Acto primero



Tirso de Molina (1583?-1648)

EL CONDENADO POR DESCONFIADO




Personas que hablan en ella:
  • PAULO, ermitaño
  • PEDRISCO, gracioso
  • El DEMONIO
  • OCTAVIO, galán
  • LISANDRO, galán
  • CELIA, amada de Enrico
  • LIDORA, su criada
  • ENRICO, rufián
  • GALVAN
  • ESCALANTE
  • ROLDAN
  • CHERINOS
  • ANARETO, padre, de Enrico
  • ALBANO, viejo
  • un PASTOR
  • un GOBERNADOR
  • tres PRISIONEROS
  • un ALCALDE
  • un PORTERO
  • un JUEZ
  • un MUSICO
  • algunos VILLANOS


ACTO PRIMERO


Sale PAULO de ermitaño

PAULO:      ¡ Dichoso albergue mío !
   ¡ Soledad apacible y deleitosa,
   que al calor y al frío
   me dais posada en esta selva umbrosa,
   donde el huésped se llama 5
   o verde yerba o pálida retama !
   Agora, cuando el alba
   cubre las esmeraldas de cristales,
   haciendo al sol la salva,
   que de su coche sale por jarales, 10
   con manos de luz pura
   quitando sombras de la noche oscura,
   salgo de aquesta cueva
   que en pirámides altos de estas peñas
   naturaleza eleva, 15
   y a las errantes nubes hace señas
   para que noche y día,
   ya que no hay otra, le hagan compañia.
   Salgo a ver este cielo,
   alfombra azul de aquellos pies hermosos. 20
   ¿ Quién, ¡ oh celestes cielos !,
   aquesos tafetanes luminosos
   rasgar pudiera un poco
   para ver... ?    ¡ ay, de mí ! Vuélvome loco.
   Mas ya que es imposible, 25
   y sé cierto, Señor, que me estáis viendo
   desde ese inaccesible
   trono de luz hermoso, a quien sirviendo
   están ángeles bellos,
   más que la luz del sol hermosos ellos, 30
   mil glorias quiero daros
   por las mercedes que me estáis haciendo,
   sin saber obligaros.
   ¿ Cuándo yo merecí que del estruendo
   me sacarais del mundo, 35
   que es umbral de las puertas del profundo ?
   ¿ Cuándo, Señor divino,
   podrá mi indignidad agradeceros
   el volverme al camino,
   que si yo lo conozco, es fuerza el veros, 40
   y tras esta victoria,
   darme en aquestas selvas tanta gloria ?
   Aquí los pajarillos,
   amorosas canciones repitiendo,
   por juncos y tomillos, 45
   de vos me acuerdan, y yo estoy diciendo:
   si esta gloria da el suelo,
   ¿ qué gloria será aquélla que da el cielo ?
   Aquí estos arroyuelos,
   girones de cristal en campo verde, 50
   me quitan mis desvelos
   y son causa a que de vos me acuerde,
   tal es el gran contento
   que infunde al alma su sonoro acento.
   Aquí silvestres flores 55
   el fugitivo tiempo aromatizan,
   y de varios colores
   aquesta vega humilde fertilizan.
   Su belleza me asombra:
   calle el tapete y berberisca alfombra. 60
   Pues con estos regalos,
   con aquestos contentos y alegrías,
   ¡ bendito seas mil veces,
   inmenso Dios que tanto bien me ofreces !
   Aquí pienso seguirte 65
   ya que el mundo dejé para bien mío.
   Aquí pienso servirte,
   sin que jamás humano desvarío,
   por más que abre la puerta
   el mundo a sus engaños, me divierta. 70
   Quiero, Señor divino,
   pediros de rodillas humilmente
   que en aqueste camino
   siempre me conservéis piadosamente.
   Ved que el hombre se hizo 75
   de barro, y de barro quebradizo.

Sale PEDRISCO con un haz de hierba.    Pónese PAULO de rodillas y elévase

PEDRISCO:      Como si fuera borrico
   vengo de yerba cargado,
   de quien el monte está rico.
   Si esto como, desdichado, 80
   triste fin me pronostico.
   ¡ Que he de comer hierba yo,
   manjar que el cielo crió
   para brutos animales !
   Déme el cielo en tantos males 85
   paciencia.    Cuando me echó
   mi madre al mundo,decía"
   "Mis ojos santo te vean,
   Pedriso del alma mía."
   Si esto las madres desean, 90
   una suegra y una tía
   ¿ qué desearán ?    Que aunque el ser
   santo un hombre es gran ventura,
   es desdicha el no comer.
   Perdonad esta locura 95
   y este loco proceder,
   mi Dios, y, pues conocida
   ya mi condición tenéis,
   no os enojéis porque os pida
   que la hambre me quitéis, 100
   o no sea santo en mi vida.
   Y si puede ser, Señor,
   pues que vuestro inmenso amor
   todo lo imposible coma,
   que sea santo y que coma, 105
   mi Dios, mejor que mejor.
   De mi tierra me sacó
   Paulo, diez años habrá,
   y a aqueste monte apartó;
   él en una cueva está, 110
   y en otra cueva estoy yo.
   Aquí penitencia hacemos,
   y sólo yerbas comemos,
   y a veces nos acordamos
   de lo mucho que dejamos 115
   por lo poco que tenemos.
   Aquí el sonoro raudal
   de un despeñado cristal,
   digo a estos olmos sombríos;
   "¿ Dónde estáis, jamones míos, 120
   que no os doléis de mi mal ?
   Cuando yo solía cursar
   la ciudad y no las peñas
   --¡ memorias me hacen llorar !--
   de las hambres más pequeñas 125
   gran pesar solíais tomar.
   Erais jamones leales,
   bien os puedo así llamar,
   pues merecéis nombres tales,
   aunque ya de las mortales 130
   no tengáis ningún pesar."
   Mas ya está todo perdido;
   yerbas comeré afligido,
   aunque llegue a presumir
   que algún mayo he de parir, 135
   por las flores que me comido.
   Mas Paulo sale de la cueva oscura;
   entrar quiero en la mía tenebrosa
   y comerlas allí.

