Libro primero -- Capítulo I



Francisgo de Quevedo (1580-1645}

VIDA DEL BUSCON LLAMADO DON PABLOS


Libro primero -- Capítulo I

En que cuenta quién es el Buscón

Yo, señora, soy de Segovia; mi padre se llamó Clemente Pablo, natural del
mismo pueblo; Dios le tenga en el cielo. Fue, tal como todos dicen, de oficio
barbero, aunque eran tan altos sus pensamientos que se corría de que le llamasen
así, diciendo que él era tundidor de mejillas y sastre de barbas. Dicen que era de
muy buena cepa, y según él bebía es cosa para creer. Estuvo casado con
Aldonza de San Pedro, hija de Diego de San Juan y nieta de Andrés de San
Cristóbal. Sospechábase en el pueblo que no era cristiana vieja, aun viéndola con
canas y rota, aunque ella, por los nombres y sobrenombres de sus pasados,
quiso esforzar que era decendiente de la gloria. Tuvo muy buen parecer para
letrado; mujer de amigas y cuadrilla, y de pocos enemigos, porque hasta los tres
del alma no los tuvo por tales; persona de valor y conocida por quien era.
Padeció grandes trabajos recién casada, y aun después, porque malas lenguas
daban en decir que mi padre metía el dos de bastos para sacar el as de oros.
Probósele que a todos los que hacía la barba a navaja, mientras les daba con el
agua levantándoles la cara para el lavatorio, un mi hermanico de siete años les
sacaba muy a su salvo los tuétanos de las faldriqueras. Murió el angelico de unos
azotes que le dieron en la cárcel. Sintiólo mucho mi madre, por ser tal que
robaba a todos las voluntades. Por estas y otras niñerías estuvo preso, y rigores
de justicia, de que hombre no se puede defender, le sacaron por las calles. En lo
que toca de medio abajo tratáronle aquellos señores regaladamente. Iba a la
brida en bestia segura y de buen paso, con mesura y buen día. Mas de medio
arriba, etcétera, que no hay más que decir para quien sabe lo que hace un pintor
de suela en unas costillas. Diéronle docientos escogidos, que de allí a seis años se
le contaban por encima de la ropilla. Más se movía el que se los daba que él,
cosa que pareció muy bien; divirtióse algo con las alabanzas que iba oyendo de
sus buenas carnes, que le estaba de perlas lo colorado.

Mi madre, pues, ¡no tuvo calamidades ! Un día, alabándomela una vieja que
me crió, decía que era tal su agrado que hechizaba a cuantos la trataban. Y
decía, no sin sentimiento:

-En su tiempo, hijo, eran los virgos como soles, unos amanecidos y otros
puestos, y los más en un día mismo amanecidos y puestos.

Hubo fama que reedificaba doncellas, resuscitaba cabellos encubriendo
canas, empreñaba piernas con pantorrillas postizas. Y con no tratarla nadie que
se le cubriese pelo, solas las calvas se la cubría, porque hacía cabelleras; poblaba
quijadas con dientes; al fin vivía de adornar hombres y era remendona de
cuerpos. Unos la llamaban zurcidora de gustos, otros, algebrista de voluntades
desconcertadas; otros, juntona; cuál la llamaba enflautadora de miembros y cuál
tejedora de carnes y por mal nombre alcagüeta. Para unos era tercera, primera
para otros y flux para los dineros de todos. Ver, pues, con la cara de risa que ella
oía esto de todos era para dar mil gracias a Dios.

Hubo grandes diferencias entre mis padres sobre a quién había de imitar en el
oficio, mas yo, que siempre tuve pensamientos de caballero desde chiquito,
nunca me apliqué a uno ni a otro. Decíame mi padre:

-Hijo, esto de ser ladrón no es arte mecánica sino liberal.

Y de allí a un rato, habiendo suspirado, decía de manos:

-Quien no hurta en el mundo, no vive. ¿Por qué piensas que los alguaciles y
jueces nos aborrecen tanto ? Unas veces nos destierran, otras nos azotan y otras
nos cuelgan..., no lo puedo decir sin lágrimas (lloraba como un niño el buen viejo,
acordándose de las que le habían batanado las costillas). Porque no querrían que
donde están hubiese otros ladrones sino ellos y sus ministros. Mas de todo nos
libró la buena astucia. En mi mocedad siempre andaba por las iglesias, y no de
puro buen cristiano. Muchas veces me hubieran llorado en el asno si hubiera
cantado en el potro. Nunca confesé sino cuando lo mandaba la Santa Madre
Iglesia. Preso estuve por pedigüeño en caminos y a pique de que me esteraran el
tragar y de acabar todos mis negocios con diez y seis maravedís: diez de soga y
seis de cáñamo. Mas de todo me ha sacado el punto en boca, el chitón y los
nones. Y con esto y mi oficio, he sustentado a tu madre lo más honradamente
que he podido.

-¿Cómo a mí sustentado ? -dijo ella con grande cólera. Yo os he sustentado a
vos, y sacádoos de las cárceles con industria y mantenídoos en ellas con dinero.
Si no confesábades, ¿era por vuestro ánimo o por las bebidas que yo os daba ?
¡Gracias a mis botes ! Y si no temiera que me habían de oír en la calle, yo dijera
lo de cuando entré por la chimenea y os saqué por el tejado.

Metílos en paz diciendo que yo quería aprender virtud resueltamente y ir con
mis buenos pensamientos adelante, y que para esto me pusiesen a la escuela,
pues sin leer ni escribir no se podía hacer nada. Parecióles bien lo que decía,
aunque lo gruñeron un rato entre los dos. Mi madre se entró adentro y mi padre
fue a rapar a uno (así lo dijo él) no sé si la barba o la bolsa: lo más ordinario era
uno y otro. Yo me quedé solo, dando gracias a Dios porque me hizo hijo de
padres tan celosos de mi bien.