El león reverente del Cantar de Mio Cid

por Miguel Garci-Gomez

EL LEON QUANDO LO VIO ASSI ENVERGONÇO (2298)

El concepto de tradición literaria, tan ampliamente expuesto por Menéndez Pidal, abrió vastos horizontes en el campo de la investigación. En esos horizontes se adentró con su método impecable E. R. Curtius, y nos enseñó mucho de lo que se podía hacer en la inquisición de la herencia común de las literaturas europeas; entre otros méritos se deben a él una actitud nueva y un peculiar interés por la indagación de los topoi, fórmulas, recursos, motivos o argumentos de incansable migración de unas literaturas a otras, de unas esferas de vida a otras, de admirable adaptación a los fines particulares del artista experto. Los topoi atrajeron el interés de algunos críticos de la literatura española -la que aquí primordialmente me incumbe-, entre los que se destaca María Rosa Lida con su estudio del ruiseñor, el ciervo herido y la fuente.1

En la línea de estos investigadores me propongo estudiar aquí la larga y ancha tradición literaria del león reverente;2 el león que se muestra civilizado, mesurado, humilde, zalamero, avergonzado, etc., en presencia de un personaje extraordinario, en acatamiento y testimonio de su carisma, numen, gracia, virtud o cualidad sobrehumana, divina.

En este león reverente de infatigable migración literaria desde los tiempos de Daniel, pasando por los de Augusto, hasta el siglo XVII tenemos un auténtico tópico, en el mejor de los sentidos de que el término gozaba en la retórica latina. Los tópicos constituían lo que Quintiliano llamaba sedes argumentorum, algo así como galerías de la persuasión, a las que el orador acudía en busca de recursos apropiados para la argumentación.3 Adecuadamente se los designaba loci communes: lugares comunes o argumentos para todos, para cualquier ocasión o forma literaria, con posibilidades de aplicaciones múltiples. Quintiliano que como preceptor era muy exigente- no veía dificultad en que el orador se valiera de tales recursos comunes, que el arte le proporcionaba, con tal que aquél supiera elegir lo que fuese más apropiado y elaborarlo juiciosamente - con iudicium y studium.4

Los lugares comunes eran la materia prima del escritor; a éste le restaba dar forma nueva y original, elaborar y recrear juiciosamente el tema, motivo, lugar o argumento. Como intento demostrar en este estudio, uno de los aspectos más fascinantes del motivo del león reverente radica precisamente en la variada gama de recreaciones y modificaciones que se observan en sus migraciones. Estas ligeras variaciones sobre un mismo motivo están en función del ethos o talante estético peculiar, que cambia al cruzar de una cultura a otra, de acuerdo con las creencias y sentimientos de cada artista. «In late Antiquity --dice Curtius-- we see the new ethos give birth to new topoi5 Así sucede, como se va a demostrar, con el topos de este estudio: en cada ambiente cultural nuevo revivirá el león con indudable vitalidad distintiva.

I. EN LA TRADICION GRECORROMANA

No es extraño que el león, majestuoso rey de las selvas,6 cautivara la imaginación de los poetas, como cautivó la mente de los viejos hombres de las religiones cósmicas; sus efigies se emplearon para simbolizar el poder de los dioses. En un león mitrado representaban los persas al dios Mitre.7 Sarapis, dios egipcio del sol, era figurado en un escudo de tres cabezas de animales, la del león en el centro, símbolo del tiempo presente --entre el pasado y el futuro, con la fortaleza y el ardor de la acción pronta.8 Los frigios representaban a la madre de los dioses, Adargatis --la Tierra--, sobre un carro de leones, como los romanos a Cibeles.9 La subyugación del rey de los animales era símbolo del poder de la Tierra, testimonio del carisma de la diosa.

La gestación del león (y el tigre), como mito y luego tópico, se efectuó en la cultura asiática; nacido, migró a Grecia, donde creció y se desarrolló con amplitud.10 Como tópico literario es de carácter poético, no retórico; es decir, su esfera es la naturaleza antonomásticamente representada, no los acontecimientos de la vida; se nutre no del mundo de la experiencia y la razón, sino de sueños, de nostalgias y anhelos; añoranzas, quizá, de un mundo armónico ---una Edad de Oro-- presidido por el hombre.

El combate físico, largo y penoso del hombre contra los otros seres hostiles e imponentes de la naturaleza y la victoria definitiva de aquél fueron alegorizados en la lucha y victoria de Hércules sobre el león de Nemea. Al vencedor le siguieron representando vestido con la piel del vencido --atuendo que se extendió entre reyes y guerreros, recuerdos a un mismo tiempo de su triunfo definitivo y de la permanente amenaza.

Cuando pasaron los siglos de la primitiva barbarie, los hombres se establecieron en comunidades civilizadas; en el esplendor de éstas, el poeta perdió el prístino fervor épico y combativo y soñó sueños de reconciliación pacífica; descubrió mayor virtualidad alegórica en un león que no por la pujanza de un Hércules, sino por propia inspiración, deponía su fiereza y reverenciaba y obedecía al hombre. En este nuevo talante estético de armonización pacífica, Orfeo y Anfión sustituyeron a Hércules, la lira a la clava, la música sosegada al estruendo del combate, las canciones de paz a las de guerra; se cantaba al hombre, a quien el león acataba por la excelencia no de sus fuerzas, sino de su espíritu: su carisma.

En Orfeo y Anfión se alegorizaba el triunfo del hombre sobre sí mismo ---como diría Horacio-- sobre su primitiva barbarie; es decir, su capacidad civilizadora, la humanización de sus costumbres y el refinamiento de sus facultades.11 El poeta cantó a la música como la gran civilizadora, y al inventor de la lira --en unas versiones, Hermes; en otras, Orfeo-- le honró y ensalzó por su poder de encantar a los reinos mineral, vegetal y animal. Pausanias (en 9, 5, 8) cuenta haber leído un viejo poema sobre Europa donde se hablaba de Anfión como el primer arpista, que aprendió con Hermes, cuyas canciones atraían hacia sí las piedras y las bestias. En Eurípides podemos encontrar el primer documento directo del grandioso séquito de Orfeo, a quien las rocas, árboles y fieras acompañaban, cautivadas por sus canciones y melodías.12 El mágico poder de estos tres personajes, Hermes, Orfeo y Anfión, mereció los inspirados versos de Horacio. De Orfeo, sagrado y carismático, nos dice que apartó a los hombres silvestres de la criminal matanza, por lo que se creyó que ablandaba la rabia de los tigres y los leones

Silvestres homines nacer interpresque deorum
Dictus ob hoc lenire tigris rabidosque leones (Ars, 19193).13

A Mercurio le honraba como inventor de la lira, por su poder para mover los tigres y las selvas y detener las corrientes de los ríos; de Anfión recuerda la fundación de Tebas y cómo movía a su arbitrio las piedras, con su lira y dulces ruegos.14Otros poetas latinos recrean el motivo para celebrar la grandeza carismática del personaje cantado en sus poemas. En su himno inicial a Venus, diosa del placer --hominum Divomque voluptas-- y de la fertilidad --Alma Venus, dice Lucrecio, que en su honor retozaban por los alegres prados las fieras y ganados y fluían veloces los ríos; al incentivo de sus placeres la seguía, doquiera que ella iba, todo lo que tenía vida.15Esta misma diosa se atribuía a sí misma en las Silvae de Estacio poder sobre las aves, los ganados y las fiera.16 Ovidio efectuó una interesante transformación en la aplicación del motivo, al cantar no a los dioses, sino al bardo, figura central en un coro de fieras y aves. 17

Ya en la época de Augusto se nota la tendencia de los poetas por depurar y simplificar los elementos del motivo; van desapareciendo los reinos inferiores para concentrarse en las fieras, que, a su vez, se redujeron a dos representantes insignes: el tigre y el león. Esto no impidió que Horacio, al contarnos una anécdota personal, representase a todo ese reino en el lobo. Cuenta que estando él paseándose en Sabina, libre de cuidados, cantando ensimismado a su Lalage, se internó en el bosque y observó cómo un lobo se apartó, yendo él desarmado:

Namque me silva lupus in Sabina,
Dum meam canto Lalagen, et ultra
Terminum curis vagor expeditis
Fugit inermem (Od., 1, 22,9).

El poeta comentaba que aquel lobo era más monstruoso que los leones de la Mauritania.18  No cabe duda de que Horacio quería emular, al referir esta anécdota, a los viejos dioses legendarios; la mención de los leones de la Mauritania ponía en evidencia la fuerza con que bullía en su mente el viejo locus. Con el fin de hacer verosímil la anécdota, se vio obligado a remplazar al león (o al tigre) por el animal indígena más temible, el lobo. Antiguos comentadores del venusino comprendieron la intencionalidad de la anécdota y la interpretaron como "testimonio" y "documento" de que la inocencia es un carisma, que protege al hombre siempre y en todas partes --semper et ubique19 Virgilio también sustituyó en una ocasión los animales insólitos en sus campos por otros indígenas, como al elogiar los versos de los pastores Alfesibeo y Dalmión, que escuchaba la novilla, del pasto olvidada, y tornaban a las linces estupefactas, y detenían los ríos.20

Cuando los poetas quieren mantenerse en un mundo de ensueño y ficción, el tigre y el león monopolizan el locus classicus. Tibulo canta a Baco, dios de los placeres sensuales, por su poder de domeñar la bravura de tigres y leonas:

Armenias tigres et fulvias ille leaenas
Vicit et indomitis mollia torda dedit (3, 6, 15).

Virgilio canta a Dafnis, primer poeta agricultor, a cuya muerte --confesaron los bravíos montes y selvas-- lloraron incluso los leones africanos

Daphnis, tuum Poenos etiam ingemuisse leones
Interitum montesque feri silvaeque loquuntur (Eglo., 5, 2526).

y en Ciris (136) ensalza al Amor:21

... ille etiam Poenos domitare leones,
Et validas docuit vires mansuescere tigris.

