Aprobación
Por mandado de los señores del Consejo Real, he
visto un libro intitulado Primera parte del Pícaro Guzmán
de Alfarache, y en él no hallo alguna cosa que sea contra la
Fe Católica, antes tiene avisos morales para la vida humana; por
lo cual se puede dar la licencia que pide. Y por ser así, di ésta
firmada de mi nombre en Madrid, y de enero 13, de 1598.
Yo, Gonzalo de la Vega, escribano de cámara del Rey, Nuestro
Señor, y uno de los que en su Consejo residen, doy fe que habiéndose
visto por los señores del Consejo un libro intitulado
Primera parte de Guzmán de Alfarache y dádole privilegio a Mateo
Alemán, criado del rey, Nuestro Señor, para que le pudiese
imprimir y vender por tiempo de seis años, le tasaron cada pliego
del dicho libro en papel a tres maravedís, que sesenta y cuatro
pliegos que tiene el dicho libro, sin los principios, montan ciento y noventa
y dos maravedís, y al dicho respeto se han de vender los principios,
y al dicho precio y no más mandaron que se vendiese y que esta fe
de tasa se ponga en la primera hoja de cada libro, para que se sepa el
precio dél. Y porque dello conste, de pedimiento del dicho Mateo
Alemán y mandamiento de los dichos señores, di la presente.
En Madrid, a cuatro de marzo de mil y quinientos y noventa y nueve años.
GONZALO DE LA VEGA
El rey
Por cuanto por parte de vós, Mateo Alemán, nuestro criado,
nos fue fecha relación que vós habíades compuesto
un libro intitulado Primera parte de la vida de Guzmán de Alfarache,
atalaya de la vida humana, del cual ante los del nuestro Consejo hicistes
presentación; y atento que en su composición habíades
tenido mucho trabajo y ocupación y era libro muy provechoso, nos
pedistes y suplicastes os mandásemos dar licencia para le poder
imprimir y privilegio para le poder vender por tiempo de veinte años,
o por el que fuésemos servido o como la nuestra merced fuese. Lo
cual visto por los del nuestro Consejo, y como por su mandado se hicieron
en el dicho libro las diligencias que la premática por Nós
últimamente fecha sobre la impresión de los libros dispone,
fue acordado que debíamos mandar esta carta para vós en la
dicha razón, y Nós tuvímoslo por bien. Por la cual,
por os hacer bien y merced, vos damos licencia y facultad para que por
tiempo de seis años cumplidos primeros siguientes que corran y se
cuenten desde el día de la data desta nuestra cédula, podáis
imprimir y vender el dicho libro que de suso se hace mención, por
el original que en el nuestro Consejo se vio, que va rubricado y firmado
al fin dél de Gonzalo de la Vega, nuestro escribano de Cámara,
de los que en el nuestro Consejo residen, con que antes y primero que se
venda lo traigáis ante ellos, para que se vea si la dicha impresión
está conforme a él, o traigáis fe en pública
forma cómo por el corretor nombrado por nuestro mandado se vio y
corrigió la dicha impresión por el original. Y mandamos al
impresor que así imprimiere el dicho libro no imprima el principio
y primer pliego dél, ni entregue más de un solo libro con
el original al autor o persona a cuya costa le imprimiere ni a otra alguna,
para efeto de la dicha correción y tasa, hasta que antes y primero
el dicho libro esté corregido y tasado por los del nuestro Consejo,
y estando fecho y no de otra manera pueda imprimir el dicho principio y
primer pliego, en el cual segundamente se ponga esta nuestra cédula
y privilegio, y la aprobación, tasa y erratas, so pena de caer e
incurrir en las penas contenidas en la dicha premática y leyes de
nuestros Reinos. Y mandamos que durante el dicho tiempo persona alguna
sin vuestra licencia no le pueda imprimir ni vender, so pena que el que
lo imprimiere o vendiere haya perdido y pierda todos y cualesquier libros,
moldes y aparejos que dél tuviere, y mas incurra en pena de cincuenta
mil maravedís por cada vez que lo contrario hiciere; la cual dicha
pena sea tercera parte para el denunciador, y la otra tercia parte para
la nuestra Cámara, y la otra tercia parte para el juez que lo sentenciare.