Vase y sale PAULO

PAULO:                              ¡ Qué desventura !
   Y, ¡ qué desgracia cierta, lastimosa ! 140
   El sueño me venció, viva figura
   --por lo menos imagen temorosa--
   de la muerte crüel; y al fin rendido,
   la devota oración puse en olvido.
   Siguióse luego al sueño otro, de suerte, 145
   sin duda, que a mi Dios tengo enojado,
   si no es que acaso el enemigo fuerte
   haya aquesta ilusión representado.
   Siguióse al final, ¡ ay Dios !, el ver la muerte.
   ¡ Qué espantosa figura !    ¡ Ay, desdichado ! 150
   Si el verla en sueños causa tal quimera,
   el que vivo la ve, ¿ qué es lo que espera ?
   Tiróme el golpe con el brazo diestro,
   no cortó la guadaña.    El arco toma;
   la flecha en el derecho, y el siniestro 155
   el arco mismo que altiveces doma;
   tiróme al corazón.    Yo que me muestro
   al golpe herido, porque al cuerpo coma
   la madre tierra, como a su despojo,
   desencarcelo el alma, el cuerpo arrojo. 160
   Salió el alma en un vuelo, en un instante
   vi de Dios la presencia.    ¡ Quién pudiera
   no verle entonces !    ¡ Qué crüel semblante !
   ¡ resplandeciente espada y justiciera
   en la derecha mano !    Y arrogante 165
   --como ya por derecho suyo era--
   el fiscal de las almas miré a un lado
   que aun en ser victorioso estaba airado.
   Leyó mis culpas, y mi guarda santa
   leyó mis buenas obras, y el Justicia 170
   Mayor del cielo, que es aquél que espanta
   de la infernal morada la malicia,
   las puso en dos balanzas; mas levanta
   el peso de mi culpa y mi justicia
   mis obras buenas tanto, que el Juez Santo 175
   me condena a los reinos del espanto.
   Con aquella fatiga y aquel miedo
   desperté, aunque temblando, y no vi nada
   si no es mi culpa, y tan confuso quedo,
   que si no es a mi suerte desdichada, 180
   o traza del contrario, ardid o enredo,
   que vibra contra mí su ardiente espada,
   no sé a qué lo atribuya.    Vos, Dios santo,
   me declarad la causa de este espanto.
   ¿ Heme de condenar, mi Dios divino, 185
   como este sueño dice, o he de verme
   en el sagrado alcázar cristalino ?
   Aqueste bien, Señor, habéis de hacerme:
   ¿ Qué fin he de tener ?    Pues un camino
   sigo tan bueno, no queráis tenerme 190
   en esta confusión, Señor eterno.
   ¿ He de ir a vuestro cielo o al infierno ?
   Treinta años de edad tengo, Señor mío,
   y los diez he gastado en el desierto,
   y si viviera un siglo, sin siglo fío 195
   que lo mismo ha de ser; esto os advierto.
   Si esto cumplo, Señor, con fuerza y brío,
   ¿ qué fin he de tener ? --Lágrimas vierto.--
   Respondedme, Señor, Señor eterno.
   ¿ He de ir a vuestro cielo o al infierno ? 200

Aparece el DEMONIO el lo alto

DEMONIO:      Diez años ha que persigo
   a este monje en el desierto,
   recordándole memorias
   y pasados pensamientos;
   y siempre le he hallado firme 205
   como un gran peñasco opuesto.
   Hoy duda en su fe, que es duda
   de la fe lo que hoy ha hecho,
   porque es la fe en el cristiano
   que sirviendo a Dios y haciendo 210
   buenas obras, ha de ir
   a gozar de él en muriendo.
   Este, aunque ha sido tan santo,
   duda de la fe, pues vemos
   que quiere del mismo Dios, 215
   estando en duda, saberlo.
   En la soberbia también
   ha pecado, caso es cierto.
   Nadie como yo lo sabe,
   pues por soberbio padezco. 220
   Y con la desconfianza
   le ha ofendido, pues es cierto
   que desconfía de Dios
   el que a su fe no da crédito.
   Un sueño la causa ha sido; 225
   y el anteponer un sueño
   a la fe de Dios, ¿ quién duda
   que es pecado manifiesto ?
   Y así me ha dado licencia
   el juez más supremo y recto 230
   para que con más engaños
   le incite agora de nuevo.
   Sepa resistir valiente
   los combates que le ofrezco,
   pues supo desconfiar 235
   y ser como yo soberbio.
   Su mal ha de restaurar
   de la pregunta que ha hecho
   a Dios, pues a su pregunta
   mi nuevo engaño prevengo. 240
   De ángel tomaré la forma,
   y responderé a su intento
   cosas que le han de costar
   su condenación, si puedo.

Quítase el DEMONIO la túnica y queda de ángel

PAULO:      Dios mío, aquesto suplico: 245
   ¿ Salvaréme, Dios inmenso ?
   ¿ Iré a gozar vuestra gloria ?
   Que me respondáis espero.
DEMONIO:      Dios, Paulo, te ha escuchado
   y tus lágrimas ha visto. 250
PAULO:      (¡ Qué mal el temor resisto ! Aparte
   Ciego en mirarlo he quedado.)
DEMONIO:      Me ha mandado que te saque
   de esa ciego confusión,
   porque esa vana ilusión 255
   de tu contrario se aplaque.
   Ve a Nápoles, y a la puerta
   que llaman allá del Mar,
   que es por donde tú has de entrar
   a ver tu ventura cierta 260
   o tu desdicha verás
   cerca de allá--estáme atento--
   un hombre...
PAULO:                            ¡ Qué gran contento
   con tus razones me das !
DEMONIO:      ...que Enrico tiene por nombre, 265
   hijo del noble Anareto;
   conocerásle, en efeto,
   por señas, que es gentil hombre,
   alto de cuerpo y gallardo.
   No quiero decirte más, 270
   porque apenas llegarás
   cuando le veas.
PAULO:                              Aguardo
   lo que le he de preguntar
   cuando yo le llegue a ver.
DEMONIO:      Sólo una cosa has de hacer. 275
PAULO:      ¿ Qué he de hacer ?
DEMONIO:                                Verle y callar,
   contemplando su acciones,
   sus obras y sus palabras.
PAULO:      En mi pecho ciego labras
   quimeras y confusiones. 280
   ¿ Sólo eso tengo de hacer ?
DEMONIO:      Dios que en él repares quiere,
   porque el fin que aquél tuviere,
   ese fin has de tener.

