Historia de los nombres Rachel y Vidas

por Miguel Garci-Gomez

                             Por Rachel y Vidas vayades me privado (89)

Rachel aparece 20 veces en el Cantar de mio Cid; Vidas, 19 veces. Cualquier lector del manuscrito de Per Abbat se sorprenderá  del descuido del copista en la transcripción de los nombres propios, de sus múltiples vacilaciones gráficas, tanto en los nombres más comunes, como en los más exóticos: Abengalvón (Auegaluon, Auengaluon, Avengaluon); Alfonso (Alfonsso, Alffonsso, Alfonssso); Alvar Alvarez (Albar Albarez, Albarabarez, Aluar Aluarez); Alvar Fa|ez (Albafanez, Albarffanez, Aluar Fanez); Anrich (Anrich, Anrrich, Arrich); Fernando (Feran, Ferando, Fernando, Ferra, Ferran, Ferrando); Jerónimo (Ieronimo, lheronimo) Jimena (Ximena, Ximina); Santiago (Yague, Yaguo); Yuçef (Yuçef, Yucef, Yuceff) y otros varios (1).
Pues bien, sobre ese fondo de vacilaciones se yergue, constante y perfecta, la uniformidad de las grafías Rachel y Vidas. Parece como si el autor (o copista) hubiera ya presentido y tratado de subsanar en raíz las futuras elucubraciones y correcciones de los comentaristas. Su uniformidad resulta aún más notable y meritoria, si se contrasta con las variantes que esos mismos nombres --sobre todo el de Vidas-- sufrían en los documentos medievales, incluso en las prosificaciones del Cantar (en la Primera Crónica General se encuentran Bipdas, Uidas y Vidas).