Y mandamos a los del nuestro Consejo, presidente y oidores de las nuestras
audiencias, alcaldes, alguaciles de la nuestra Casa, Corte y chancillerías,
y a todos los corregidores, asistente, gobernadores, alcaldes mayores e
ordinarios y otros jueces e justicias cualesquier de todas las ciudades,
villas y lugares de los nuestros reinos y, señoríos, así
a los que agora son como a los que serán de aquí adelante
que vos guarden y cumplan esta nuestra cédula y merced que vos hacemos,
y contra el tenor y forma de lo en ella contenido no vayan ni pasen ni
consientan ir ni pasar en manera alguna, so pena de la nuestra merced y
de diez mil maravedís para la nuestra Cámara. Fecha en
Madrid, a diez y seis de hebrero de mil y quinientos y noventa y ocho años.
YO, EL PRINCIPE. Por mandado del Rey, Nuestro Señor,
Su alteza en su nombre.
DON LUIS DE SALAZAR.
A Don Francisco de Rojas
Marqués de Poza, señor de la Casa de Monzón,
presidente del consejo de la hacienda del rey nuestro señor y
tribunales della
De las cosas que suelen causar más temor a los hombres,
no sé cuál sea mayor o pueda compararse con una mala intención;
y con mayores veras cuanto más estuviere arraigada en los de oscura
sangre, nacimiento humilde y bajos pensamientos, porque suele ser en los
tales más eficaz y menos corregida. Son cazadores los unos y los
otros que, cubiertos de la enramada, están en acecho de nuestra
perdición; y, aun después de la herida hecha, no se nos descubre
de dónde salió el daño. Son basiliscos que, si los
viésemos primero, perecería su ponzoña y no serían
tan perjudiciales; mas como nos ganan por la mano, adquiriendo un cierto
dominio, nos ponen debajo de la suya. Son escándalo en la república,
fiscales de la inocencia y verdugos de la virtud, contra quien la prudencia
no es poderosa.
A éstos, pues, de cuyos lazos engañosos, como de
la muerte, ninguno está seguro, siempre les tuve un miedo particular,
mayor que a los nocivos y fieros animales, y más en esta ocasión,
por habérsela dado y campo franco en que puedan sembrar su veneno,
calumniándome, cuando menos, de temerario atrevido, pues a tan poderoso
príncipe haya tenido ánimo de ofrecer un don tan pobre, no
considerando haber nacido este mi atrevimiento de la necesidad en que su
temor me puso.
Porque, de la manera que la ciudad mal pertrechada y flacas fuerzas
están más necesitadas de mejores capitanes que las defiendan,
resistiendo al ímpetu furioso de los enemigos, así fue necesario
valerme de la protección de Vuestra Señoría, en quien
con tanto resplandor se manifiestan las tres partes -virtud, sangre y poder-
de que se compone la verdadera nobleza. Y pues lo es favorecer y amparar
a los que, como a lugar sagrado, procuran retraerse a ella, seguro estoy
del generoso ánimo de Vuestra Señoría que, estendiendo
las alas de su acostumbrada clemencia, debajo dellas quedará mi
libro libre de los que pudieran calumniarle.
Conseguiráse juntamente que, haciendo mucho lo que de suyo
es poco, de un desechado pícaro un admitido cortesano, será
dar ser a lo que no lo tiene: obra de grandeza y excelencia, donde se descubrirá
más la mucha de Vuestra Señoría, cuya vida guarde
Nuestro Señor en su servicio dichosos y largos años.
MATEO ALEMAN.