Desaparece

PAULO:      ¡ Oh misterio soberano ! 285
   ¿ Quién este Enrico será ?
   Por verle me muero ya.
   ¡ Qué contento estoy, qué ufano !
   Algún divino varón
   debe de ser.    ¿ Quién lo duda ? 290

Sale PEDRISCO

PEDRISCO:      Siempre la fortuna ayuda
   al más flaco corazón.
   Lindamente he manducado.
   Satisfecho quedo ya.
PAULO:      Pedrisco.
PEDRISCO:                        A esos pies está 295
   mi boca.
PAULO:                        A tiempo ha llegado.
   Los dos habemos de hacer
   una jornada al momento.
PEDRISCO:      Brinco y salto de contento.
   Mas, ¿ dónde, Paulo, ha de ser ? 300
PAULO:      A Nápoles.
PEDRISCO:                              ¿ Qué me dices ?
   Y ¿ a qué, padre ?
PAULO:                                En el camino
   sabrá un paso peregrino.
   --¡ Plegue a Dios que sea felice !--
PEDRISCO:      ¿ Si seremos conocidos 305
   de los amigos de allá ?
PAULO:      Nadie nos conocerá,
   que vamos desconocidos
   en el traje y en la edad.
PEDRISCO:      Diez años ha que faltamos; 310
   seguros pienso que vamos;
   que es tal la seguridad
   de este tiempo que en una hora
   se desconoce el amigo.
PAULO:      Vamos.
PEDRISCO:                Vaya Dios conmigo. 315
PAULO:      De contento el alma llora.
   A obedeceros me aplico,
   mi Dios; nada me desmaya,
   pues vos me mandáis que vaya
   a ver al dichoso Enrico. 320
   ¡ Gran santo debe de ser !
   Lleno de contento estoy.
PEDRISCO:      Y yo, pues contigo voy
   (No puedo dejar de ver,          Aparte
   pues que mi bien es tan cierto, 325
   con tan alta maravilla,
   el bodegón de Juanilla
   y la taberna del tuerto.)

Vanse y sale el DEMONIO

DEMONIO:      Bien mi engaño va trazado:
   hoy verá el desconfiado 330
   de Dios y de su poder
   el fin que viene a tener,
   pues él propio lo ha buscado.

Vase y salen OCTAVIO y LISANDRO

LISANDRO:      La fama de esta mujer
   sólo a verla me ha traído. 335
OCTAVIO:      ¿ De qué es la fama ?
LISANDRO:                                  La fama
   que de ella, Octavio, he tenido,
   es de que es la más discreta
   mujer que en aqueste siglo
   ha visto el napolitano 340
   reino.
OCTAVIO:                  Verdad os han dicho.
   Pero aquesa discreción
   es el cebo de sus vicios;
   con ésa engaña a los necios,
   con ésa estafa a los lindos; 345
   con una octava o soneto
   que con picaresco estilo
   suele hacer de cuando en cuando,
   trae a mil hombres perdidos,
   y por parecer discretos 350
   alaban el artificio,
   el lenguaje y los concetos.
LISANDRO:      Notables cosas me han dicho
   de esta mujer.
OCTAVIO:                            Está bien.
   ¿ No os dijo el que aqueso os dijo, 355
   que es de esta mujer la casa
   un depósito de vivos,
   y que nunca está cerrada
   al napolitano rico
   ni al alemán, ni al inglés, 360
   ni al húngaro, armenio o indio,
   ni aun al español tampoco,
   con ser tan aborrecido
   en Nápoles.
LISANDRO:                          ¿ Eso pasa ?
OCTAVIO:      La verdad es lo que digo, 365
   como es verdad que venís
   de ella enamorado.
LISANDRO:                                  Afirmo
   que me enamoró su fama.
OCTAVIO:      Pues más hay.
LISANDRO:                            Sois fiel amigo.
OCTAVIO:      Que tiene cierto mancebo 370
   por galán, que no ha nacido
   hombre tan mal inclinado
   en Nápoles.
LISANDRO:                          Será Enrico,
   hijo de Anareto el viejo,
   que pienso que ha cuatro o cinco 375
   años que está en una cama
   el pobre viejo tullido.
OCTAVIO:      El mismo.
LISANDRO:                    Noticia tengo
   de ese mancebo.
OCTAVIO:                              Os afirmo,
   Lisandro, que es el peor hombre 380
   que en Nápoles ha nacido.
   Aquesta mujer le da
   cuanto puede, y cuando el vicio
   de juego suele apretalle,
   se viene a su casa él mismo 385
   y le quita a bofetadas
   las cadenas, los anillos.
LISANDRO:      ¡ Pobre mujer !
OCTAVIO:                            También ella
   suele hacer sus ciertos tiros,
   quitando la hacienda a muchos 390
   que son en su amor novicios,
   con esta falsa poesía.
LISANDRO:      Pues ya que estoy advertido
   de amigo tan buen maestro,
   allí veréis si yo os sirvo. 395
OCTAVIO:      Yo entraré con vos también;
   mas ojos al dinero, amigo.
LISANDRO:      Con invención entraremos.
OCTAVIO:      Diréisle que habéis sabido
   que hace versos elegantes 400
   y que a precio de un anillo
   unos versos os escriba
   a una dama.
LISANDRO:                          ¡ Buen arbitrio !
OCTAVIO:      Y yo, pues entro con vos,
   le diré también lo mismo. 405
   Esta es la casa.
LISANDRO:                                Y aun pienso
   que está en el patio.
OCTAVIO:                                          Si Enrico
   nos coge dentro, por Dios,
   que recelo algún peligro.
LISANDRO:      ¿ No es un hombre solo ?
OCTAVIO:                                          Sí. 410
LISANDRO:      Ni le temo, ni le estimo.