Años más tarde renace el león en la Farsalia de Lucano con una nueva misiva: la de testimoniar el poder de las hechiceras de Tesalia, a las que ansiosos tigres y leones de noble ira acariciaban con blandos hocicos

Has avidae tigres et nobilis ira leonum ore fovent blando (6, 48788).

Ya en el ocaso de la gran poesía latino pagana Claudiano rememoraba el antiguo mito de Orfeo, en sus Carmina minora (31), con su virtud benéfica sobre las fieras y las aves; en las alegorizaciones del De raptu Proserpinae evocaba un reinado de justicia, una sociedad armónica, figurada por aves en paz y fieras sin rabia.22 Un siglo más tarde principios del VI, Maximiano, el último de la larga lista de poetas paganos, canta en una de sus dulzonas elegías al Amor, que infunde cariño a los tigres y torna a los leones blandamente amorosos:

Tu cogis rabudas affectus discere tigres,
Per te blandus amans redditur ipse leo (5, 14546).

En el siglo VI aparece también el motivo en la poesía épica, en Johannis, sive De bellis Lybicis libri VIII, de Coripo; su empleo sirve para elogiar el don de persuasión del héroe, Juan Troglita, enviado de Justino al África bizantina con la misión de dominar la rebelión de unos indígenas

Hic poterat verbis mansuescere tigres,
Atque feros facili mulcens sermone leones (Johan., 7, 25354).

Como se ha podido observar, predomina este motivo en la poesia. No obstante, penetró también en la prosa historicolegendaria, y fue Justino el que nos legó un valiosísimo ejemplo en Historiae Philippicae (15, 4, 15 y ss.). Se refiere aquí que Sandrocoto, de origen humilde, se sintió llamado, en virtud de un carisma especial --majestate numinis-- , a ser rey. Era un hombre algo insolente, y se atrevió a injuriar a Alejandro Magno, quien decretó su muerte. Viéndose aquél forzado a huir, buscó la salvación en sus pies. Fatigado de la carrera, cayó rendido por el sueño; mientras dormía, un león ingente se le acercó y le secaba con la lengua el sudor abundante; al despertarse, el animal blandamente se retiró. Sandrocoto, entonces, interpretó el prodigio como una llamada a la procuración del reino de la India

Leo ingentis formae ad dormientem accessit, sudoremque profluentem lingua ei detersit,

expergefactumque blande reliquit. Hoc prodigio primum ad spem regni impulsus...

Parece claro que el historiador intenta interpretar el suceso como testimonio del carisma de realeza de Sandrocoto. La leyenda podría muy bien proceder de alguna vieja tradición india, lo que confirmaría la citada opinión de De Gubernatis sobre el origen asiático del motivo literario del león y el tigre.

Con esta anécdota, además, nos situamos en posición de ánimo apta para estudiar la tradición bíblica y hagiográfica, en la que ese tipo de sucesos maravillosos se interpretaba universalmente como prueba y testimonio del carisma del hombre justo e inocente, el protegido de Dios.

II. EN LA TRADICION BIBLICA

Al comienzo de la Biblia se habla de la creación del cielo y la tierra y de la especial formación del hombre, a quien Dios constituyó con dominio sobre todos los demás seres de la naturaleza

Díjose entonces Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza, para que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados y sobre todas las bestias de la tierra y sobre cuantos animales se mueven en ella.»23

Esta lección inaugural se grabaría imborrablemente en los ánimos de los israelitas; su contenido había de reaparecer intermitentemente a lo largo de las Sagradas Escrituras como un leitmotiv, el del imperio del hombre sobre los demás seres.24 Pero con el transcurso del tiempo los escritores tratarían de concretizar y concentrar todo ese universo de seres en su representante más insigne: el león, «el más fuerte de todos los animales» (Proverbios, 30, 30). En un salmo que se considera de composición temprana aparece este animal en compañía de otros muy temibles, cuando se promete al justo (¿el rey?) pisarás sobre áspides y víboras, y hallarás al león y al dragón (Salmos, 91,13).

El viejo motivo de la sumisión de los diversos seres se somete a cierta reelaboración en Judit, al emplearse para cantar en concreto la grandeza del rey Nabucodonosor, en testimonio de la fortaleza de Holofernes; con intencionalidad semejante parece emplearlo Jeremías. 25

En el libro de Daniel se efectúa una modificación ulterior: el motivo se concentra definitivamente en el león, al tiempo que el énfasis deja de ponerse en el dominio del hombre para poner de relieve la espontánea sumisión de las fieras. El episodio narrado se conoce como «Daniel en el foso de los leones». El profeta fue acusado ante el rey Darío, por cortesanos envidiosos, de no cumplir con el edicto del monarca que prohibía, bajo pena de ser arrojado al foso, hacer petición alguna a dios u hombre que no fuera el rey mismo. Éste ordenó que arrojaran a Daniel al foso de los leones y se sellara la entrada. Al día siguiente, tras una noche triste de insomnio, levantóse el rey muy de mañana, y se fue apresuradamente al foso, y acercándose al foso de los leones, llamó con tristes voces a Daniel, y hablando el rey a Daniel, decía:

       «Daniel, siervo del Dios vivo, el Dios tuyo, --a quien perseverante sirves, ¿ha podido librarte de los leones?» Entonces dijo Daniel al rey: «Vive por siempre, ¡oh rey! Mi Dios ha enviado su ángel, que ha cerrado la boca de los leones para que no me hiciesen mal, porque delante de Él ha sido hallada en mí justicia, y aun contra ti, ¡oh rey!, nada he hecho de malo.» Púsose entonces muy contento el rey, y mandó que sacasen del foso a Daniel y no hallaron en é1 herida alguna, porque había tenido confianza en Dios. Mandó el rey que los hombres que habían acusado a Daniel fueran traídos y arrojados al foso de los leones, ellos, sus hijos y sus mujeres, y antes que llegasen al fondo, los leones los cogieron y quebrantaron todos sus huesos (Daniel, 6, 19 y sts.).

En el apéndice deuterocanónico de la «Historia de Bel y el dragón» (Daniel, 14, 32 y ss.) se especifica que los leones eran siete y que Daniel estuvo dentro siete días; durante ese tiempo no dieron de comer a las fieras, con el fin de que devoraran al profeta.

Más tarde se emplea el motivo del león para ensalzar al rey David en un ejemplo en que el oso sustituye al tigre de los clásicos:

jugó con leones como con cabritos y con osos como con corderos (Eclesiástico, 47, 3).

En Macabeos se declararía que fue la inocencia el carisma que salvó a Daniel, por su inocencia, fue libertado de la boca de los leones (1 Macabeos, 2, 60).

El motivo de las fieras pacíficas en la presencia del personaje carismático entró en el Nuevo Testamento. Para testimoniar la divinidad de Jesús, nos dice de él san Marcos que durante su permanencia en el desierto «moraba entre las fieras, pero los ángeles le servían» (Marcos, 1, 13). San Pablo explicaba que, debido a la fuerza de su fe y el ejercicio de la justicia, los profetas obstruyeron la boca de los leones (Hebreos, 11, 33).  En otra ocasión llega a confesar de sí mismo fui librado de la boca del león (1 Timoteo, 4, 17).

Finalmente, el león, con el que a veces se compara al demonio -en 1 Pedro, 5, 8-, recibe en san Juan el mayor de los honores, cuando éste llega a llamar a Jesucristo león de la tribu de Judá (Apocalipsis, 5, 5).

Dentro de la tradición bíblica cabría incluir los relatos apócrifos de la infancia de Jesús del Evangelio del pseudo-Mateo; sus historietas ejercieron una notable influencia en el desarrollo del arte y la literatura cristianas --los evangelios apócrifos son las primeras novelitas de esa literatura. Interesan aquí un par de episodios en que intervienen los leones. En uno aparece Jesús en el desierto rodeado de leones y leopardos, que se inclinan ante él y le adoran, al tiempo que se muestran serviciales a María y José:

quocumque Maria et Joseph ibant, antecedebant eos, ostendentes viam,
et inclinantes capita sua adorabant Jesum.

En el otro se dan más detalles geográficos y psicológicos. Tenía Jesús ocho años cuando salió de Jericó hacia el Jordán. A la orilla del río había una cueva, donde una leona criaba sus cachorros. Nadie se atrevía a pasar por sus alrededores. Jesús, que estaba bien informado sobre la leona, entró en la cueva a la vista de todos los presentes. Los leones, al ver a Jesús, corrieron a su encuentro y comenzaron a adorarle. Él se sentó dentro, y mientras tanto los cachorrillos jugueteaban a sus pies. Los leones mayores seguían en pie a cierta distancia, con la cabeza. inclinada y meneando la cola en adoración:

         ubi viderunt leones Jesum, cucurrerunt el obviam et adoraverunt eum. Et Jesus sedebat in caverna, et catuli leonum discurrebant circa pedes eius, blandientes cum eo et ludentes. Leones vero seniores demisso capite a longe stabant et adoraverunt eum, et caudis suis blandiebantur ante eum.26

El pseudoevangelista pone en labios de Jesús la interpretación del episodio como testimonio del carisma de su divinidad, inadvertida a los hombres racionales, reconocida por el certero instinto de las fieras: «Bestiae agnoscunt me et mansuescunt; homines me vident et non cognoscunt.»

III. EN LA TRADICION HAGIOGRAFICA

La tradición bíblica se fundió fácil y armoniosamente con la grecorromana durante los primeros siglos del cristianismo. En las catacumbas son abundantes las pinturas de Daniel sentado tranquilamente en medio de los leones, como también las de Orfeo, que, con su comitiva de encantados seres silvestres, había cautivado la sensibilidad de judíos y cristianos; de éste dice W. K. C. Guthrie «He... was a favourite subject of early Christian art... a familiar figure in the paintings of the Catacombs27

San Agustín hablaba de Orfeo como del más noble de los teólogos poetas paganos: «Orpheus maxime omnium nobilitatus est» (Ciudad de Dios, 18, 24). Tan admirado era el griego, que el santo obispo tuvo que reprender a aquellos cristianos que decían que los vaticinios de Orfeo y la Sibila tenían tanto valor para la predicación de Cristo a los gentiles como las profecías de los hebreos. San Jerónimo rememoraba el mito de los árboles, las bestias y las rocas encantadas por la cítara del dios: «ad Orphei citharam arbores bestiasque, ac silicum dura mollita» (Epis., 117, 6). Recogen y transmiten la leyenda Marciano Capella y Boecio entre los más notables.28 No falta tampoco en la gran enciclopedia isidoriana:

«aestimatur eadem arte non feras tantum, sed et saxa atque sylvas
cantus modulatione allicuisse» (Etim, 3, 22,.9).