Al vulgo
No es nuevo para mí, aunque lo sea para ti, oh enemigo vulgo,
los muchos malos amigos que tienes, lo poco que vales y sabes, cuán
mordaz, envidioso y avariento eres; qué presto en disfamar, qué
tardo en honrar, qué cierto a los daños, qué incierto
en los bienes, qué fácil de moverte, qué difícil
en corregirte. ¿Cuál fortaleza de diamante no rompen tus
agudos dientes? ¿Cuál virtud lo es de tu lengua? ¿Cuál
piedad amparan tus obras? ¿Cuáles defetos cubre tu capa?
¿Cuál atriaca miran tus ojos, que como basilisco no emponzoñes?
¿Cuál flor tan cordial entró por tus oídos,
que en el enjambre de tu corazón dejases de convertir en veneno?
¿Qué santidad no calumnias? ¿Qué inocencia
no persigues? ¿Qué sencillez no condenas? ¿Qué
justicia no confundes? ¿Qué verdad no profanas? ¿En
cuál verde prado entraste, que dejases de manchar con tus lujurias?
Y si se hubiesen de pintar al vivo las penalidades y trato de un infierno,
paréceme que tú sólo pudieras verdaderamente ser su
retrato. ¿Piensas, por ventura, que me ciega pasión, que
me mueve ira o que me despeña la ignorancia? No por cierto; y si
fueses capaz de desengaño, sólo con volver atrás
la vista hallarías tus obras eternizadas y desde Adam reprobadas
como tú.
Pues ¿cuál enmienda se podrá esperar de tan
envejecida desventura? ¿Quién será el dichoso que
podrá desasirse de tus rampantes uñas? Huí de la confusa
corte, seguísteme en la aldea. Retiréme a la soledad y en
ella me heciste tiro, no dejándome seguro sin someterme a tu juridición.
Bien cierto estoy que no te ha de corregir la protección
que traigo ni lo que a su calificada nobleza debes, ni que en su confianza
me sujete a tus prisiones; pues despreciada toda buena consideración
y respeto, atrevidamente has mordido a tan ilustres varones, graduando
a los unos de graciosos, a otros acusando de lacivos y a otros infamando
de mentirosos. Eres ratón campestre, comes la dura corteza del melón,
amarga y desabrida, y en llegando a lo dulce te empalagas. Imitas a la
moxca importuna, pesada y enfadosa que, no reparando en oloroso, huye de
jardines y florestas por seguir los muladares y partes asquerosas.
No miras ni reparas en las altas moralidades de tan divinos ingenios
y sólo te contentas de lo que dijo el perro y respondió
la zorra. Eso se te pega y como lo leíste se te queda. ¡Oh
zorra desventurada, que tal eres comparado, y cual ella serás, como
inútil, corrido y perseguido! No quiero gozar el privilegio de tus
honras ni la franqueza de tus lisonjas, cuando con ello quieras honrarme,
que la alabanza del malo es vergonzosa. Quiero más la reprehensión
del bueno, por serlo el fin con que la hace, que tu estimación
depravada, pues forzoso ha de ser mala.
Libertad tienes, desenfrenado eres, materia se te ofrece: corre,
destroza, rompe, despedaza como mejor te parezca, que las flores holladas
de tus pies coronan las sienes y dan fragancia a el olfato del virtuoso.
Las mortales navajadas de tus colmillos y heridas de tus manos sanarán
las del discreto, en cuyo abrigo seré, dichosamente, de tus adversas
tempestades amparado.
Del mismo al discreto lector
Suelen algunos que sueñan cosas pesadas y tristes bregar tan
fuertemente con la imaginación, que, sin haberse movido, después
de recordados así quedan molidos como si con un fuerte toro hubieran
luchado a fuerzas. Tal he salido del proemio pasado, imaginando en el barbarismo
y número desigual de los ignorantes, a cuya censura me obligué,
como el que sale a voluntario destierro y no es en su mano la vuelta. Empeñéme
con la promesa deste libro; hame sido forzoso seguir el envite que hice
de falso.