Salen CELIA leyendo un papel y LIDORA con recado de escribir

CELIA:      Bien escrito está el papel.
LIDORA:      Es discreto Severino.
CELIA:      Pues no se le echa de ver
   notablemente.
LIDORA:                            [¿ No has dicho 415
   que escribe bien ?
CELIA:                                Sí, por cierto.]
   La letra es buena; [esto digo.]
LIDORA:      Ya entiendo.    [La mano y pluma
   son de maestro de niños.]
CELIA:      Las razones de ignorante. 420
OCTAVIO:      Llega, Lisandro atrevido.
LISANDRO:      Hermosa es, por vida mía.
   Muy pocas veces se ha visto
   belleza y entendimiento
   tanto en un sujeto mismo. 425
LIDORA:      Dos caballeros, si ya
   se juzgan por el vestido,
   han entrado.
CELIA:                            ¿ Qué querrán ?
LIDORA:      Lo ordinario.
OCTAVIO:                            Ya te ha visto.
CELIA:      ¿ Qué mandan vuesas mercedes ? 430
LISANDRO:      Hemos llegado atrevidos,
   porque en casas de poetas
   y de señores, no ha sido
   vedada la entrada a nadie.
LIDORA:      (Gran sufrimiento ha tenido,                  Aparte 435
   pues la llamaron poeta,
   y ha callado.)
LISANDRO:                              Yo he sabido
   que sois discreta en extremo,
   y que de Homero y de Ovidio
   excedéis la misma fama; 440
   y así yo y aqueste amigo
   que vuestro ingenio me alaba,
   en competencia venimos
   de que para cierta dama
   que mi amor puso en olvido 445
   y se casó a su disgusto,
   le hagáis algo; que yo afirmo
   el premio a vuestra hermosura,
   si es, señora, premio digno
   el daros mi corazón. 450
LIDORA:      (Por Belerma te ha tenido.)                  Aparte
OCTAVIO:      Yo vine también, señora,
   pues vuestro ingenio divino
   obliga a los que se precian
   de discretos, a lo mismo. 455
CELIA:      ¿ Sobre quién tiene de ser ?
OCTAVIO:      Una mujer que me quiso
   cuando tuvo qué quitarme,
   y ya que pobre me ha visto,
   se recogió a buen vivir. 460
LIDORA:      (Muy como discreta hizo.)                    Aparte
CELIA:      A buen tiempo habéis llegado;
   que a un papel que me han escrito
   querría responder ahora;
   y pues decís que de Ovidio 465
   excedo la antigua fama,
   haré ahora más que él hizo;
   a un tiempo se han de escribir
   vuestros papeles y el mío.

A LIDORA

   Da a todos tinta y papel. 470
LISANDRO:      ¡ Bravo ingenio !
OCTAVIO:                                Peregrino.
LIDORA:      Aquí está tinta y papel.
CELIA:      Escribid, pues.
LISANDRO:                              Ya escribimos.
CELIA:      ¿ Tú dices que a una mujer
   que se casó ?
LISANDRO:                            Aqueso digo. 475
CELIA:      ¿ Y tú a la que de dejó
   después que no fuiste rico
OCTAVIO:      Así es verdad.
CELIA:                              Y yo aquí
   le respondo a Severino.

Escriban, y salen GALVAN y ENRICO con espada y broquel

ENRICO:      ¿ Qué se busca en esta casa, 480
   hidalgos ?
LISANDRO:                        Nada buscamos;
   estaba abierta y entramos.
ENRICO:      ¿ Conóceme ?
LISANDRO:                          Aquesto pasa.
ENRICO:      Pues váyanse noramala,
   que, voto a Dios, si me enojo... 485
   No me haga, Celia del ojo.
OCTAVIO:      ¿ Qué locura a aquesta iguala ?
ENRICO:      Que los arroje en el mar,
   aunque está lejos de aquí.

Aparte a ENRICO

CELIA:      Mi bien, por amor de mí. 490
ENRICO:      ¿ Tú te atreves a llegar ?
   Apártate, ¡ voto a Dios !,
   que te dé una bofetada.
OCTAVIO:      Si el estar aquí os enfada,
   ya nos iremos los dos. 495
LISANDRO:      ¿ Sois pariente, o sois hermano
   de aquesta señora ?
ENRICO:                                  Soy
   el diablo.
GALVAN:                            Ya yo estoy
   con la hojarasca en la mano.
   Sacúdelos.
OCTAVIO:                                Deteneos. 500
CELIA:      Mi bien, por amor de Dios.
OCTAVIO:      Aquí venimos los dos,
   no con lascivos deseos,
   sino a que nos escribiese
   unos papeles.
ENRICO:                            Pues ellos, 505
   que se precian de tan bellos,
   ¿ no saben escribir ?
OCTAVIO:                                        Cese
   vuestro enojo.
ENRICO:                                  ¿ Qué es cesar ?
   ¿ Qué es de lo escrito ?
OCTAVIO:                                          Esto es.