VIDAS

En la onomástica de nuestros días no faltan los nombres de varón terminados en -a y -as: Elías, Lucas, Matías, Nicolás, Zacarías, etc. Pero, no cabe duda, los nombres masculinos terminados en -a y -as son hoy muy escasos, en castellano, comparados con la Edad Media. En los viejos documentos nos vemos asaltados a cada paso por nombres con tales terminaciones: Abdía, Alba, Ananía, Arias, Barbaza, Bendeita, Bouas, Calbeta, Cella, CIeophas, Ei|a, Eita, Endura, Fafila, Foracas, Froila, Fruela, Fuas, García, Gayta Sopa, Helia, Iluas, Iodas, Ikila, Imla, Kela, Minaya, Oxoa, Sonna, Veila, Vela, Vimara, Zapata, entre otros muchos por el estilo. Algunos nombres admitían indistintamente las terminaciones -a y -as, como Abdía-Abdías, Drua-Druas, Garcia-Garcias, Vida-Vidas. Y algunas de las formaciones no dejarán de causarnos hoy extrañeza en lo que se refiere al sexo del portador, como las de Cissila, Froila y Ema, varones, al lado de las mujeres Cixilo, Froilo y Emo (3).
Vidas aparece en muchos documentos como nombre de varón y de mujer. De tal manera es así, que no me atrevería a asegurar que abundara más entre los primeros que las segundas. El hecho de que veamos entre los portadores más varones, es de por sí inconcluso, dado que en general, en los documentos, son muchísimas más las referencias a hombres que a mujeres.
Vidas merece ulteriores observaciones. Aparece como nombre propio único: domno Vita; como prenombre: Vita Dominguez, Bida Ferro, Vita gegenis; frecuentemente como cognomento: Johan Vitas, Anaia Vita, Eneco Bita, Fernando Bidaz, Garcia Vita, Sancio de Uita, entre varones. Entre mujeres se emplea mucho el doblete Oria Vita (4).
En cuanto a las características sociales y étnicas o religiosas, Vidas se documenta, antes del siglo XIII, entre siervos y señores; entre clérigos y legos; entre castellanos, leoneses y mozárabes; entre cristianos y judíos. Los judíos así llamados son escasos en la época, aun teniendo en cuenta que, en general, los documentos se ocupan de cristianos. Curiosamente, cuando se trata de no cristianos, suele especificarse su religión, como en Vidas hebreo.
Entre los últimos comentaristas del episodio de las arcas, se apoyaba en los nombres como prueba del judaísmo de la pareja J. Solá-Solé: 
  • Es evidente, pues, que Vidas, siguiendo la completísima documentación de F. Cantera, es un nombre masculino de frecuente uso entre los judíos peninsulares. 
La verdad es que Cantera, como hebraísta, es un juez muy parcial, que omite informarnos de lo abundante que era el nombre entre cristianos, y nos remite a los índices de la revista Sefarad, revista de especialización en asuntos hebreos, también exclusivista. Los índices cubren quince apretados volúmenes, en los que se recogen documentos de muchas épocas; los Vidas mencionados no llegan a una docena, y sólo tres de ellos son anteriores al siglo XIII. Son más numerosos los judíos llamados Vidal.
De acuerdo, pues, con los documentos, aunque no debamos concluir que Vidas fuera exclusivo de cristianos, es, obviamente, grueso error pretender hacerlo propio o frecuente entre los judíos del siglo XII. Muchos años antes de F. Cantera, R. Menéndez Pidal había implicado que Vidas, en el Cantar, era nombre judío. En apoyo de su aserto, el filólogo nos remitía al testimonio de F. J. Simonet, en Glosario de voces ibéricas y latinas usadas entre los mozárabes (Madrid, 1988), p. LIX. Ahora bien, si nos tomamos la molestia de consultar la fuente, nuestra conclusión puede ser diferente. Dice el texto: 
Aunque en nuestra península, como en el oriente, los Mozárabes solían usar nombres arábigos y los muladíes, fingiendo su origen, fingían abolengos orientales, ya arábigos, ya persas, todavía entre los ingenios que produjo nuestra patria bajo la dominación sarracénica abundan los nombres y apellidos de origen latino y gótico... como Vithax (Vidas)" (7)
Para mí, es extender indebidamente el testimonio de Simonet tratar de incluir en él a los judíos.
Vidas tiene una raíz doble, latina y gótica, siendo la primera más obvia. El sustantivo, adjetivo y verbo latinos, Vita, Vitalis y Vivere, fueron raíces muy prolíferas de nombres de persona en la Romania. A la cabeza de esta sacra familia se destacaron en los primeros siglos dos distinguidos mártires, San Vidal (s. II) y San Vito (s. III), y en el santoral cristiano abundan los santos llamados Vidal. En el mismo santoral y en los documentos cristianos son múltiples las variaciones en esa familia de nombres propios. De Vitalis proceden Vidalis, Vital, Vitalia, Vitalia, Vitalianus, Vitales, Vitalis, y Vidal, muy abundante en Ia Península. De Vivere proceden Vivencius, Viventius, Viventus, con los peninsulares Uiui, Vivanus, Vivas, Vives. De Vita proceden Vitus y los peninsulares Vita, Vitas, Vidas (con las variantes consonánticas indiciares de B, U, y finales, ç, s, x, v, z) (8). 
Entre los muchos documentos que he consultado, me ha llamado la atención no haber encontrado en Castilla el nombre Vito, hoy en uso, sino sólo las desinencias -a y -as. Varias influencias pudieron convergir para la aceptación de estas formas: la bíblica, con los muchos nombres que aún perviven en nuestros días; la vascona, con nombres como Anaya, García y otros; pero, sobre todo, la gótica, con los numerosos reyes, Suintila, Chintila, Tulga, Wamba, Ejica, Witiza, con el plural masculino germánico en -a. Es más, es posible que el origen del Vidas peninsular sea un BlTA (9), nombre propio gótico, documentado en el año 803, y que perviviera entre los peninsulares con la suficiente fuerza como para evitar el cambio al masculino Vito, nombre establecido desde antiguo en el santoral para varón (10).
Los artículos de F. Cantera y S. Salomonski nos ofrecen una información muy parcial y tendenciosa. El lector se lleva la impresión de que Vidas, al ser como ellos dicen, y con razón, "versión fiel y literalísima de Xayyim" (11), era nombre propio de creación judía. Nada más lejos de la verdad documentable. Vidas era uno de los muchos nombres cristianos que los judíos adoptaron en Castilla. Y. Baer, por ejemplo, nos hace saber que los judíos de Menorca adoptaron nombres romanos y griegos, y que 1o mismo debió suceder en la Península (12). Es documentable que la familia toda de VITA, VITALIS y VIVERE resultó muy atractiva a los hebreos a la hora de adoptar nombres cristianos, prefiriendo entre ellos Vidal, el más abundante en la Península, el más abundante en Europa, el más abundante en el santoral (13).  Tras leer a Cantera y Salomonski esperaría uno encontrarse con que los hebreos preferirían la forma plural Vidas, por ser la "versión fiel", pero no es así; es bastante más frecuente la forma singular Vita, como lo era también entre los cristianos.