Bien veo de mi rudo ingenio y cortos estudios fuera muy justo temer
la carrera y haber sido esta libertad y licencia demasiada; mas considerando
no haber libro tan malo donde no se halle algo bueno, será posible
que en lo que faltó el ingenio supla el celo de aprovechar que tuve,
haciendo algún virtuoso efeto, que sería bastante premio
de mayores trabajos y digno del perdón de tal atrevimiento.
No me será necesario con el discreto largos exordios ni
prolijas arengas, pues ni le desvanece la elocuencia de palabras ni lo
tuerce la fuerza de la oración a más de lo justo, ni estriba
su felicidad en que le capte la benevolencia. A su corrección me
allano, su amparo pido y en su defensa me encomiendo.
Y tú, deseoso de aprovechar, a quien verdaderamente consideré
cuando esta obra escribía, no entiendas que haberlo hecho fue
acaso movido de interés ni para ostentación de ingenio, que
nunca lo pretendí ni me hallé con caudal suficiente. Alguno
querrá decir que, llevando vueltas las espaldas y la vista contraria,
encamino mi barquilla donde tengo el deseo de tomar puerto. Pues doyte
mi palabra que se engaña y a solo el bien común puse la proa,
si de tal bien fuese digno que a ello sirviese. Muchas cosas hallarás
de rasguño y bosquejadas, que dejé de matizar por causas
que lo impidieron. Otras están algo más retocadas, que huí
de seguir y dar alcance, temeroso y encogido de cometer alguna no pensada
ofensa. Y otras que al descubierto me arrojé sin miedo, como dignas
que sin rebozo se tratasen.
Mucho te digo que deseo decirte, y mucho dejé de escribir,
que te escribo. Haz como leas lo que leyeres y no te rías de la
conseja y se te pase el consejo; recibe los que te doy y el ánimo
con que te los ofrezco: no los eches como barreduras al muladar del olvido.
Mira que podrá ser escobilla de precio. Recoge, junta esa tierra,
métela en el crisol de la consideración, dale fuego de espíritu,
y te aseguro hallarás algún oro que te enriquezca.
No es todo de mi aljaba; mucho escogí de doctos varones
y santos: eso te alabo y vendo. Y pues no hay cosa buena que no proceda
de las manos de Dios, ni tan mala de que no le resulte alguna gloria, y
en todo tiene parte, abraza, recibe en ti la provechosa, dejando lo no
tal o malo como mío. Aunque estoy confiado que las cosas que no
pueden dañar suelen aprovechar muchas veces.
En el discurso podrás moralizar según se te ofreciere:
larga margen te queda. Lo que hallares no grave ni compuesto, eso es
el ser de un pícaro el sujeto deste libro. Las tales cosas, aunque
serán muy pocas, picardea con ellas: que en las mesas espléndidas
manjares ha de haber de todos gustos, vinos blandos y suaves, que alegrando
ayuden a la digestión, y músicas que entretengan.
Declaración para el entendimiento deste libro
Teniendo escrita esta poética historia para imprimirla en un
solo volumen, en el discurso del cual quedaban absueltas las dudas que
agora, dividido, pueden ofrecerse, me pareció sería cosa
justa quitar este inconveniente, pues con muy pocas palabras quedará
bien claro. Para lo cual se presupone que Guzmán de Alfarache, nuestro
pícaro, habiendo sido muy buen estudiante, latino, retórico
y griego, como diremos en esta primera parte, después dando la vuelta
de Italia en España, pasó adelante con sus estudios, con
ánimo de profesar el estado de la religión; mas por volverse
a los vicios los dejó, habiendo cursado algunos años en ellos.
El mismo escribe su vida desde las galeras, donde queda forzado
al remo por delitos que cometió, habiendo sido ladrón famosísimo,
como largamente lo verás en la segunda parte. Y no es impropiedad
ni fuera de propósito si en esta primera escribiere alguna dotrina;
que antes parece muy llegado a razón darla un hombre de claro entendimiento,
ayudado de letras y castigado del tiempo, aprovechándose del ocioso
de la galera; pues aun vemos a muchos ignorantes justiciados, que habiendo
de ocuparlo en sola su salvación, divertirse della por estudiar
un sermoncito para en la escalera.