Rasga los papeles

ENRICO:      Vuelvan por ellos después, 510
   porque ahora no hay lugar.
CELIA:      ¿ Los rompiste ?
ENRICO:                                      Claro está
   y si me enojo...
CELIA:                                ¡ Mi bien !
ENRICO:      ...haré los mismo también
   de sus caras.
LISANDRO:                            Basta ya. 515
ENRICO:      Mi gusto tengo de hacer
   en todo cuanto quisiere;
   y si voarcé lo quiere,
   sor hidalgo, defender,
   cuéntese sin piernas ya, 520
   porque yo nunca temí
   hombres como ellos.
LISANDRO:                                  ¿ Qué ansí
   nos trate un hombre ?
OCTAVIO:                                        ¡ Calla !
ENRICO:      Ellos se precian de hombres,
   siendo de mujer las almas; 525
   si pretenden llevar palmas
   y ganar honrosos nombre
   defiéndanse de esta espada.

Acuchíllelos

CELIA:      ¡ Mi bien !
ENRICO:                          Aparta.
CELIA:                                      Detente.
ENRICO:      [Nadie detenerme intente.] 530
CELIA:      ¿ Qué es aquesto ?    ¡ Ay, desdichada !
LIDORA:      Huyendo van, que es belleza.
GALVAN:      ¡ Qué cuchillada le di !
ENRICO:      Viles gallinas, ¿ ansí
   afrentáis vuestra destreza ? 535
CELIA:      Mi bien, ¿ qué has hecho ?
ENRICO:                                              Nonada.
   ¡ Gallardamente le di
   a aquél más alto !    Le abrí
   un jeme de cuchillada.
LIDORA:      ¡ Bien el que entra a verte gana ! 540
GALVAN:      Una punta le tiré
   a aquél más bajo,    le eché
   fuera una arroba de lana.
   ¡ Terrible peto traía !
ENRICO:      ¿ Siempre, Celia, me has de dar 545
   disgusto ?
CELIA:                        Basta el pesar;
   sosiega, por vida mía.
ENRICO:      ¿ No te he dicho que no gusto
   que entren estos marquesotes
   todos guedejas, bigotes, 550
   adonde me dan disgusto ?
   ¿ Qué provecho tienes de ellos ?
   ¿ Qué te ofrecen, qué te dan
   éstos que contino están
   rizándose los cabellos. 555
   De peña, de roble o risco
   es el dar su condición;
   su bolsa hizo profesión
   en la orden de San Francisco.
   Pues, ¿ para qué los admites ? 560
   ¿ Para qué los das entrada ?
   ¿ No te tengo yo avisada ?
   Tú harás algo que me incites
   a cólera.
CELIA:                              Bueno está.
ENRICO:      Apártate.
CELIA:                        Oye, mi bien, 565
   porque sepas que hay también
   alguno en éstos que da.
   Aqueste anillo y cadena
   me dieron éstos.
ENRICO:                                A ver.
   La cadena he menester, 570
   que me parece muy buena.
CELIA:      ¿ La cadena ?
ENRICO:                                Y el anillo
   también me has de asegurar.
LIDORA:      Déjale algo a mi señora.
ENRICO:      Ella, ¿ no sabrá pedillo ? 575
   ¿ Para qué lo pides tú ?
GALVAN:      Esta por hablar se muere.
LIDORA:      ¡ Mal haya quien bien os quiere,
   rufianes de Bercebú !
CELIA:      Todo es tuyo, vida mía; 580
   y, pues yo tan tuya soy,
   escúchame.
ENRICO:                          Atento estoy.
CELIA:      Sólo pedirte querría
   que nos lleves esta tarde
   a la Puerta de la Mar. 585
ENRICO:      El manto puedes tomar.
CELIA:      Yo haré que allá nos aguarde
   la merienda.
ENRICO:                                  ¿ Oyes, Galván ?
   Ve a avisar luego al instante
   a nuestro amigo Escalante, 590
   a Cherinos y Roldán,
   que voy con Celia.
GALVAN:                                            Sí haré.
ENRICO:      Di que a la Puerta del Mar
   nos vayan luego a esperar
   con sus mozas.
LIDORA:                            ¡ Bien a fe !
GALVAN:                Ello habrá lindo bureo. 595
   Mas que ha de haber cuchilladas.
CELIA:      ¿ Quieres que vamos tapadas ?
ENRICO:      No es eso lo que deseo.
   Descubiertas habéis de ir,
   porque quiero en este día 600
   que sepan que tú eres mía.
CELIA:      Como te podré servir,
   vamos.
LIDORA:                            Tú eres inocente.
   ¿ Todas las joyas le has dado ?
CELIA:      Todo está bien empleado 605
   en hombre que es tan valiente.
GALVAN:                Mas que ¿ no te acuerdas ya
   que te dijeron ayer,
   que una muerte habías de hacer ?
ENRICO:      Cobrada y gastada está
   ya la mitad del dinero. 610
GALVAN:      Pues, ¿ para qué vas al mar ?
ENRICO:      Después se podrá trazar,
   que ahora, Galván, no quiero.
   Anillo y cadenas tengo,
   que me dio la tal señora; 615
   dineros sobran ahora.
GALVAN:      Ya tus intentos prevengo.
ENRICO:      Viva alegre el desdichado,
   libre de cuidado y pena,
   que en gastando la cadena 620
   le daremos su recado.

Vanse y salen PAULO y PEDRISCO de camino graciosamente

PEDRISCO:      Maravillado estoy de tal suceso.
PAULO:      Secretos son de Dios.
PEDRISCO:                                        ¿ De modo, padre,
   que el fin que ha de tener aqueste Enrico
   ha de tener también ?
PAULO:                                        Faltar no puede 625
   la palabra de Dios; el ángel suyo
   me dijo que si Enrico se condena
   me he de condenar, y si él se salva
   también me he de salvar.
PEDRISCO:                                            Sin duda, padre,
   que es un santo varón aqueste Enrico. 630
PAULO:      Eso mismo imagino.
PEDRISCO:                                  Esta es la puerta
   que llaman de la Mar.
PAULO:                                          Aquí me manda
   el ángel que le aguarde.
PEDRISCO:                                          Aquí vivía
   un tabernero gordo, padre mío,
   adonde yo acudía muchas veces; 635
   y más allá, el acaso se le acuerda,
   vivía aquella moza rubia y alta
   que Archero de la Guarda parecía
   a quien él requebraba.
PAULO:                                          ¡ Oh, vil contrario !
   Livianos pensamientos me fatigan. 640
   ¡ Cuerpo flaco !    Hermano, escuche.
PEDRISCO:                                                    Escucho.
PAULO:      El contrario me tienta con memoria
   de los pasados gustos...