Prudencio, el primer gran poeta latinocristiano, dedicó algunos versos a los leones de Daniel:

Lambunt indomiti virum leones:
Intactumque Dei tremunt alumnum (Cath., 4, 4748).

Y es que el suceso extraño del foso de los leones tuvo resonancias sobrecogedoras entre los cristianos. Pasó a integrar oraciones muy solemnes del ritual, como el Ordo commendationis animae : «Libera, Domine, animam eius, sicut liberasti Danielem de lacu leonum»; y de aquí pasaría a constituir uno de los loci favoritos de otras oraciones; como se dirá más adelante. El episodio encerraba una poderosísima virtualidad alegórica, tan del gusto de la escuela escriturística de algunos Santos Padres; virtualidad que evocaba la armonía paradisíaca previa a la caída de Adán.

San Agustín evocaba en alguna ocasión aquel feliz estado en que las fieras no morirían ni serían peligrosas, sino que con admirable mansedumbre estarían sometidas al hombre. La santidad era el carisma que restituía al profeta, al mártir, a la virgen, etc., a aquel estado feliz de amistad con Dios y reconocida autoridad sobre los brutos. Se enseñaba también que la fiereza de las bestias salvajes no había sido creada por Dios para destruir al inocente, sino para reprimir la crueldad y malicia de los hombres.30 Estas enseñanzas se proyectan adecuadamente en los múltiples exempla en que el león se muestra reverente para con el justo, mientras que atemoriza o destruye al culpable o malintencionado.

En las actas de los mártires se refieren muchos de estos ejemplos en que el cristiano es echado a los leones. Casi todas estas narraciones siguen un patrón común, en que se observan las siguientes características generales: desobediencia (enemistad) del cristiano al emperador, que le ordena sacrificar a los dioses; aspecto aterrador del león; actitud reverente del animal hacia el santo; asombro de los espectadores; interpretación del hecho como testimonio del carisma (poder de Dios). He aquí algunas selecciones:

Martina, virgen y mártir en Roma (bajo Alejandro); 1 de enero:

Imperator autem jussit absolvere leonem, ut devoraret cam. Erat enim leo
rugiens in cubili suo, ut omnes terreret... egressus est leo rugiens super
Sanctam, non terrorem ostendens, sed delectationem... et inclinans se
osculabatur pedes eius.31

Con esta narración coincide en muchísimas expresiones verbales la del martirio de Prisca, virgen y mártir (+ ca. 250). 32. Marciana, virgen y mártir en Cesarea de Mauritania (+ 303) ; 9 de enero. Fue arrojada a las fieras a petición de la multitud. Es amarrada a un poste, y le sueltan un «leo ferocíssimus». Se acercó a la santa, la olió, y no la tocó mas: «eam ultra non contigit». Casi todo el pueblo comenzó a maravillarse: «Omnis pene populus mirari coepit33 En el Breviarium Eccl. Toletanae hay un viejo himno a santa Marciana, donde se conmemora el suceso:

Emissa namque bestiis,
Leo percurrit percitus,
Adoraturus veniens,
Non comesturus Virginem (p. 570).

Faustino y Jovita, mártires en Brescia (+ ca. 120); 15 de febrero. Fueron echados a cuatro terribles leones: «quorum erant oculi flammantes, et aspectus terribles». Bajando la cabeza, lamían las huellas de los santos: «demisso in terram capite, lingebant Sanctorum vestigia». Algunos, al verlo, se convirtieron: «crediderunt in Domino».34

Mirón, presbítero y mártir (+?? 250) ; 17 de agosto. Rehusó sacrificar a Baco, y fue echado a una leona; el animal le lamía, como si quisiera besarle: «et quodammodo osculabatur». La gente comprendió el poder de Cristo: «Tunc populii multitudo potentiam Christi intelligens35

Primo y Feliciano, mártires (+ ca. 297) ; 9 de junio. Rehusaron sacrificar a los dioses. Los echaron a dos leones «ingentes», cuyos rugidos tenían atemorizada a toda, la ciudad. Obsequiaron a los santos con gozo y blandura ---«cum omni gaudio et mansuetudine congratulabantur eis», como el padre al hijo que ha estado ausente por algún tiempo. Entonces la gente creyó en el Señor: «Tunc populi crediderunt in Domino36

De Plácidas se cuenta una historia muy curiosa en Gesta Romanorum. 37 Se le conoce también en el martirologio con el nombre de Eustaquio, mártir con sus compañeros, su esposa Teopista y sus hijos Agapito y Teopisto; 20 de setiembre. Fueron los cuatro arrojados a un león. Se detuvo el animal cerca de los cristianos y, bajando la cabeza en adoración, se retiró con humildad: «quasi eos adorans ab eis humiliter recessit». El emperador se dio cuenta del espectáculo tan maravilloso.38


Desde el punto de vista literario merece, quizá, mayor atención, por el calibre de su autor, el ejemplo de Tecla según san Ambrosio. El nuevo ethos del autor ---superados ya los años de las persecuciones-- ha dado origen a un nuevo propósito en el empleo del motivo: el énfasis recae sobre la virginidad, no ya la fe del cristiano; o sea, la abstención de la santa no ya de sacrificar a los ídolos, sino de la misma cópula nupcial: «quae copulam fugiens nuptialem». Es expuesta al león:

Cernere erat lingentem pedes bestiam cubitare humi, muto testificantem sono quod sacrum virginis

corpus violare non posset.

La bestia no se atreve a violar el cuerpo de la virgen, sino que besa sus pies: «exosculantem pedes virginis». El carisma de la virginidad --sigue explicando el santo causa admiración aun en los leones

Tantum habet virginitatis admirationis, ut cam etiam leones mirentur.39

San Jerónimo, cristiano auténtico e ilustre humanista, revitalizaba el motivo de la naturaleza simpatizante con el hombre para celebrar el carisma del mas admirado de los anacoretas, san Antón, el admirable amigo de los animales. La expresión parece inspirarse en la citada de Virgilio sobre la muerte del pastor Dafnis : «ut vulgo dicerent, Antonii mortem etiam elementa lugere».40

Los cinco primeros siglos del cristianismo fueron de intensísima labor teológica y literaria, verdaderamente sobrecogedora. A ellos siguió un largo período en el que la originalidad artística y creadora pareció sucumbir, y la cultura, sintetizada en sumas y enciclopedias, buscó refugio en las catedrales y monasterios. No obstante, las leyendas de mártires y otros santos nunca perdieron popularidad. Tales personajes mantuvieron cautiva la mente de los cristianos del medievo, y durante muchos siglos casi monopolizaron la narrativa, donde lo bíblico se fundía con lo pagano. Muchas de las leyendas de santos parecían estar desgajadas de las viejas mitologías, como sugiere un título de P. Saintyves, Les saints, successeurs des dieux.

En este ambiente literario nacerían las literaturas modernas europeas; heredaron directamente sus recursos literarios; los aprovecharon para sus propósitos artísticos individuales, que en muchos de los casos significó una secularización, es decir, el héroe, el caballero, el rey, el :poeta, el sabio, etc., sucedía y suplantaba al santo.

IV. EN LAS LITERATURAS MODERNAS

El león reverente hace su aparición en las literaturas romances por vía de la castellana, en su «primer monumento» conocido, el Mio Cid. Resumiendo el argumento, pertenece aquí destacar que el Cid, Rodrigo Díaz de Vivar, había sido acusado ante el rey Alfonso, por cortesanos envidiosos, de haberse guardado enormes riquezas de parias. El rey le desterró. A punto de salir para el destierro, el héroe se despide de su esposa, Jimena, quien se acerca al altar para rogar a Dios con todas sus fuerzas que libre al mio Cid de todo mal. En esta oración, como ya hizo notar Menéndez Pidal, «alúdese al milagro de los leones, popularísimo en la literatura medieval»:41

salvest a Daniel con los leones en la mala carçel (340).


El desterrado guerrero lleva a cabo hazañas singulares. Repetidas veces envía presentes valiosos al rey. Corre la fama de sus riquezas. Dos jóvenes del bando hostil al Campeador, los Infantes de Carrión, con ansias de participar de tanta opulencia, logran casarse con las hijas del héroe. El Cantar de la Afrenta, donde se va a contar el escarnio hecho por los Infantes a sus esposas, se abre con el episodio del león que, escapado de la red, infunde pavor en toda la corte, asusta a los de Carrión y se avergüenza ante la presencia del Cid

En grant miedo se vieron por medio de la cort;
enbraçan los mantos los del Campeador
e çercan el escaño, e fincan sobre so señor.
Ferran Gonçalez non vio alli dos alçasse, nin camara abierta nin torre,
metios so'l escaño tanto ovo el pavor;
Diego Gonçalez por la puerta salio
diziendo de la boca: «¡Non vere Carrion!»
Tras una viga lagar metios con grant pavor,
el manto y el brial todo suzio lo saco.
En esto desperto el que en buen ora naçio,
vio çercado el escaño de sus buenos varones:
«¿Ques esto, mesnadas, o que queredes vos?»
«¡Hya señor ondrado rebata nos dio el leon!»
Mío Çid finco el cobdo, en pie se levanto,
el manto trae al cuello e adeliño pora(l) leon;
el leon quando lo vio assi envergongo
ante mío Çid la cabeça premio y el rostro finco;
mío Çid don Rodrigo al cuello lo tomo
e lieva lo adestrando, en la red le metio.
A maravilla lo han quantos que i son (2280-302).