Va dividido este libro en tres. En el primero se trata la salida
que hizo Guzmán de Alfarache de casa de su madre y poca consideración
de los mozos en las obras que intentan, y cómo, teniendo claros
ojos, no quieren ver, precipitados de sus falsos gustos. En el segundo,
la vida de pícaro que tuvo, y resabios malos que cobró con
las malas compañías y ocioso tiempo que tuvo. En el tercero,
las calamidades y pobreza en que vino, y desatinos que hizo por no quererse
reducir ni dejarse gobernar de quien podía y deseaba honrarlo. En
lo que adelante escribiere se dará fin a la fábula, Dios
mediante.
Elogio de Alonso de Barros
Criado del rey nuestro señor, en alabanza deste libro y
de Mateo Alemán, su autor
Si nos ponen en deuda los pintores, que como en archivo y depósito
guardaron en sus lienzos -aunque debajo de líneas y colores mudos-
las imágenes de los que por sus hechos heroicos merecieron sus tablas
y de los que por sus indignas costumbres dieron motivo a sus pinceles,
pues nos despiertan, con la agradable pintura de las unas y con la aborrecible
de las otras, por su fama a la imitación y por su infamia al escarmiento;
mayores obligaciones, sin comparación, tenemos a los que en historias
tan al vivo nos lo representan, que sólo nos vienen a hacer ventaja
en haberlo escrito, pues nos persuaden sus relaciones, como si a la verdad
lo hubiéramos visto como ellos.
En estas y en otras, si pueden ser más grandes, nos ha puesto
el autor, pues en la historia que ha sacado a luz nos ha retratado tan
al vivo un hijo del ocio, que ninguno, por más que sea ignorante,
le dejará de conocer en las señas, por ser tan parecido a
su padre, que como lo es él de todos los vicios, así éste
vino a ser un centro y abismo de todos, ensayándose en ellos de
forma que pudiera servir de ejemplo y dechado a los que se dispusieran
a gozar de semejante vida, a no haberlo adornado de tales ropas, que no
habrá hombre tan aborrecido de sí que al precio quiera vestirse
de su librea, pues pagó con un vergonzoso fin las penas de sus culpas
y las desordenadas empresas que sus libres deseos acometieron.
De cuyo debido y ejemplar castigo se infiere, con términos
categóricos y fuertes y con argumento de contrarios, el premio
y bien afortunados sucesos que se le seguirán al que ocupado justamente
tuviere en su modo de vivir cierto fin y determinado, y fuere opuesto y
antípoda de la figura inconstante deste discurso; en el cual, por
su admirable disposición y observancia en lo verosímil de
la historia, el autor ha conseguido felicísimamente el nombre y
oficio de historiador, y el de pintor en los lejos y sombras con que ha
disfrazado sus documentos, y los avisos tan necesarios para la vida política
y para la moral filosofía a que principalmente ha atendido, mostrando
con evidencia lo que Licurgo con el ejemplo de los dos perros nacidos de
un parto: de los cuales, el uno por la buena enseñanza y habituación
siguió el alcance de la liebre, hasta matarla, y el otro, por no
estar tan bien industriado, se detuvo a roer el hueso que encontró
en el camino. Dándonos a entender con demostraciones más
infalibles el conocido peligro en que están los hijos que en la
primera edad se crían sin la obediencia y dotrina de sus padres,
pues entran en la carrera de la juventud en el desenfrenado caballo de
su irracional y no domado apetito, que le lleva y despeña por uno
y mil inconvenientes.
Muéstranos asimismo que no está menos sujeto a ellos
el que, sin tener ciencia ni oficio señalado, asegura sus esperanzas
en la incultivada dotrina de la escuela de la naturaleza, pues sin esperimentar
su talento e ingenio o sin hacer profesión -habiéndola experimentado
del arte a que le inclina- usurpa oficios ajenos de su inclinación,
no dejando ninguno que no acometa, perdiéndose en todos y aun echándolos
a perder, pretendiendo con su inconstancia e inquietud no parecer ocioso,
siéndolo más el que pone la mano en profesión ajena
que el que duerme y descansa retirado de todas.