Echase en el suelo

PEDRISCO:                                              Pues, ¿ qué hace ?
PAULO:      En el suelo me arrojo de esta suerte
   para que en él me pise.    Llegue, hermano. 645
   Píseme muchas veces.
PEDRISCO:                                        En buen hora,
   que soy muy obediente, padre mío.

Písale

   ¿ Písole bien ?
PAULO:                            Sí, hermano.
PEDRISCO:                                              ¿ No le duele ?
PAULO:      Pise, y no tenga pena.
PEDRISCO:                                          ¿ Pena, padre ?
   ¿ Por qué razón he yo de tener pena ? 650
   Piso y repiso, padre de mi vida;
   mas temo no reviente, padre mío.
PAULO:      Píseme, hermano.

Dan voces dentro, deteniendo a ENRICO

ROLDAN:                                  Deteneos, Enrico.
ENRICO:      Al mar he de arrojalle, ¡ vive el cielo !
PAULO:      A Enrico oí nombrar.
ENRICO:                                        ¿ Gente mendiga 655
   ha de haber en el mundo ?
CHERINOS:                                            Deteneos.
ENRICO:      Podrásme detener en arrojándole.
CELIA:      ¿ Dónde vas ?    Detente.
ENRICO:                                        No hay remedio.
   Harta merced te hago pues te saco
   de tan grande miseria.
ROLDAN:                                            ¿ Qué habéis hecho ? 660

Salen todos

ENRICO:      Llegóme a pedir un pobre una limosna;
   dolióme el verle con tan gran miseria,
   y porque no llegase a avergonzarse
   otro desde hoy, cogíle yo en los brazos
   y le arrojé en el mar.
PAULO:                                          ¡ Delito inmenso ! 665
ENRICO:      Ya no será más pobre, según pienso.
PEDRISCO:      (¡ Algún diablo limosna te pidiera !)        Aparte
CELIA:      ¿ Siempre has de ser crüel ?
ENRICO:                                            No me repliques,
   que haré contigo y los demás lo mismo.
ESCALANTE:      Dejemos eso agora, por tu vida.
   Sentémonos los dos, Enrico amigo. 670