Más adelante se sacarán algunas conclusiones concernientes a la interpretación de este episodio. Sigamos ahora al rey de las selvas en su peregrinación por Europa. Después de haber dado testimonio del carisma del héroe castellano, prosiguió hacia el norte, y en Inglaterra, en un viejo romance de Sir Beues of Hamtoun, se lee que el león no pudo hacer daño a Josián, pues era hija del rey, era reina y virgen:

Iosian into the caue gan shete,
And the twoo lyouns at hur feete,
Grennand on hur with muche grame,
But they ne myzt do hur no shame,
For the kind of Lyouns, ywys,
A kynges dou3ter, at maíde is,
Kinges douzter, quene and maide both,
the lyouns myzt do hur noo wroth (vv. 2387 y ss.)42

En España vuelve a aparecer, esta vez para pagar tributo de condolencia por la muerte de un sabio. Hacia mediados del siglo XV el marqués de Santillana logra en un poema a la Defunçión de don Enrique de Villena una interesante refundición de las tradiciones grecorromana y hagiográfica; se trata de una elegía a la muerte del erudito, donde la cítara de Orfeo (est. 3) se armoniza con el poder taumatúrgico del santo ermitaño (est. 8), a quien se sometió el león. Santillana, en una visión grandiosa de un universo abatido de dolor, ve desfilar «fieras difformes e animalias brutas», que, depuesta su natural fiereza, gimen y se inclinan angustiadas por la muerte del «Mayor de los sabios del tiempo pressente»

... vi sus cabeças al suelo enclinadas,
Gimiendo tan tristes, bien como el león
que al sancto Hermitaño mostró su passion (est. 8)43

No quiso el león salir de España sin antes rendir homenaje al ídolo de los tiempos: el caballero; particularmente Palmerín de Oliva. Palmerín había dado muerte a algunos caballeros del Soldán de Babilonia, y enfureció a la corte porque trataba con demasiada familiaridad a la hija de dicho Soldán. Los parientes de los muertos piden al Soldán que castigue a Palmerín, y éste les promete «de fazerlo echar a los leones que lo despedagassen». La hija del Soldán pide a su padre que suspenda el castigo, pues no quiere ver a Palmerín en peligro; el rey le dice que piensa meterlo en el corral, para cumplir con su promesa, pero que lo sacaría en seguida. Palmerín, que está mudo, expresa su alegría dd enfrentarse con los leones, como si supiera que éstos no le harían daño:

...el qual [soldán] mandó luego que lo levassen al coral de los leones e que lo metiessen dentro porque el soldan cumpliesse la palabra que auia dado a los que acussauan a palmerin e que luego lo sacassen del corral de los leones. Alcidiana que lo supo embiole con una donzella vn rico manto que cubriesse: muchos caualleros fueron a ver que farian los leones quando lo viessen porque auia en el corral bien quinze e los mas dellos coronados. Palmerin yua sin ningun miedo. El leonero abrio la puerta que avn no les auia dado de comer: palmerin entro dentro e çerro la puerta tras si y estuuo quedo por ver que farian los leones. E sabed que todos los leones coronados que alli estauan no se curaron del porque conoscieron ser de sangre real... Todos se marauillauan de ver tal cosa como aquella... mucho lo preçio [el soldan] de alli adelante e dixo que aquel era para acometer qualquier cosa que de gran fecho fuesse: pues de tan gran coragon era: y que deuia venir de alto linaje pues los leones no le auian querido fazer mal.44

En Italia, el león reverente aparece en las novelas de Bandello:

«Una donna falsamente incolpata é posta per ésca ai lioni e scampa, e l'accusatore da quelli é divorato.»

Se trataba de un mayordomo que, valiéndose de un falso testigo, había acusado a la inocente:

Fu adunque per commessione del signore il dí medesimo posta nel cortile dei lioni, essendo tutto il popolo concorso a sí miserando spettacolo. Mirabili sono i giudicii di Dio e difficili ad esser intesi. Tuttavia l'innocenzia sempre è da Dio aiutata. S'era la donna inginocchiata e a Dio raccomandava l'innocenzia e l'anima sua. Aperta che fu la caverna, uscirono i lioni, e a la donna pacificamente accostatisi la cominciarono a festeggiare e farle vezzi, come se ella nodriti da piccioli gli avesse. Veggendo il popolo questa cosa e perseverando i lioni a far carezze a la donna, tutti gridarono: --Miracolo, miracolo! Il signore, intendendo il fatto, si fece condurre avanti il giovine imprigionato. Il che Vggendo, lo scelerato maggiordomo montó a cavallo per fuggirsene. Ma Dio, che voleva che fosse punito, fece que il cavallo mai non volle andar innanzi. Ed essendo essaminato il semplice giovine disse il tutto come era... Posto adunque il ribaldo nel cortile, incontinente fu dai lioni in mille pezzi lacerato.45

Hacia fines del siglo XVI, el nuevo ethos de la Reforma confió al león un nuevo papel de testigo de la verdad y la autenticidad de la Iglesia de Inglaterra; esta misión se asemejaba a la ejercida en los primeros años del cristianismo. La obra es The Faery Queene; el autor, Edmund Spenser. En la alegoría del libro primero, The Legend of the Knight of the Red Crosse, or of Holinesse, el caballero representa la Iglesia de Inglaterra, a quien Una (la Verdad) ama y protege. En el Canto III (ests. 57) aparece un león que reverencia a Una:


It fortuned out of the thickest wood
A ramping lyon rushed suddainly,
Hunting full greedy after salvage blood;
Soone as the royall virgin he did spy,
With gasping mouth at her ran greedily,
To have attonce devourd her tender corse:
But to the pray when as he drew more ny,
His bloody rage aswaged with remorse,
And with the sight amazd, forgat his furious forse.
In stead thereof he kist her wearie feet,
And lickt her lilly hands with fawning :tong,
As he her wronged innocence did weet.
O how can beautie maister the most strong,
An simple thruth subdue avenging wrong!
Whose yiesded pride and proud submission,
Still dreading death, when she had marked long,
Her hart gan melt in great compassion,
And drizling teares did shed for pure affection
The lyon, lord of ererie beast in field,
Quoth she, his princely puissance doth abate,
And mightie proud to humble weake does yield,
Forgetfull of the hungry rage, which late
Him prickt, in pittie of my sad estate.

Hacia fines del siglo XVI, R. Johnsons, en Inglaterra, se vale del motivo del león reverente, que da testimonio del carisma de la virginidad, en un pasaje que parece inspirado en el comentado de san Ambrosio. San Jorge deja a Sabra, desposada con el rey de Marruecos, bajo el cuidado de un moro, mientras él sale a cazar algo para comer. Al regresar se encuentra al moro hecho pedazos por dos leones, que yacían dormidos y con la cabeza reposando en el regazo de la doncella. Maravillado, comprendió el santo que viajaba en compañía de una virgen:

Now my Sabra, I know thou art a pure Virgin, otherwise the Lions would have destroyed thee,

as they did the Moor. 46

Unos años más tarde, J. Fletcher emplea al león, en calidad de testigo insobornable, en la tragicomedia The mad lover. En el acto IV, esc. 5, tres capitanes, Eumenes, Polybio y Pelius, presentan una de sus concubinas a Memnon, el loco amante, y tratan de convencerle de que es una princesa. Memnon se resiste a creerlo, pues la princesa debe oler «like morning's breath, pure amber, / Beyond the courted Indies in her spices»; aquella mujer, por el contrario, olía a rata muerta: «a dead rat». Para salir de dudas, a Memnon se le ocurre la idea de exponer a la mujer al león que él tenía; ante tal sugerencia se aterra la cortesana: todos saben que la fiera es árbitro supremo, insobornable:

Mem. I'll tell you presently;
For, if she be a princess, as she may be,
And yet stink too, and strongly,
I shall find her. Fetch the Numidian lion I brought over;
If she be sprung from royal blood, the lion,
H'll do you reverence; else ---
Court. I beseech your lordship --
Eum. H'll tear you to pieces.
Court. I am no princess, sir.
Mem. Who brought thee hither?
Pel. If you confess, w'll hang you.
Court. Good my lord --
Mem. Who art thou, then?
Court. A poor retaining whore, sir,
to one of your lordship's captains.
Mem. Alas, poor whore!
Go; be a whore still, and stink worse. Ha, ha, ha! --

Y, como era de esperar, no se desaprovechó el motivo en Shakespeare. En una de sus muchas apariciones, Fallstaff declara ser «tan valiente como Hércules» y «tan valiente como un león»; seguidamente reconoce a Hal --quizá contra las dudas de algunos como «a true prince», asegurándole, con frase proverbial, que siempre habría de serle fiel

the lion will not touch the true prince..47

España, se dijo más arriba, alumbró al león reverente en su «primer monumento» conocido junto al más esforzado de sus héroes, el Cid Campeador. España le había de dar sepultura en la mayor de sus pirámides, junto al más atrevido de sus caballeros, don Quijote de la Mancha. El capítulo 17 de la segunda parte del Quijote trata del episodio de los leones, donde Cervantes maneja con su magia peculiar múltiples elementos de leyendas heroico-caballerescas. Don Quijote, Sancho y el del Verde Gabán se encuentran dondequiera, comprando requesones a unos pastores. Por allí acierta a pasar un carro de mulas, que lleva leones. Don Quijote se cubre con la celada, en la que Sancho había puesto los requesones; al apretarla sobre su cabeza, «comenzó a correr el suero por todo el rostro y barbas de don Quijote». El autor pone de relieve la fiereza de los leones:

Púsose don Quijote delante [del carro], y dijo:
¿Adónde vais, hermanos? ¿Qué carro es éste, qué lleváis en él y qué banderas son aquéstas ?
A lo que respondió el carretero:
El carro es mío; lo que va en él son dos bravos leones enjaulados, que el general de Orán envía a la corte, presentados a su majestad; las banderas son del rey nuestro señor, en señal de que aquí va cosa suya.
Y ¿son grandes los leones? --preguntó don Quijote.
Tan grandes --respondió el hombre que iba a la puerta del carro, que no han pasado mayores, ni tan grandes, de África. a España jamás; y yo soy el leonero, y he pasado otros; pero como éstos, ninguno. Son hembra y macho; el macho va en esta jaula primera, y la hembra en la de atrás, y ahora van hambrientos porque no han comido hoy; y así, vuesa merced se desvíe; que es menester llegar presto donde les demos de comer.
A lo que dijo don Quijote sonriéndose un poco:
¿Leoncitos a mí? ¿A mí leoncitos, y a tales horas? Pues ¡por Dios que han de ver esos señores que acá los envían si soy yo hombre que se espanta de leones! Apeaos, buen hombre, y pues sois el leonero, abrid esas jaulas y echadme esas bestias fuera.; que en mitad desta campaña les daré a conocer quién es don Quijote de la Mancha, a despecho y pesar de los encantadores que a mí los envían.
¡Ta, ta! --dijo a esta sazón entre sí el hidalgo. Dado ha señal de quién es nuestro buen caballero: los requesones, sin duda, le han ablandado los cascos y madurado los sesos. Llegáse en esto a él Sancho, y díjole:
-Señor, por quien Dios es, que vuesa merced haga de manera que mi señor don Quijote no se tome con estos leones; que si se toma, aquí nos han de hacer pedazos a todos.
-Pues ¿tan loco es vuestro amo -respondió él hidalgo, que teméis, y creéis, que se ha de tomar con tan fieros animales?
--No es loco -respondió Sancho-, sino atrevido.
Intentan persuadir a don Quijote de que abandone su empresaa, pero no lo consiguen; el pavor se adueña de los circunstantes, que se alejan de las jaulas; «lloraba Sancho la muerte de su señor», Don Quijote, temiendo que Rocinante se fuera a espantar de los leones, saltó del caballo, arrojó la lanza y embrazó el escudo, y desenvainando la espada, paso ante paso, con maravilloso denuedo y corazón valiente, se fue a poner delante del carro, encomendándose a Dios de todo corazón, y luego a su señora Dulcinea... visto el leonero ya puesto en postura a don Quijote, y que no podía dejar de soltar al león macho, so pena de caer en la desgracia del indignado y atrevido caballero, abrió de par en par la primera jaula, donde estaba, como se ha dicho, el león, el cual pareció de grandeza extraordinaria y de espantable y fea catadura. Lo primero que hizo fue revolverse en la jaula, donde venía echado y tender la garra, y desperezarse todo; abrió luego la boca y bostezó muy despacio, y con casi dos palmos de lengua que sacó fuera se despolvoreó los ojos y se lavó el rostro; hecho esto, sacó la cabeza fuera de la jaula y miró a todas partes con los ojos hechos brasas, vista y ademán para poner espanto a la misma temeridad.  Sólo don Quijote lo miraba atentamente, deseando que saltase ya del carro y viniese con él a las manos, entre las cuales pensaba hacerle pedazos.  Hasta aquí llegó el extremo de la jamás vista locura. Pero el generoso león, más comedido que arrogante, no haciendo caso de niñerías ni de bravatas, después de haber mirado a una y otra parte, como se ha dicho, volvió las espaldas y enseñó sus traseras partes a don Quijote, y con gran flema y remanso se volvió a echar en la jaula. A este punto don Quijote ordena al leonero que dé palos a la fiera para que salga; el leonero rehúsa, declarando que ya estaba bien probada la grandeza de corazón del caballero. ---Así es verdad ---respondió don Quijote: cierra, amigo, la puerta, y dame por testimonio en la mejor forma que pudieres lo que aquí me has visto hacer... No debo más, y encantos afuera;  y Dios ayude a la razón y a la verdad.  

 

Don Quijote quiso que en adelante se le llamara el Caballero de los Leones, que no puede menos de recordarnos a aquel viejo caballero del siglo XII, Yvain, «Le Chevalier au Lion».

Después de la aventura de los leones, don Diego de Miranda quedó maravillado y atónito, «todo atento a mirar y a notar los hechos y palabras de don Quijote, pareciéndole que era un cuerdo loco y un loco que tiraba a cuerdo».

V. EN MIO CID

 Menéndez Pidal caracterizó el episodio del león de Mio Cid como de índole novelesca o ficticia, en la línea de la aparición del ángel san Gabriel (vv. 10510) y de las arcas de arena. Según él, el pasaje no llevaba como finalidad «tanto revelar el valor del héroe... como descubrir la cobardía de los Infantes de Carrión (PMC, p. 32; En torno..., p. 24) .48 Reconocía, pues, don Ramón que el autor recurría al comienzo mismo del Cantar de la Afrenta a un ejemplo ficticio; implícitamente habría de admitir que la Afrenta misma sería ficticia.

 Por otro lado, Menéndez Pidal quería dar a entender a sus lectores que se trataba de un león domesticado: «Es frecuente el caso de leones domesticados como el del Cid, mantenidos en una casa» (CMC, 11, p. 731, v. «león»). El gran historiador se veía constantemente impelido a buscar posibilidad histórica aun a los elementos reconocidos como novelescos.

 En el texto de la Razón se da a entender, con suficiente claridad, que el león estaba dotado de las características de fiereza y aspecto aterrador que se le asignaban en su larga migración literaria en testimonio del carisma. El león de Mio Cid infundió enorme pánico en todos los presentes:

En grant miedo se vieron por medio de la cort (2283);
«¡Hya señor ondrado rebata nos dio el leon!» (2295);

de manera que los vasallos se apresuraron a proteger al Cid, que dormía:

e çercan el escaño e fincan sobre so señor (2285).
Nos çercamos el escaño por curiar nuestro señor (3335);
 el león se calmó, pero sólo al mirar al Campeador:
el leon quando lo vio assi envergonço

los presentes creyeron estar presenciando algo maravilloso (milagroso)

 A maravillalo han quantos que i son (2302).

Esperaríamos que, de haberse tratado de un león domesticado, los vasallos no se hubieran enorgullecido de su riesgo por cuidar a su señor, ni se hubieran maravillado tanto; además los Infantes, que llevaban en Valencia mas de dos años (v. 2271), sabrían la condición de la fiera y no se hubieran asustado con tan gran pavor. Pero, en fin, todo esto es quererle buscar al episodio justificación histórica; hemos de considerarlo objeto de ficción poética.

La razón de ser del episodio del león yace en su capacidad significativa; en esta capacidad sobrepasa inconmensurablemente cualquier otro episodio en Mio Cid, no sólo por su ilustre prosapia literaria, sino también y mayormente por su virtualidad genética interna.

En otros estudios he destacado cómo el autor de la Razón se aprovechaba y explotaba elementos interesantes, de caracterización o estilo, someramente tocados por el autor de la Gesta; una semillita del episodio del león podría verse en la oración de doña Jimena, cuando el Cid partió para el destierro:

 salvest a Daniel con los leones en la mala carçel (340).49

Sin embargo, el recurso de la Gesta mejor aprovechado y explotado es el del animal legendario como elemento del proemio; así pues, aquella breve y asombrada corneja, que tan tímidamente prenunciaba al Cid bienandanza en la Gesta fue remplazada en la por un magnífico y maravilloso león, que se encarga de marcar el sino de todos los presentes:

a) el del Cid, que había de ser amenazado sin darse cuenta, pero que al final resultaría ileso gracias a su carisma especial (sin tener que luchar) ;
b) el de los vasallos, que se mostrarían prestos a defender a su señor contra los de Carrión; y
c) el de los infantes, que al final de la obra quedarían corridos y exangües; de manera que su compleja existencia podría muy bien caracterizarse con un versículo del Deuteronomio: «fuera los devastará la espada; dentro, el pavor» (32, 25).

 Contamos, pues, en el episodio del león con una pieza estupenda como pórtico alegórico de la Razón de Mio Cid; júzgueselo como recurso del exordio de la obra y crecerá en estatura literaria. Piénsese después en ese gran poeta español que, hastiado de las historias, esas nuevas o novelerías de los juglares, reaccionó contra ellas de una manera mucho más sustancial que los clérigos de «sílabas contadas, por la quaderna vía»: su obra era totalmente de ficción, realísticamente inverosímil, verdaderamente poética, sugestiva, racional, psicológica; sobre todo, sería muy irónica, con ese atrevimiento de atribuir a personajes conocidos, algunos de la historia, todos presentados en la Gesta, acciones inauditas, debilidades impropias, intenciones disimuladas, hipocresías, mentiras, fanfarronerías, vanaglorias, adulación, intriga, espionaje, burlas, sarcasmos, chistes, dobleces, etc.

El león, en el pórtico, efectúa la premonición del público, para que éste se ponga a la expectativa del conflicto dramático que se va a desarrollar. El episodio, como prólogo, cumple con el oficio de la anticipación, propia de la técnica teatral. En este episodio del león se contienen, como en célula, los principios de la vida multiforme de la acción total. Por esa capacidad significativa y genética es por lo que lo denomino episodio alegórico.

Todos sentimos que el león no trata de hacer nada; su papel es el de probar algo, que se aclararía en la narración subsiguiente; su tipo de prueba es tremendamente diferente del de la niña de nuef años, o el del empeño de las arcas de arena, o las tomas de las fortalezas moras, o el encarcelamiento del Conde de Barcelona, o el de las bodas de los Infantes de Carrión con las hijas del Cid; en todos éstos se trataba de ejemplos verosímiles, de pruebas directas y circunscritas a una circunstancia temporal y espacial en su devenir narrativo; el pasaje del león es un ejemplo esotérico, de elevada calidad sugestiva y genética en sus reapariciones intermitentes o, mejor, en su omnipresencia en el resto de la obra..