Hase guardado también de semejantes objeciones el contador
Mateo Alemán en las justas ocupaciones de su vida, que igualmente
nos enseña con ella que con su libro, hallándose en él
el opuesto de su historia, que pretende introducir. Pues habiéndose
criado desde sus primeros años en el estudio de las letras humanas,
no le podrán pedir residencia del ocio ni menos de que en esta historia
se ha entremetido en ajena profesión; pues por ser tan suya y tan
aneja a sus estudios, el deseo de escribirla le retiró y distrajo
del honroso entretenimiento de los papeles de Su Majestad, en los cuales,
aunque bien suficiente para tratarlos, parece que se hallaba violentado,
pues, se volvió a su primero ejercicio, de cuya continuación
y vigilias nos ha formado este libro y mezclado en él con suavísima
consonancia lo deleitoso y lo útil, que desea Horacio, convidándonos
con la graciosidad y enseñándonos con lo grave y sentencioso,
tomando por blanco el bien público y por premio el común
aprovechamiento.
Y pues hallarán en él los hijos las obligaciones
que tienen a los padres, que con justa o legítima educación
los han sacado de las tinieblas de la ignorancia, mostrándoles el
norte que les ha de gobernar en este mar confuso de la vida, tan larga
para los ociosos como corta para los ocupados; no será razón
que los lectores, hijos de la doctrina deste libro, se muestren desagradecidos
a su dueño, no estimando su justo celo. Y si esto no le salvare
de la rigurosa censura e inevitable contradición de la diversidad
de pareceres, no será de espantar; antes natural y forzoso, pues
es cierto que no puede escribirse para todos y que querría, quien
lo pretendiese, quitar a la naturaleza su mayor milagro y no sé
si su belleza mayor, que puso en la diversidad, de donde vienen a ser tan
diversos los pareceres como las formas diversas: porque lo demás
era decir que todos eran un hombre y un gusto.
Ad Guzmanum de Alfarache, Vincentii Spinella epigramma
[SPINELLUS]
Quis te tanta loqui docuit, Guzmanule? quis te
Stecore submersum duxit ad astra modo?
Musca modo et lautas epulas et putrida tangis
Ulcera, iam trepidas frigore iamque cales.
Iura doces, suprema petis, medicamine curas;
Dulcibus et magis seria mixta doces.
Dum carpisque alios, alios virtutibus auges,
Consulis ipse omnes, consulis ipse tibi.
Iam sacrae Sophiae virides amplecteris umbras,
Transis ad ob[s]coenos sordidos inde iocos.
Es modo divitiis plenus, modo paupere cultu,
Tristibus et miseris dulce leuamen ades.
[GUZMAN]
Sic speciem humanae vitae, sic praefero solus
Prospera complectens, aspera cuncta ferens.
Hac Aleman varie picta me veste decorat,
Me lege desertum tuque disertus eris.
Formas halló y mudanzas más que luna
Mi peregrinación y mi ejercicio;
Mas ya prostrado en tierra el edificio,
Le sirvo al escarmiento de coluna.
Vuelve a nacer mi vida con la historia,
Que forma en los borrones del olvido
Letras que vencerán al tiempo en años.
Tosco madero en la ventura he sido,
Que, puesto en el altar de la memoria,
Doy al mundo lición de desengaños.
De Hernando de Soto
Contador de la casa de castilla del rey nuestro señor
Al autor
Tiene este libro discreto
Dos grandes cosas, que son:
Pícaro con discreción
Y autor de grave sujeto.
En él se ha de discernir
Que con un vivir tan vario
Enseña por su contrario
La forma de bien vivir.
Y pues se ha de conocer
Que ella sola se ha de amar,
Ni más se puede enseñar
Ni más se debe aprender.
Así la voz general
Propriamente les concede
Que el pícaro honrado quede
Y el autor quede inmortal.
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