RACHEL

      Si acudimos a la fuente pidaliana, nos encontraremos con el manantial casi completamente seco: "Rachel, judío burgalés"(14). Eso es todo, sin otra documentación que su palabra. Don Ramón no comprendía el papel de una mujer, o la de un cristiano, en ese tipo de transacción prestataria, y conjeturó que Rachel era judío y varón. Ningún comentarista posterior se replanteó el problema del hebraísmo; la polémica sobre Rachel versaría sobre su sexo. Fue Emilio García Gómez quien abordó el tema, al tiempo que abrió la puerta a los correctores: 
 
  • Los nombres de los judíos (sobre todo el de Rachel aplicado a varón) son suspectos, a menos de suponer deformaciones gráficas (15).


Dada, empero, la uniformidad de la grafía Rachel en el texto, lo lógico hubiera sido, de cara al sospechoso nombre judío, sospechar del hebraísmo del personaje; pero no, se prefirió poner en duda el criterio y el acierto del autor del Cantar en su elección del nombre. Audazmente trataron a continuación los comentaristas de sustituir el nombre de Rachel por otro más claramente masculino y judío (también hubo quien quiso sustituir Vidas por Judas), tarea que se encargarían de llevar acabo F. Cantera y S. Salomonski. Estos ofrecieron a los lectores una rica gama de sugerencias, entre las que poder escoger: Ragel, Rahel, Rahuel, Roguel, Rehuel, Rogel, Ragüel (17) ¡Qué falta de respeto al Cantar de mio Cid. No es otra cosa que vanidad académica la sustitución del nombre del texto por otros  que los mismos autores no pueden documentar en otros textos contemporáneos. Las variantes ofrecidas eran no más que momias de erudición, sin vida entre los ciudadanos del siglo XII.

Pasaron unos años. El mismo F. Cantera fue el que se sintió atraído hacia el feminismo de Rachel, pues, como mujer, daba a la pareja mayor credibilidad judaíca de acuerdo con unos documentos que acababa de descubrir: 
  • releyendo documentación medieval hebraica o judeo-castellana coetánea del Cid, han sido no escasos los ejemplos de escrituras, contractuales o no, donde aparece un matrimonio hebreo y en las cuales es mencionada la esposa delante  del marido (18). 
Tanto el nombre como el sexo se manipulan sin otro fin que el que encajen dentro del molde hebraico. Cantera abrió nuevas posibilidades a los inspirados críticos, y J. Entrambasaguas dedicó todo un artículo al matrimonio hebreo de Burgos. El comentarista veía un rasgo de su feminidad en el hecho de que Rachel, hablando en una ocasión sin la compañía de Vidas, le encargara al Cid:
una piel bermeja, morisca y honrada,
Çid, beso vuestra mano, en don que la yo haya (178-79) (19).
Realmente, como han hecho notar otros comentaristas, el encargo de una piel no infería nada con respecto al sexo del personaje; en el mismo contexto de las arcas, unos versos más adelante, Rachel y Vidas le darían a Martín Antolínez 30 marcos, con el fin de que se comprara calças, rica piel y buen manto (195).
El hecho de que la mujer encabezara las escrituras tampoco infería nada con respecto a la religión de los contratantes. F. Cantera es un ilustre hebraísta, del todo dedicado a engrosar con judíos sus archivos de investigación. He dicho más arriba que los defensores del judaísmo de Rachel y Vidas nos acercan tanto al árbol, que éste nos impide ver el bosque completo. No podemos negar la autenticidad de los documentos encontrados por Cantera. Lo que negamos rotundamente es las implicaciones que él deduce, cuando nos dice que el uso cristiano, con relación al encabezamiento de la mujer, era el inverso: 
Cierto es que, frente a tal uso [la precedencia de la mujer entre judíos] existe también el inverso, como era usual entre los cristianos.
Esta afirmación milita en contra de la verdad documentable. Es mucho más sensata la generalización de C. Sánchez Albornoz sobre los contratos de compraventa según los viejos documentos: 
  • Las enajenaciones de los mismos [bienes] se hacía por los dos esposos juntamente, encabezando la escritura la mujer, si se trataba de los suyos (21). 
¿No es mucho más lógico pensar que el encabezamiento, en los formularios contractuales, se hiciera de acuerdo con el criterio de la propiedad, y no con el de religión?
Más arriba he aludido --lamentándolo-- al silencio que han guardado los comentaristas sobre los muchísimos Vidas cristianos. Del mismo modo han omitido los comentaristas las noticias sobre los muchísimos contratos de cristianos, en los que la mujer, bien sola, bien acompañada por otros miembros de su familia, o seguida de su esposo, aparece en cabeza. Permítanseme algunos ejemplos variados:
 
a. 944: Ego domna Cixilo una cum viro meo Alburra ...
(venden unos terrenos en Santa María). 