Aparte a PEDRISCO

PAULO:      A éste han llamado Enrico.
PEDRISCO:                                            Será otro.
   ¿ Querías tú que fuese este mal hombre
   que en vida está ya ardiendo en los infiernos ?
   Aguardemos a ver en lo que pára.
ENRICO:      Pues siéntense voarcedes, porque quiero 675
   haya conversación.
ESCALANTE:                              Muy bien ha dicho.
ENRICO:      Siéntese, Celia, aquí.
CELIA:                                        Ya estoy sentada.
ESCALANTE:      Tú conmigo, Lidora.
LIDORA:      Lo mismo digo yo, seor Escalante.
CHERINOS:      Siéntese aquí, Roldán.
ROLDAN:                                          Ya voy, Cherinos.
PEDRISCO:      ¡ Mire qué buenas almas, padre mío ! 680
   Lléguese más, verá de los que tratan.
PAULO:      ¿ Que no viene mi Enrico ?
PEDRISCO:                                            Mire y calle,
   que somos pobres, y este desalmado
   no nos eche en la mar.
ENRICO:                                            Agora quiero
   que cuente cada uno de voarcedes 685
   las hazañas que ha hecho en esta vida,
   quiero decir hazañas, latrocinios,
   cuchilladas, heridas, robos, muertes,
   salteamientos y cosas de este modo.
ESCALANTE:      Muy bien ha dicho Enrico.
ENRICO:                                              Y al que hubiere
   hecho mayores males, al momento 690
   una corona de laurel le pongan
   cantándole alabanzas y motetes.
ESCALANTE:      Soy contento.
ENRICO:                            Comience, seor Escalante.
PAULO:      (¡ Que esto sufre el Señor !) Aparte
PEDRISCO:                                            (Nada le espante.)        Aparte
ESCALANTE:      Yo digo ansí:...
PEDRISCO:                            (¡ Qué alegre y satisfecho !)      Aparte
ESCALANTE:      Veinte y cinco pobretes tengo muertos;
   seis casa he escalado y treinta heridas
   he dado con la chica.
PEDRISCO:                                        (¡ Quien te viera            Aparte 695
   hacer en una horca cabriolas !)
ENRICO:      Diga Cherinos.
PEDRISCO:                            (¡ Qué ruin nombre tiene !      Aparte
   Cherinos--cosa poca.)
CHERINOS:                                          Yo comienzo:
   No he muerto a ningún hombre, pero he dado
   más de cien puñaladas.
ENRICO:                                            ¿ Y ninguna 700
   fue mortal ?
CHERINOS:                            Amparóles la Fortuna.
   De capas que he quitado en esta vida
   y he vendido a un ropero, está ya rico.
ENRICO:      ¿ Véndelas él ?
CHERINOS:                              ¿ Pues no ?
ENRICO:                                              ¿ No las conocen ?
CHERINOS:      Por quitarse de aquestas ocasiones, 705
   las convierte en ropillas y calzones.
ENRICO:      ¿ Habéis hecho otra cosa ?
CHERINOS:                                              No me acuerdo.
PEDRISCO:      (Mas que le absuelve ahora el ladronazo.)        Aparte
CELIA:      Y tú, ¿ qué has hecho, Enrico ?
ENRICO:                                                Oigan, voarcedes:...
ESCALANTE:      Nadie cuente mentiras.
ENRICO:                                            ¿ Yo soy hombre
   que en mi vida las dije ?
GALVAN:                                                Tal se entiende. 710
PEDRISCO:      (¿ No escucha, padre mío, estas razones ?) Aparte
PAULO:      (Estoy mirando a ver si viene Enrico.) Aparte
ENRICO:      Haya, pues, atención.
CELIA:                                          Nadie te impide.
PEDRISCO:      (¡ Miren a qué sermón atención pide !) Aparte
ENRICO:      Yo nací mal inclinado 715
   como se ve en los efectos
   del discurso de mi vida
   que referiros pretendo.
   Con regalos me crié
   en Nápoles, que ya pienso 720
   que conocéis a mi padre,
   que aunque no fue caballero
   ni de sangre generosa,
   era muy rico; y yo entiendo
   que es la mayor calidad 725
   el tener en este tiempo.
   Crióme, al fin, como digo,
   entre regalos, haciendo
   travesuras cuando niño,
   locuras cuando mancebo. 730
   Hurtaba a mi viejo padre,
   arcas y cofres abriendo,
   los vestidos que tenía,
   las joyas y los dineros.
   Jugaba, y digo jugaba, 735
   para que sepáis con esto
   que de cuantos vicios hay
   es el primer padre el juego.
   Quedé pobre y sin hacienda,
   y como enseñado a hacerlo, 740
   di en robar de casa en casa
   cosas de pequeño precio.
   Iba a jugar, y perdía;
   mis vicios iban creciendo.
   Di luego en acompañarme 745
   con otros del arte mesmo;
   escalamos siete casas,
   dimos la muerte a sus dueños;
   lo robado repartimos
   para dar caudal al juego. 750
   De cinco que éramos todos,
   sólo los cuatro prendieron,
   y nadie me descubrió
   aunque les dieron tormento.
   Pagaron en una plaza 755
   su delito, y yo con esto,
   de escarmentado, acogíme
   a hacer a solas mis hechos.
   íbame todas las noches
   solo a la casa del juego, 760
   donde a su puerta aguardaba
   a que saliesen de adentro.
   Pedía con cortesía
   el barato, y cuando ellos
   iban a sacar qué darme, 765
   sacaba yo el fuerte acero,
   que riguroso escondía
   en su inocentes pechos,
   y por fuerza me llevaba
   lo que ganando perdieron. 770
   Quitaba de noche capas;
   tenía diversos hierros
   para abrir cualquiera puerta
   y hacerme capaz del dueño.
   Las mujeres estafaba, 775
   y no dándome el dinero,
   visitaba una navaja
   su rostro luego al momento.
   Aquestas cosas hacía
   el tiempo que fui mancebo; 780
   pero escuchadme y sabréis,
   siendo hombre, las que he hecho.
   A treinta desventurados
   yo solo y aqueste acero,
   que es de la muerte ministro, 785
   del mundo sacado habemos.
   Los diez muertos por mi gusto,
   y los veinte me salieron
   una con otra a doblón.
   ¿ Diréis que es pequeño precio ? 790
   Es verdad; mas, ¡ voto a Dios !,
   que en faltándome el dinero,
   que mate por un doblón
   a cuántos me están oyendo.
   Seis doncellas he forzado. 795
   ¡ Dichoso llamarme puedo
   pues seis he podido hallar
   en este felice tiempo !
   De una principal casada
   me aficioné; ya resuelto 800
   habiendo entrado en su casa,
   a ejecutar mi deseo,
   dio voces, vino el marido,
   y yo, enojado y resuelto,
   llegué con él a los brazos, 805
   y tanto en ellos le aprieto,
   que perdió tierra; y apenas
   en este punto le veo,
   cuando de un balcón le arrojo,
   y en el suelo cayó muerto. 810
   Dio voces la tal señora;
   y yo, sacando el acero,
   le metí cinco o seis veces
   en el cristal de su pecho
   donde puertas de rubíes 815
   en campos de cristal bellos
   le dieron salida al alma
   para que se fuese huyendo.
   Por hacer mal solamente,
   he jurado juramentos 820
   falsos, fingiendo quimeras,
   hecho máquinas, enredos.
   Y a un sacerdote quien quiso
   reprehenderme con buen celo,
   de un bofetón que le di, 825
   cayó en la tierra medio muerto.
   Porque supe que encerrado
   en casa de un pobre viejo
   estaba un contrario mío,
   a la casa puse fuego; 830
   y sin poder remediallo
   todos se quemaron dentro
   y hasta dos niños hermanos
   ceniza quedaron hechos.
   No digo jamás palabra 835
   si no es con juramento,
   un pese o un por vida,
   porque sé que ofendo al cielo.
   En mi vida misa oí,
   ni, estando en peligros ciertos 840
   de morir, me he confesado,
   ni invocado a Dios eterno.
   No he dado limosna nunca,
   aunque tuviese dineros;
   antes persigo a los pobres, 845
   como habéis visto el ejemplo.
   No respeto a religiosos;
   de sus iglesias y templos
   seis cálices he robado
   de diversos ornamentos 850
   que sus altares adornan.
   Ni a la justicia respeto;
   mil veces me he resistido
   y a sus ministros he muerto;
   tanto que para prenderme 855
   no tienen ya atrevimiento.
   Y finalmente, yo estoy
   preso por los ojos bellos
   de Celia, que está presente;
   todos la tienen respeto 860
   por mí, que la adoro, y cuando
   sé que la sobran dineros,
   con lo que me da, aunque poco,
   mi viejo padre sustento,
   que ya le conoceréis 865
   por el nombre de Anareto.
   Cinco años ha que tullido
   en una cama le tengo,
   y tengo piedad con él
   por estar pobre el buen viejo; 870
   y como soy causa, al fin
   de ponello en tal extremo,
   por jugarle yo su hacienda
   el tiempo que fui mancebo.
   Todo es verdad lo que he dicho, 875
   ¡ voto a Dios !, y que no miento;
   juzgad ahora vosotros
   cuál merece mayor premio.
PEDRISCO:      (Cierto, padre de mi vida                    Aparte
   que con servicios tan buenos, 880
   que puede ir a pretender
   éste a la corte.)
ESCALANTE:                                  Confieso
   que tú el lauro has merecido.
GALVAN:      Y yo confieso lo mesmo.
CHERINOS:      Todos lo mismo decimos. 885
CELIA:      El laurel darte pretendo.
ENRICO:      Vivas, Celia, muchos años.
CELIA:      Toma, mi bien, y con esto
   pues que la merienda aguarda,
   nos vamos.
GALVAN:                            Muy bien has hecho. 890
CELIA:      Digan todos, "Viva Enrico !"
TODOS:      ¡ Viva el hijo de Anareto !
ENRICO:      Al punto todos nos vamos
   a holgarnos y entretenernos.

