo moderno la primera nación en donde
el Estado, la monarquía y el pueblo se fundieran como unidad política
actuante, eliminando la monarquía las fuerzas de todo poder disidente y
los últimos vestigios del feudalismo medieval. Cuando en Europa
todavía los señores son poderosos contra el rey, ya en España, en la
España de los Reyes Católicos, el poder real identificado con el pueblo y
constituyendo unidad sólida de Estado, reduce toda oposición y allana toda
asperidad de rebeldía. En segundo lugar, España bajo los Reyes
Católicos constituye, por vez primera en la historia moderna, el modelo de
un ejército nacional, órgano indispensable del nuevo Estado; el cual, en
efecto, no sería capaz de realizar su propia esencia política si no
dispusiera de una fuerza armada a las órdenes, no del rey como señor, sino
del rey como jefe indiscutido del Estado nacional. En tercer lugar
los españoles, la nación española, enseñan al mundo de entonces los
principios teóricos y la realización práctica de la moderna política
«imperialista». Desde los Reyes Católicos hasta Felipe IV, España expande
por el orbe su imperio universal, establece su predominio en las partes de
Europa, dilata sus posesiones por los nuevos mundos, que sus navegantes
descubren, circunda la tierra llevando la cruz y su bandera por las
comarcas más remotas conquista y coloniza continentes y construye el
imperio más vasto que la historia ha conocido. Y en estas tres
esenciales enseñanzas: concepto del Estado nacional monárquico, idea del
ejército nacional, expansión imperialista de la política exterior, España,
anticipándose a todos los demás pueblos, señala el programa que las demás
naciones se propondrán realizar después de ella y en contra de allá. Lo
que Inglaterra y Francia, seguidas luego por Alemania e Italia, hanse
esforzado por ser y hacer en la tierra es – no se olvide – una idea que
España pensó y realizó la primera en la historia del mundo moderno.
Por último, la cuarta ocasión en que España ocupa el centro y
constituye el eje de la historia universal es la coyuntura actual, la que
estamos viviendo en nuestros días. España se ha encontrado de pronto con
que el destino histórico le señalaba una misión de transcendental
importancia: la de dilucidar, la de demostrar experimentalmente la
imposibilidad de que una teoría, por apoyada que esté en fuerzas
materiales, prevalezca sobre la realidad histórica de la nacionalidad. Las
necesidades políticas de un Estado extranjero y las obligaciones
ideológicas de una teoría social exótica determinaron que desde 1931
España fuese invadida, sin previa declaración de guerra, por un
ejército invisible, pero bien organizado, bien mandado y abundantemente
provisto de las más crueles armas. La Internacional comunista de Moscú
resolvió ocupar España, apoderarse de España, destruir la nacionalidad
española, borrar del mundo la hispanidad y convertir el viejísimo solar de
tanta gloria y tan fecunda vida en una provincia de la Unión Soviética. De
esta manera el comunismo internacional pensaba conseguir dos fines
esenciales: instaurar su doctrina en un viejo pueblo culto de Occidente y
atenazar la Europa central entre Rusia por un lado y España soviética por
el otro, creando, al mismo tiempo, a las puertas mismas de Francia una
base eficaz para la próxima acometida a la nacionalidad francesa. Este
plan, cuya base principal era la sovietización – la deshispanización – de
España, es el que ha convertido a la nación española hoy en el centro o
eje de la historia universal. Porque las circunstancias en que se ha
procurado la ejecución de ese plan son tales, que su éxito o su fracaso
habría de decidir un punto capital para la historia futura del mundo: el
de si es posible o no que la teoría política y social del comunismo
prevalezca sobre la realidad vital de las nacionalidades y deshaga
– más o menos lentamente – la división de la humanidad en naciones. Y así,
de pronto, el problema de España ha quedado elevado a la categoría de un
verdadero experimento crucial de la historia. Este experimento histórico
ha sido, empero, concluyente. Iniciado en 1931, he aquí que durante los
siete años fatídicos las ruinas se han ido amontonando sobre España, los
cadáveres se han ido hacinando en piras gigantescas. Pero los vesánicos
esfuerzos de los «sin patria» se han estrellado, al fin, ante la secular
voluntad de una nación que no quiere morir asesinada. Al cabo de siete
años de esfuerzos formidables, el fracaso del comunismo internacional es
patente. Sobre las ruinas humeantes que los ejércitos comunistas dejan
atrás en su fuga, ondea victoriosa la bandera nacional; y la nacionalidad
hispana se siente hay más fuerte, más vigorosa, más decisiva que nunca.
España acaba, pues, de demostrar al mundo que ninguna teoría, por armada
que esté de recursos, puede destruir la nacionalidad, base indispensable
de toda vida colectiva humana. España ha asumido estoicamente el papel de
víctima ejemplar en el laboratorio de la historia y ha dado en su
propia carne y con su propia sangre una inolvidable lección al mundo, una
lección que ojalá, en efecto, no sea olvidada jamás.
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