a. 1029: venit ipsa Massoria cum viro suo Tidon ...
(venden una villa

a. 1016: Ego Gonzina cum viro meo Suario Gundemariz
(venden una villa

a. 1121: Adicimus etiam ego (la condesa Enderquina] et vir meus comes domnus Suarius vobis ... 
(venden unos bienes

a. 1184: Ego Blasquita filla Bonet Quater et meo marito legale coniugio Eneco Sancio, dono et laudo firmiterque concedo ... 

En algún caso vemos que la venta se hace a una mujer, a quien acompaña su marido:
a. 1137: Ego Guillelmus de Lanzo et mea filia uendimus una tenda in rua Pelliceria ad uos dona Ermengard et ad vestro marito Arbert ...
En otro ejemplo la mujer hace testamento dejando sus bienes al marido:
a. 1130: Ego domna Oria de Palazio alexo tota mea hereditate ad don Arramon meo marito cum sua filia ... <6;8.6
          Queda claro, de la documentación citada, que Rachel podría ser una mujer --en contra de los escrúpulos de Menéndez Pidal--, y que su precedencia sobre Vidas, en asuntos contractuales, no es prueba de su hebraísmo-- en contra de la pretensión de F. Cantera. 
           Mientras que unos han aducido documentos históricos en prueba del judaísmo de los mercaderes, otros se han refugiado en lo emocional y  han encontrado el nombre Rachel evocadoramente hebreo. Decía Leo Spitzer: 
  • Raquel, que aunque nombre de mujer basta para evocar la lengua hebrea, Vidas, traducción del plurale tatum Jayim 
        Sabía Spitzer muy bien, como sabemos todos, que eran y son muchos los nombres cristianos que evocan la lengua hebrea. Lo que debió hacer es probarnos que en la época de Cantar de mio Cid Rachel era nombre exclusivo de hebreos o mucho más frecuente entre éstos que entre cristianos. En cuanto a la Raquel del Génesis, convendrá  aclarar que pervivió y fue recordada muchas veces entre los Santos Padres, por lo que el nombre pasaba a integrar la herencia cristiana. 
      Que yo sepa, ningún comentarista miocidiano ha cumplido con una obligación primaria: la de documentar el uso del nombre Rachel en los siglos XI y XII, bien entre judíos o entre cristianos. De ahí que se decidieran a cortar por 1o sano: sustituir el nombre por otros. Por mi parte--y no pretendo, ni mucho menos, haber investigado el tema exhaustivamente--, he podido encontrar dos variantes de Rachel --Razel y Racel--en documentos leoneses y catalanes. Razel y Racel aparecen entre los firmantes de un reconocimiento a la abadesa Emma, del monasterio de San Juan de las Abadesas (Cataluña, a. 913). En León hay una Razel, nombrada en varios documentos (en 1012 y 1039), que parece haber sido muy rica )(28). 
       Razel y Racel son indudablemente variantes de Rachel,- en la tradición no existe otro nombre con el que emparentarlo y, siendo tan parecidos, no hay por qué creerlos creaciones indígenas. Filológicamente es explicable la fluctuación gráfica, muy frecuente en los manuscritos, entre las grafías -c-, -ch-, - i-, -j-, -x- y -z-. 
         R. Menéndez Pidal ha llamado la atención sobre la influencia francesa de la grafía -ch-, de entrada tardía en el castellano; siendo ello así, deduciremos que hubo en el autor (o en el copista) influencia franca, semejante a la que se daba en las fluctuaciones entre Barchilona, Barzalona y Barcinone, que alternaban sin reparos, incluso en un mismo texto(29). La teoría de Menéndez Pidal sobre la infiuencia de la -ch- francesa ofrece en nuestro caso grandes posibilidades. Mientras que en la Península Ibérica son muy escasos Racel y Razel, al Norte de los Pirineos Rachel no debió ser raro entre cristianas;lo he encontrado repetido en los índices onomásticos de los cenobios medievales (30). No es de extrañar que entre los peregrinos francos, los religiosos y los mercaderes, que pasaban por Burgos o en él establecían su residencia, hubiera Racheles.
        Rachel, ¿franca? Los elementos en favor del hebraísmo del personaje son mínimos o nulos, mientras que son muchos y muy fuertes los que evocan su carácter franco --si no lo exigen--, tanto los de carácter extrínsecos al texto del Cantar, como los de contexto. Esos varios elementos son los que nos van a ayudar a esbozar el europeísmo del Burgos del siglo XII. Los que prefieran imaginarse a Rachel y Vidas como matrimonio, pueden imaginárselo como matrimonio de nacionalidad mixta: un Vidas, varón, castellano, casado con una Rachel, mujer, y franca, d'Oriente, por usar la terminología del Cantar, pudiendo ser de Cataluña. Es aceptable históricamente el papel de la mujer en cuestiones mercantiles (31). También es aceptable que, si Vidas con su terminación femenina era aplicable a varón, lo fuera igualmente Rachel. 
        La cuestión del sexo no deja de ser un tanto intranscendente. Más interesante es el hecho de que Vidas es versión castellana de un nombre muy internacional o, lo que es más, un nombre de origen gótico --según algunos etimologistas-- y de origen latino, de tradición pagana y tradición cristiana, sin rastro alguno de hebraísmo. Mientras que el hebraísmo de la pareja ha traído a la crítica ecos de oscuras y resabiadas relaciones entre los ciudadanos de Burgos, las reminiscencias francas de Rachel y Vidas nos ayudarán a recrear la estampa histórica y realista de la policromía de aquel Burgos del siglo XII, enclavado en plena ruta jacobea, conocida también como camino de Santiago, vía francisca, francígena, y camino francés. 