¿En qué sentido es, pues, alegórico el episodio del león? Es alegórico en cuanto que consiste en referir una anécdota, en la que se sigue el patrón de una rancia, venerada y proverbial leyenda, que se hizo lugar común de la literatura; pero no sólo por esto, sino también porque su lenguaje es retórico, es artístico, es figurativo, es decir, que su propósito no es tanto el de revivir la vieja leyenda, como el de condensar en signos e imágenes la materia de otra narración que le sigue; y además es alegórico por fundarse en una creencia religiosa y llevar un propósito apologético, que transciende los sucesos explícitamente narrados; el león de Mio Cid es un juez de interioridades en una especie de juicio de Dios o razón de conciencias, en acatamiento del carisma del justo, y como terror del hipócrita y malintencionado.

Que yo sepa, creo ser el primero en caracterizar como alegórico el pasaje del león en Mio Cid;50 en mis razones no he hecho mucho más que parafrasear a Edwin Honig en su estupendo estudio sobre la alegoría, Dark conceit. The making of allegory,51 al que de vez en cuando he hecho otras referencias. No cabe duda de que las cualidades que él enumera al pasaje alegórico cuadran muy bien a nuestro ejemplo.

Sobre la alegoría en la Edad Media afirmaba María Rosa Lida que los escritores solían indicar con claridad cuándo

la empleaban.52 El episodio del león, sin embargo, no es una alegoría; tiene, si, calidad alegórica. Para comprender mejor su unicidad artística, tan madura para su época, hemos de mirarlo en perspectiva de la Gesta: mientras que en ésta no hay nada que prenuncie o justifique, temática o estilísticamente, la escapada del león, este hecho es el que alumbraría intermitentemente las vías de conducta de los individuos en la Razón. Con esas reapariciones intermitentes el autor nos enseñaba implícitamente que el episodio encerraba virtud alegórica..

La potencia genética del episodio es evidente: el león escapado provocó el miedo (2283), que a su vez fue el motivo de los juegos (2307) de los vasallos; con el paso de las noches e los días (2536) crecieron los juegos y el malestar de los Infantes, hasta el punto de que mal se conssejaron (2537). ¿Qué los movió a ultrajar a sus esposas? Lo dicen ellos:

 despues en la carrera feremos nuestro sabor
ante que nos retrayan lo que cuntio cob el leon (2547-48)
Assi la escarniremos a las fijas del Campeador
antes que nos retrayan lo que fue del leon (2555-56)

Estos versos nos hacen pensar que las hijas del Cid, como su padre, no habían participado en las burlas de los vasallos, pero los Infantes temblaban en pensar que algún día se sumaran a éstos; antes que sucediera, tratarían de ponerle remedio. También podría interpretarse el sentido de estos versos como «antes que seguir expuestos a las burlas del león, preferimos romper nuestros lazos, vengándonos en las hijas del Cid»; así pues, volverían a insistir:

 ¡nos vengaremos aquesta por la del leon!» (2719).
 ¡La desondra del leon assis ira vengando!» (2762).

Más arriba hicimos un recuento de los diversos episodios de la Gesta; ninguno de ellos, tras ser contado, reaparecería como móvil de la acción en desarrollo. Sin embargo, el episodio del león, como un oscuro fantasma ---con carácter de Dark conceit, según el epígrafe de E. Honig, es omnipresente en la Razón, desde el exordio hasta la argumentación en las cortes; como entonces aclararía el elocuente Mudo (Pero Bermudez), el león fue el que dio razón (3329) de la maldad y traición de Fernando (v. 3343):

 Di, Ferrando, otorga esta razon
 d non te viene en miente en Valençia lo del leon (332930).

Martín Antolínez acusaba a Diego de alevosía y falsedad, invocando entre las pruebas el suceso del león:

 «¡Cala, alevoso, boca. sin verdad!
 Lo del leon non se te deve olbidar (336263).

Tanto Pero Bermúdez como Martín Antolínez, en nombre de los demás vasallos, e incluso los Infantes mismos interpretaron el suceso divino, que mora en los personajes extraordinarios que inspiran al poeta.  Entre las múltiples connotaciones de este  locus communis poético se destaca su carácter paradójico: por un lado, el bruto se postra en homenaje al hombre; por otro, se proclama la supremacía del instinto sobre la razón, como había declarado el pseudoevangelista y sentenciado Shakespeare : «instinct is a great matter». De ahí que el escritor se fije tanto en destacar la naturaleza fiera del león en cuestión; de estar domesticado, se le creería avasallado por la razón humana y de ella contaminado; en tal situación, a la par que el ser racional, su conducta podría ser motivada por prejuicios.

 Es admirable que el león, como solemne peregrino de vocación divina, que desde tiempos remotos había migrado de tierra en tierra, de cultura en cultura, de religión en religión, de virtud en virtud, de lengua en lengua, de poesía en prosa, inaugurara su entrada en las lenguas modernas en España,53 en la Razón de Mio Cid, y a España regresará a descansar definitivamente en la pirámide cervantina.

 ¿Se burlaba Cervantes del Rey de las Selvas? ¿Se mofaba del juez Supremo de la Conciencia? ¿Apelaba a él para que testimoniara del carisma de don Quijote? Cedo la respuesta a don Miguel de Unamuno, gran humanista, gran amigo del Cid, de don Quijote y de los españoles:

lo que en verdad pasó es que el león se espantó o se avergonzó más bien al ver la fiereza de nuestro Caballero, pues Dios permite que las fieras sientan más al vivo que los hombres la presencia del poder incontrastable de la fe... No, el león no podía ni debía burlarse de don Quijote, pues no era hombre, sino león, y las fieras naturales, como no tienen estragada la voluntad por pecado original alguno, jamás se burlan. Los animales son enteramente serios y enteramente sinceros, sin que en ellos quepa socarronería ni malicia... Así ante don Quijote, nuevo Cid Campeador, «envergonzó» el león, que acaso fuera uno de los dos que hoy figuran en nuestro escudo de armas, y el avergonzado ante el Cid el otro .54

Lo sublime y lo ridículo, en planos superpuestos y ambigüedad sugestionadora, son privilegios de los grandes escritores; dos grandes maestros de la ambigüedad comicotrágica honraron, en España, al rey de las selvas con lo mejor de su arte: arte que supo tratar el viejísimo motivo del elogio con la mayor originalidad y elevación del mundo.

N O T A S

** Este estudio es una adaptación de mi artículo "La tradición del león reverente. Glosas para los episodios en  "Mío Cid",  "Palmerín de Oliva",  "Don Quijote" y otros." Kentucky Romance Quarterly, 19, 1972, pp. 255-284.

1 . "Transmisión y recreación de temas grecolatinos en la poesía española "Revista de Filología Hispánica", 1, 1939, pp. 20-63.

2 . Pertenece este león a la familia numerosa del león manso; de este estudio quedan excluidos los casos en que el animal ha sido domesticado, o se muestra comedido en agradecimiento a la acción previa del hombre, o se pacifica como por el encantamiento o mágico poder de alguna acción o signo. Estos casos cuentan a su vez con su propia tradición literaria; el león domesticado no está ausente de las letras clásicas (véanse Estacio, Syl., 2, 5; Séneca, Epist., 85, 41; Juvenal, Sat., 7, 75; Lampridio, Elag., 21); el león agradecido parece haberse originado con la leyenda de Androcles (véanse Eliano, Nat. anim., 7, 48; Gelio, Noc. Attic., 5, 14 y haber influido en el Yvain de Chrétien de Troyes (véase, para mayor información y bibliografía sobre este tema, A. G. Brodeur, The gratefull lion: a study in the development of mediaeval narrative, PMLA, 39, 1924, páginas 485-524). El león agradecido interviene en multitud de leyendas de santos, como san Gerásimo, San jerónimo, etc. Se excluyen también los leones encantados, es decir, los que en las leyendas hagiográficas responden mansamente a la voz del santo, sus buenas razones y consejos, o a la señal de la cruz, etc. (véanse Edward Kinesman, Lives of the saints, 1623, p. 383, sobre san Vito, que encantó a la fiera con la señal de la cruz, y Mario Roques, "Le lion vaniteux: pour le commentaire de la chanson X du Chansonnier de Zagreb." Romania, 55, 1929, pp. 258-260, para situaciones en que la fiera se doblega ante palabras de elogio). El reverente es, pues, el que de un estado de fiereza -por lo común explícitamente mencionada- se convierte al de mansedumbre ante la mera presencia del personaje carismático.

3 . Quintiliano, op. cit., 5, 10, 20; Cicerón, De inventione, 2, 16, 50.

4 . Quintiliano, 5, 10, 103 y 122-23.

5 . Curtius, European literature..., p. 70.

6 . Las Fábulas de Fedro y la Historia naturalde Plinio el Viejo ejercieron un papel muy importante en la creación de la literatura de animales. El león se constituye rex ferarum en una de las fábulas (Fab., 4, 12, y se destacan su generosidad y fortaleza: generosissimus, fortissimus; Ovidio menciona su magnanimidad (Tris., 3, 5, 33). De él se dice que suele apiadarse de los suplicantes y postrados; siente mayor tendencia a enfurecerse contra los varones que contra las mujeres, y sólo acosado por gran hambre atacaría a los niños; muestra con el rabo su estado de ánimo, y lo menea en señal de clemencia (véanse Plinio, Nat. hist., 8, 16 et passim; Solino, Colectanea rerum memor., ed. Th. Mommsen, 1958, p. 119; Isidoro,Etim., 12, 2, 6).

7 . Cf. Patrologiae cursus completus, cura J. Migne, París, 1848, vol. V, p. 1183, nota.

8 . Macrobio, Saturnalia, 1, 20, 15.

9 . Macrobio, op. cit., 1, 23, 20. Cibeles era tenida por la madre de los dioses, Mater magna, y era de origen frigio; Plinio (op. cit., 35, 36) dice: "Deumque matrem in leone sedentem"

10 . A. de Gubernatis, en Zoological mythology or legends of animals . Londres: Trubner, 1872, or Detroit: Singing Tree Press, 1968, vol. II, pp. 153-154, dice: "The tiger and the lion have in India the same dignity, and are both supreme symbols of royal strength and majesty. The tiger of men and the lion of men are two expressions equivalent to prince, as the prince is supposed to be the best man. It is strength that gives victory and superiority in natural relations; therefore, the tiger and the lion, called kings of beasts, represent the king in the civic social relations among men. The narasinhas of India was called, in the Middle Ages, the king par excellence; thus in Greece, the king was also called leôn."  "The myth of the lion and the tiger is essentially an Asiatic one; not withstanding this, a great part of it was developed in Greece, where lion and tiger were at one time not unknown, and must have, as in India, inspired so-mething like that religious terror caused by oriental kings."