Vanse

PAULO:      Salid, lágrimas, salid; 895
   salid apriesa del pecho.
   No lo dejéis de vergüenza.
   ¡ Qué lastimoso suceso !
PEDRISCO:      ¿ Qué tiene, padre ?
PAULO:                                      ¡ Ay, hermano !
   Penas y desdichas tengo. 900
   Este mal hombre que he visto
   es Enrico.
PEDRISCO:                          ¿ Cómo es eso ?
PAULO:      Las señas que me dio el ángel
   son suyas.
PEDRISCO:                          ¿ Es cierto ?
PAULO:      Sí, hermano, porque me dijo 905
   que era hijo de Anareto,
   y aqueste también lo ha dicho.
PEDRISCO:      Pues aquéste ya está ardiendo
   en los infiernos en vida.
PAULO:      Eso sólo es lo que temo. 910
   El ángel de Dios me dijo
   que si éste se va al infierno,
   que al infierno tengo de ir,
   y al cielo si éste va al cielo.
   Pues al cielo, hermano mío, 915
   ¿ cómo ha de ir éste, si vemos
   tantas maldades en él,
   tantos robos manifiestos,
   crueldades y latrocinios,
   y tan viles pensamientos ? 920
PEDRISCO:      En eso, ¿ quién pone duda ?
   Tan cierto se irá al infierno
   como el despensero Judas.
PAULO:      ¡ Gran Señor !    ¡ Señor eterno !
   ¿ Por qué me habéis castigado 925
   con castigo tan inmenso ?
   Diez años y más, Señor,
   ha que vivo en el desierto
   comiendo yerbas amargas,
   salobres aguas bebiendo, 930
   sólo porque vos, Señor,
   juez piadoso, sabio, recto,
   perdonareis mis pecados.
   ¡ Cuán diferente lo veo !
   Al infierno tengo de ir. 935
   Ya me parece que siento
   que aquellas voraces llamas
   van abrasando mi cuerpo.
   ¡ Ay, qué rigor !
PEDRISCO:                                Ten paciencia.
PAULO:      ¿ Qué paciencia o sufrimiento 940
   ha de tener el que sabe
   que se ha de ir a los infiernos ?
   Al infierno, centro oscuro
   donde ha de ser el tormento
   eterno y ha de durar 945
   lo que Dios durare.    ¡ Ah, cielo !
   ¿ Que nunca se ha de acabar !
   ¡ Que siempre han de estar ardiendo
   las almas !    ¡ Siempre !    ¡ Ay, de mí !
PEDRISCO:      (Sólo oírle me da miedo.) Aparte 950
   Padre, volvamos al monte.
PAULO:      Que allá volvamos pretendo;
   pero no a hacer penitencia,
   pues que ya no es de provecho.
   Dios me dijo que si aquéste 955
   se iba al cielo, me iría al cielo,
   y al profundo si al profunda.
   Pues es ansí, seguir quiero
   su misma vida.    Perdone
   Dios aqueste atrevimiento. 960
   Si su fin he de tener,
   tenga su vida y sus hechos,
   que no es bien que yo en el mundo
   esté penitencia haciendo,
   y que él viva en la ciudad 965
   con gustos y con contentos,
   y que a la muerte tengamos
   un fin.
PEDRISCO:                    Es discreto acuerdo;
   bien has dicho, padre mío.
PAULO:      En el monte hay bandoleros; 970
   bandolero quiero ser,
   porque así igualar pretendo
   mi vida con la de Enrico,
   pues su mismo fin tenemos.
   Tan malo tengo de ser 975
   como él, y peor si puedo;
   que pues ya los dos estamos
   condenado al infierno,
   bien es que antes de ir allá
   en el mundo nos venguemos. 980
PEDRISCO:      (¡ Ah, Señor !    ¿ Quién tal pensara ?)            Aparte
   Vamos, y déjate de eso
   y de esos árboles altos
   los hábitos ahorquemos.
   Viste galán.
PAULO:                            Sí haré; 985
   y yo haré que tengan miedo
   a un hombre que, siendo justo,
   se ha condenado al infierno.
   ¡ Rayo del mundo he de ser !
PEDRISCO:      ¿ Qué se ha de hacer de dineros ? 990
PAULO:      Yo los quitaré al demonio
   si fuere cierto el traerlos.
PEDRISCO:      Vamos, pues.
PAULO:                          Señor, perdona
   si injustamente me vengo;
   tú me has condenado ya; 995
   tu palabra, es caso cierto
   que atrás no puede volver,
   pues, si es ansí, tener quiero
   en el mundo buena vida,
   pues tan triste fin espero. 1000
   Los pasos pienso seguir
   de Enrico.
PEDRISCO:                          Ya voy temiendo
   que he de ir contigo a las ancas
   cuando vayas al infierno.