         A la crítica convencida del realismo del Cantar de mio Cid, nada le viene mejor que la evocación de la realidad social, económica y cultural más sobresaliente en el Burgos de la época. Hay virtud en el nombre. Rachel y Vidas tienen la virtud histórica de servirnos de retrato de una realidad existencial y preponderante en la economía de la época; tienen la virtud literaria --como estudiaremos aparte-- de responder a unas técnicas muy del gusto de todos los tiempos. En Rachel y Vidas puede apreciarse la simbiosis de castellanismo y franquismo en una Castilla que quería ser europea. Al castellano, primordialmente agrícola y guerrero, se une el franco adinerado y mercader. La evocación es de enorme interés para el historiador y el crítico literario. 
        Eran los francos, y no los judíos, los que dominaban el mercado y los que manejaban los marcos, la moneda fuerte europea, la moneda exclusiva del Cid en el Cantar. En los comienzos mismo de la narración, en el episodio de las arcas, en los nombres mismos de los personajes, aparecían unidos el marcader y el franco, el franco y el castellano. Los francos, de frecuente mención en el cuerpo de la obra, son objeto en toda ella de gran admiración, que culminaría en el nombramiento de don Jerónimo, que quien de parte d'Oriente vino (1288), como obispo de Valencia. Esa exaltación del franco a lo largo de la obra contrasta con el absoluto enmudecimiento sobre los judíos. Lo cual es también reflejo de otra realidad histórica de una época y una región donde los judíos eran humildes agricultores, gente marginada, encerrada en su barrio amurallado. En los siguientes capítulos, y avalados por los documentos, desarrollaremos con mayor extensión y desde diferentes puntos de vista la situación judía. 
        La documentación de los nombres Rachel y Vidas nos lleva inevitablemente a la conclusión de que los lectores u oyentes del Cantar de mio Cid no asociaron a los personajes con los judíos. N. Salvador Miguel, que se ha sumado últimamente a los antisemitistas, reconoció abiertamente la futilidad del argumento de los nombres

  • Los nombres de Rachel y Vidas, en fin, nada nos dicen sobre el presunto judaísmo de los personajes, pues, si el primero es suspecto de irregularidad gráfica, la documentación del segundo, aplicado a personas de las tres castas, es evidente. 
       El comentarista no ofrecía pruebas algunas para la refutación del argurnento de los nombres, como no ofrecía pruebas nuevas para asegurar el judaísmo de la pareja, que él defiende, a finales del siglo XX, sobre las viejas bases del castiello, como localización del episodio, y las actividades prestatarias. 
     Pasemos, pues, a examinar la policromía urbanística del Burgos anterior al siglo XII. Aunque el poeta del Cantar no nos dejara consignado, expresamente, quiénes eran Rachel y Vidas, hoy sabemos quiénes habitaban el castillo y los palacios de Burgos en aquella época.