1 1 . Aristófanes (Ran., 10'32) caracteriza a Orfeo como el que enseñó los ritos religiosos y el que apartó a los hombres del canibalismo.

1 2 . Eurípides, Iphigenia in Aulide, 1211, y Bacchae, 564.

1 3. Orfeo atrajo, asimismo, la atención de otros renombrados poetas y autores latinos; Virgilio (Geor., 4, 510):  "Mulcentem tigres et egentem carmine quercus"; Propercio (3, 2, 3-4:  "Orphea detinisse feras et concita dicunt / Flumina Theicia sustinuisse lyra"; Ovidio (Ars, 3, 321-22):  "Saxa ferasve lyra movit Rhodopeius Orpheus / Tartareosque lacus tergeminumque canem."

1 4 . Éstos son los textos de Horacio: sobre Hermes:  "Tu potest tigres comi-tesque sylvas / Ducere et rivos celeres morari" (Od., 3, 11, 13-14; sobre Anfión:  "dictus et Amphion, Thebanae conditor urbis, / Saxa movere sono testudinis et prece blanda / Ducere quo vellet" (Ars, 394-96). Estacio conmemoraba este mismo suceso en su gran obra a Tebas:  "quo carmine muris / Jusserit Amphion Tyrios accedere montes" (Theb., 1, 9).

1 5 .  "Inde ferae pecudes persaltant pabula laeta, / Et rapidos tranant amnis: ita, capta lepore, / Inleceorisque tuis, omnis natura animatum / Per te sequitur cupide, quo quacumque inducere pergis" (1, 14 y ss.).

1 6 .  "Alitum pecudumque mihi durique ferarum / Non renuere greges" (Syl., 1, 2, 184-85).

17.  "Tale nemus vates attraxerat inque ferarum / Concilio medius turba volucrumque sedebat" (Met., 10, 143-44).

1 8.  "Quale portentum neque militaris / Daunias latis alit aesculteis / Nec Jubae tellus generat, leonum / Arida nutrix" (Od., 1, 22, 13 y ss..

1 9 . Acron comenta así la Oda de Horacio:  "Ad Aristium Fuscum scribit, amicum suum, indicans innocentiam semper et ubique tutam esse, etiam inter res saevas et periculosas. Cuius re¡ testimonium et documentum ipse accepit, cum alias tum praecipue, cum in Sabinis in agello suo spatientem se ingens lupus fugerit"; sin embargo, el comentarista no se percató del carácter tradicional del ejemplo, y hasta llega a sugerir que el poeta pudiera hablar jocosamente -lo que implica desvalorización de la interpretación anterior:  "Dubitandum tamen est, utrum ioculariter an vere dicatur, quia lupi singuli singulares homines inua-dere consueuerunt" (Horatius Flaccus. Acronis et Porphirionis commentarii, ed. F. Havthal, Amsterdam, 1966, pp. 86-87).

20 .  "Quorum stupefactae carmine lynces, / Et mutata suos requierunt flumina cursas" (Eglo., 8, 3-4).

2 1 . Plinio (op. cit., 36, 4) habla de una escultura de Arcesilao que representaba a una leona a cuyo alrededor jugaban Cupidos alados; en este estudio se hablará más adelante del león que juguetea con el personaje carismático, en señal de acatamiento.

2 2 .  "Pax avibus, quacumque volat: rabiemque frementes / Deposuere ferae" (17, 121-22).

2 3 . Génesis, 1, 26 y ss. En las citas bíblicas se sigue la versión de Nácar-Colunga, BAC, Madrid, 1953. Esta versión es también empleada en muchos otros textos que se citan en los diversos estudios.

2 4 . En Salmos, 8, 6-8:  "Le diste el señorío sobre las obras de tus manos, todo lo has puesto debajo de sus pies: las ovejas, los bueyes, todo juntamente, y todas las bestias del campo.." En Job, 5, 22-23:  "no temerás a las fieras salvajes. Harás alianza con las piedras del campo. y paces con las bestias de la selva". En Eclesiástico, 17, 4:  "sometió [Dios] a su imperio las bestias y las aves". En Jeremías, 27, 6:  "Aun las bestias del campo las he puesto a su servicio."

2 5 . Judit, 11, 7:  "las mismas fieras del campo y los ganados y las aves del cielo, por tu fortaleza [de Holofernes], vivirán bajo el gobierno de Nabucodonosor y de toda su casa". Jeremías, 28, 14:  "aun los mismos animales del campo se los he dado a él [Nabucodonosor]".

26. Liber de ortu Mariae et infantia Salvatoris, caps. XIX y XXXV, en Vangeli Apocrifi, ed. cit.,  pp. 196, 216 y 218,

27 . Orpheus and the Greek Religion,Londres, 1952, p. 23. También, para mayor información y bibliografía, pueden consultarse O. Gruppe, Orpheus, en W. H. Roscher, Ausführliches Lexicon der griechische and römanischen Mythologie, Leipzig, 1884, vol. 111, parte I, y H. Leclercq, Daniel y Orphée, en Di-tionnaire d'archéologie chrétienne et de liturgie, publ. por F. Carrol y H. Leclercq, Paris, 1920, vols. IV, parte I, y XII, parte II, respectivamente.

2 8 . Contra Faustum Manichaeum, 13, 21.

2 9 . M. Capella, Scholia in Caesaris Germ. Aratea, 88 B Boecio, De consolatione philosophiae, 3M, 12, 5 y ss.

30. San Agustín, Contra secundam Juliani responsionem, 3, 147:  "si beatitudinem loci illius christiano cogitaretis affectu, nec bestias ibi morituras fuisse crederetis, sicut nec saevituras: sed hominibus mirabili mansuetudine subditas, nec pastum de alternis mortibus quaesituras, sed communia, sicut scriptum est, cum hominibus alimenta sumpturas (Gen., 1, 29, 30)". Hay más enseñanzas de este mismo escritor en Contra Pelagium, 1, 25. T. Cantipatrano, en De naturis rerum, 3, 64, explicaba de esta forma él,hecho de la fiereza de las bestias:  "feritas bestiarum non ad destruendam innocentiam, sed ad premendam nocentiam atque malitiam hominum est creata" (en Spicilegium Solesmense, cura J. B. Pitra, París, 1855, vol. III, p. 425).

31 . Acta sanctorum (colec. de los Bolandistas), Jan. 1, p. 16, 40.

32 . Id., Jan. il, p. 186, 13.

33 . Id., Jan. 1, p. 569, 5.

34 . Id.. Feb. II, p. 812, 8 y 11.

35 . "Martyrium Myronis praesbiteri," del monje Lorenzo, en Acta sanctorum, Aug. III, p. 422, 6.

36 . Acta sanctorum, Jun. 11, p. 152, 6.

37 . Ed. De H. Oesterley, Berlín, 1872, cap. 110, p. 449.

38 . Acta sanctorum, Sep. VI, p. 134.

39 . De virginitate, 2, 3. En una de sus Epístolas (63, 34) explicaba el obispo ese ejemplo de Tecla, poniendo de relieve que el león, a pesar de estar hambriento, no sólo se abstuvo de poner una uña en la doncella, sino que apartaba de ella su mirada, ya que con el simple mirar se puede violar la santidad de la virginidad:  "Quo munere [virginitatis] autem venerabilis Thecla etiam leonibus fuit; ut ad pedes praedae suae stratae impastae bestiae sacrum deferrent jejunium; nec procaci oculo virginem, nec ungue violarent aspero; quoniam et ipso aspectu virginitatis violatur sanctitas."

40 . Vita sancti Hilarionis eremitae, 32.

41 . CMC, II, p. 615.

42 . Para el estudio de este romance y varias de sus versiones puede verse The romance of sir Beues of Hamtoun, Eugen Kölbing (Londres, Early Eng. Texts So., 1885). Para más noticias sobre las versiones del romance a otros idiomas, y otros romances y textos de autores ingleses, en los que el león adopta una actitud reverencial ante un personaje de estirpe real, puede verse, del citado E. Kólbing, "Zu Shakespeare's King Henry IV",  Engl. Studien, 16, 1892, pp. 454-459. En la traducción italiana, Cantare di Bovo d'Antona, Pulican aparece dormido, circunstancia en que aparecían Sandrocoto de Indian y el Cid 

Lassèmo de Bovo, de Druxiana dixe lo cantar.
Pulican cola dona se sta.
De for dala tenda elo se informençà;
Soto un olivier pllanamente se possà.
Una gran cerva fuçando sen va,
E do'lioni incalçando la va.
De fora dala tenda la cerva sen va, E li ¡ion¡ drio li andà.
Quando li lioni li fanti veçudi á Intranbi ii lion¡ el¡ ananá.
Eli noli potè far algun mal
Per ch'eli era fioli de Rayna incorona'.


(Véase Pio Rayna, "I Reali di Francia." Richerche intorno di Reali di Francia, Bolonia, 1872, p. 544, vv. 1731-42).

43 . Como precedente clásico puede servir el llanto de los leones africanos a la muerte de Dafnis (p. 178 supra), y como hagiográfico, el llanto de los elementos de la naturaleza a la muerte de san Antón (p. 188 supra).

44 . Libro del famoso cauallero Palmerin de Oliva e de sus grandes hechos nueuamente restampado: y corregido con su tabla . de nueuo añadida, Valencia, 1534, cap. 79.

45 . Tutte le opere di Mateo Bandello, ed. F. Flora, 1952, t. I, nov. 24, p. 307. En Italia entre los emblemas de Alciati hay uno (Emblema VII) con el lema Potentissimus affectus amor, en el que aparece Cupido en un carro tirado por leones.

46 . The illustrious and renoun'd history of seven champions of Christendom, Londres, 1750, pp. 42-43.

47 . King Henry IV, parte I, acto 2, esc. 4. El proverbio se nutría de muchas leyendas escritas y de tradición oral. Frase proverbial era también la de lord Hastings en The mirror for magistrates, trag. 21, vv. 282-83:  "They [lions] feare the sacred laws / Of prynces bloud" (véase **** ed. de Lily B. Campbell, Nueva York, Barnes and Noble, 1960). En la versión inglesa del Palmerin de Oliva, hecha por Munday en 1588, se parafraseaba el original, añadiéndose alguno que otro elemento: "The Lyons comming about him, smelling on his clothes would not touch him; but (as it were knowing the bloud royall) lay downe at his feet and licked him" (parte II, cap. 5) ; esta versión se parece mucho a la francesa de Ian Maugin, L'histoire de Palmerin d'Olive (Amberes, 1572), f. 109:  "Les Lyons naturelz, apres Fauoir fleuré, ne luy toucheront; ains (comme cognoissans sa lignée Royale) s'humilierent deuant luy..." También en Inglaterra, E. Top- sell, a mediados del xvii, escribió The history of four-footed beasts and serpents and insects, en la que caracteriza al león como dotado de  "Understanding of the parts of men and women... declining the sight of women's privy parts",que ''nos recuerda la actitud de modestia del león de Tecla; el autor añade una leyenda de un león en Inglaterra  "declared by Cranzius) which by evident token was able to distinguish betweixt the King Nobles and the vulgar sort of peopl," (véase reimpresión en Nueva York, Da Capo Press, 1967, p. 370). W. Scott demostró conocer muy bien la tradición del león reverente ante la virgen; así en ' Marmion, canto Il, 7.1 sts.:

... he, in fury uncontroll'd,
The shaggy monarch of the wood,
Before a virgin, fair and good,
Hath pacified his savage mood.

48 . A lo largo de estas investigaciones no he podido encontrar ningún ejemplo en que un león domesticado se emplee para demostrar la "cobardía" de algún personaje. Existe, sí, un relato de Lampridio, historiador latino del siglo iv, que podría, tal vez, interpretarse en tal sentido; sin embargo, parece destinado el pasaje a resaltar, más que la cobardía, el pavor ridículo de unos comensales que, invitados del señor, se asustaban al ver cómo unos leones (pre viamente amaestrados) se sentaban a la mesa y eran alimentados a la mano con manjares exquisitos de loros y faisanes:  "Habuit et leones... exarmatos in deliciis, quos edoctos per mansuetarios subito ad secundam et tertiam mensam iube bat accumbere, ignorantibus cunctis quod exarmati essent, ad pavorem ridiculum excitandum... psittacis atque phasianis leones pavit" (Elagabali vita, 21). El autor de Mío Cid trataba de ridiculizar a los Infantes, de eso no hay duda: su pánico excesivo, su egoísmo en no cuidarse del Cid, la suciedad de sus ropas, la lividez de sus rostros. No creo que al autor le interesara exponer a unos Infantes  "cobardes" (bajo todos los conceptos lo hubieran sido de haberse asustado de un ratón, pero no de un león fiero), sino a unos Infantes egoístas y desinteresados por el bienestar de la familia de Valencia. Que no eran de naturaleza cobardes lo demostrarían a la hora de los retos del final; su comporta miento hacía comentar a E. de Chasca:  "Fernando arremete a Pedro Vermudoz sin pavor (3.625) y es quien primero atraviesa el escudo de su contrario. Lidia con valor hasta ser herido, y sólo cuando se ve amenazado por Tizón se da por vencido"; el comentarista, que creyó cobardes a los Infantes ante el león, añadía:  "(Confesamos que, recordando su comportamiento frente al león y frente al moro Aladrof, nos parecía inverosímil tan insólito valor, si no fuera porque hasta el cobarde puede hacerse valiente defendiendo sus intereses vitales)" (op. cit., p. 191). La conducta de los Infantes frente al moro Aladrof reflejaba, así mismo, su desgana, que crecía a la par dé las burlas de los vasallos. En fin, el episodio del león ha de ser interpretado no como anecdótico (al modo de las batallas), sino como alegórico o representativo de lo que en la narración se iba a desarrollar: la prestancia del héroe, la lealtad de los vasallos, la ruindad de los antagonistas.

49 . Las leyendas de los mártires se inspiraban en el episodio de Daniel, al que se aludía con gran frecuencia en las invocaciones de las obras medievales; baste aportar aquí el recuento sumario de Menéndez Pidal: ""saqueste a Daniel de entre los leones", Fernán González, 108; "a Daniel sacaste del poço de Babilón", Buen Amor, 1; "e Daniel les leuns guaresis", Roland, 2386, 3104" (CMC, III, p. 615); ahí mismo puede verse una ilustración, procedente de un código de 1040, que representa el referido milagro de Daniel; aparecen en ella dos leones a uno y otro lado del profeta, en la actitud reverencia¡ que parece describir el autor de Mio Cid: la cabeza inclinada, el rostro en el suelo hincado.

50 . C. Bandera Gómez, en "El sueño del Cid en el episodio del león."  Modern Lang age Notes, 80, 1956, pp. 345-351, ha dado al episodio una interpretación simbólico-cristiana, sumamente ingeniosa, estableciendo lo que él llama  "un triángulo simbólico cuyos vértices son el Cid, el león y Cristo" (p. 251). Su teoría se apoya, fundamentalmente, en el hecho de que el Cid aparecía durmiendo --fenómeno que he probado no ser extraño a la tradición--; sin embargo, parece pasar por alto que al momento del encuentro del Campeador con la fiera aquél estaba despierto, estableció un diálogo con sus hombres, caminaba, vestido, hacia el animal, al que condujo a la red. Es, en verdad, destacable la mención del sueño, pero no en la tradición del sueño-león-Cristo, sino más bien como elemento o recurso literario muy medieval que servía, de algún modo, para hacer pasar al oyente del mundo de la realidad al de la alegoría. El pórtico alegórico era el trampolín que lanzaba al lector de la Gesta del mundo físico de las acciones humanas al psicológico de la Razón, poblado de lucubraciones y conjeturas. Entre los críticos que han comentado el episodio del león de Mio Cid, Leo Spitzer parece haberlo enfocado -aunque someramente- más de acuerdo con la tradición literaria que aquí se ha analizado;   para él el león se constituye en una especie de árbitro moral del hombre (cf. Le lion arbitre moral de l'homme, «Romania», 64, 1938, pp. 525-530). A. Henry comparó la actitud del león ante el Cid a la del  caballo -en estado salvaje- Bucéfalo ante Alejandro Magno: en reconocimiento de la potencia espiritual del héroe: «Statim (après avoir vu Alexandre) extendit collum suum ipse caballus et coepit lambere manum illius atque complicatis pedibus proiecit se in terram, tornansque caput respexit Alexandrum [cita pro-cedente de Historia preliis, ed. Pfister, p. 54]» (Sur l'épisode du lion dans le «Poema de Myo Cid», «Romania», 65, 1939, pp. 94-95). P. R. Olson, si no alegó-ricos, sí ha visto valores simbólicos en el episodio, aunque no tanto con lo que respecta al león como al escaño del Cid, donde cree que se refugió Fernando; ello simbolizaba el reconocimiento de la dignidad del Campeador por parte de uno de sus yernos (cf. "Symbolic hierarchy in the lion episode of the "Cantar de Mio Cid". Modern language Notes, 77, 1962, pp. 499-51).

51 . E. Honig: "We find the allegorical quality in a twice-told tale written in rhetorical, or figurative, language and expressing a vital belief. In recognizing that when these components come together they form the allegorical quality, we are on the way to understanding allegory as literature. The twice-told aspect of the tale indicates that some venerated or proverbial antecedent (old) story has become a pattern for another (the new) story. Rhetorical language is the most appropriate one for telling the story because such a language produces self-reflective images -that is, its figurative character makes possible the retelling of the old story simultaneously with the telling of the new one. The belief expressed in the tale is the whole idea supporting the parabolic way of telling and the reason for the retelling; the belief binds the one with the other, as a resolution and its  hypothesis are bound together ..." (op. cit., p. 12).

52 . María Rosa Lida:  "En las obras alegóricas destinadas al vulgo, los autores, muy al cabo de lo arbitrario y subjetivo del método alegórico, se adelantan a fijar sin equívoco posible la interpretación que proponen" (informe sobre "La alegoría en el Libro de Buen Amor" de Thomas Hart, en  Romance  Philology, 14, 1961, p. 342).

53 . Poca ha sido la documentación que he encontrado del león reverente en la literatura francesa; predomina en ella el tipo del león agradecido, como en el caso del Yvain,  "Le Chevalier au Lion", de Chrétien de Troyes (fines del siglo XII). Aunque sirva también este león como argumento para engrandecer la figura del personaje --en ese nuevo pathos estético, el caballero--, su finalidad artística primaria es más bien de carácter didáctico-ético, o sea, enseñar con un ejemplo cuán bien pagan las buenas obras, hechas a cualquiera. Tales exempla, pues, eran muy del gusto de los grandes predicadores de la época del Yvain, y así oímos a san Pedro Damián referir una leyenda semejante --que pudo servir de fuente a Chrétien de Troyes--, que él aprendió de unos marinos (véase Epist. libri octo, 1. 6, ep. 5. A fines del mismo siglo XII, entre los exempla de Jacques de Vitry se encuentra uno de una virgen que es llevada a un prostíbulo por rehusar sacrificar a los dioses; habiendo hecho oración, un león corrió por medio de la ciudad hasta llegar al burdel y atrapó entre sus colmillos al hombre que intentaba violar a la doncella. No lo despedazó al momento, sino que esperaba a ver qué le ordenaba hacer la virgen (véase The exempla of Jacques de Vitry, ed., intr. y notas de T. F. Crane, Londres,

54 . Vida de don Quijote y Sancho, Madrid, 1949, p. 151.