Ascendencia y trascendencia de la corneja del Cid

por Miguel Garci-Gomez

   Cuenta el P. Rivadeneira que yendo San Ignacio de camino a Monserrate, se topó con un moro y trabando conversación vinieron a tratar de la virginidad y pureza de la Virgen María. No concedía el moro que ésta hubiera permanecido virgen después del parto. Tras acalorada discusión "se fue adelante el moro, dejando solo a Ignacio, muy dudoso y perplejo en lo que había de hacer". ¿Le demandaba su fe a Ignacio, "hombre acostumbrado a las armas y a mirar en puntillos de honra", que alcanzase al moro para darle de puñaladas? "... nuestro nuevo soldado, ... después de haber un buen rato pensado en ello, al fin se determinó a seguir su camino hasta una encrucijada de donde se partía el camino para el pueblo donde iba el moro, y allí soltar la rienda a la cabalgadura en que iba, para que si ella echase por el camino por donde el moro iba, le buscase y le matase a puñaladas; pero si fuese por el otro camino, le dejase y no hiciese más caso del. Quiso la bondad divina ... que la cabalgadura, dejando el camino ancho y llano, por do había ido el moro, se fuese por el que era más a propósito para Ignacio". 1

   Esta anécdota del fundador de la Compañía de Jesús nos ha situado a la desembocadura de una corriente de fundadores, cuyo manantial brotó en remotísimas leyendas. Se han subrayado los puntos de mayor interés para el análisis comparativo de esta casi ininterrumpida tradición literaria del animal guía, 2 en la que se compagina lo religioso con lo supersticioso, lo literario con lo folklórico. Es la tradición de esos aminales, cuadrúpedos o alados, que como emisarios divinos acuden en ayuda del hombre elegido, en situaciones críticas, para orientarle hacia una misión de importancia. En la tradición grecorromana los primeros animales guías aparecen al lado de los fundadores de famosas ciudades y colonias, Tebas, Troya y otras 3 . Como si los animales se hubieran confabulado con los hombres en la primera gran empresa civilizadora, cuando éstos se decidieron a abandonar la selva para asociarse multitudinariamente con sus semejantes. Curiosamente entre los guías de fundadores abundaban los animales domésticos, los que se separaron de sus congéneres buscando con sus amos la seguridad de los claustros amurallados.

    ¿A qué razones responde ese recurrir a los animales guías? Quizá a creencias primitivas en la superioridad de los brutos sobre los racionales, como algunos estudiosos han querido descubrir 4 . En los libros sagrados de la Biblia no faltan elogios a los conocimientos de las aves, superiores a los de los hombres 5 . De todas formas, para nuestro propósito valga asentar que el recurso responde a una añoranza de una Edad Aurea de armonía y colaboración entre los seres de la creación, donde los brutos estarían sometidos a los hombres y les servirían 6 . Los animales, con su pura intuición instintiva, no nublada por prejuicios de razón, sabrían elegir entre los hombres al más excelente y merecedor de éxito.

   Con la ayuda de los animales guías se instaló el hombre en la ciudad. En ella se embotaron sus sentidos y sus instintos. Cuando no satisfecho entre los muros de su pueblo, quiso ensayar la conquista de otros, se lanzó al campo. Perplejo, miraba al cielo para orientarse, y pedía a los dioses una señal, que creía serle indicada en los animales o las aves que cruzaban el horizonte. Las aves cautivaban más su atención, dotadas como estaban de una capacidad que a él le era completamente imposible de imitar. El vuelo de las aves auguraba algo - también su canto -, pero algo esotérico; tanto, que la interpretación de su significado dió origen a toda una profesión: la de los agoreros, los peritos en descifrar los mensajes de Júpiter, óptimo y máximo 7. En la realidad del hombre que desorientado mira al cielo y confía en la sabiduría de las aves, se apoya la ficción, el ensueño poético del ave que Dios envía a sus elegidos, y los pone en la carrera del éxito.

Los cuervos de Alejandro Magno . Son varios los historiadores y biógrafos de Alejandro Magno, que nos refieren la anécdota de unos cuervos que le guiaron a través del desierto. Así lo cuenta Quinto Curcio: "Cuatro días llevaban en aquellas vastas soledades, y no estaban ya muy lejos de la sede del oráculo, cuando una bandada de cuervos salió al encuentro del ejército; volando mansamente delante de los estandartes, ora se posaban en el suelo, cuando los soldados aminoraban la marcha, ora levantaban el vuelo, como si fueran caudillos que les mostraban el camino." Plutarco añadía otros detalles: "las aves, con sus graznidos, reclamaban a los que se extraviaban en la oscuridad de la noche." En otra ocasión, refiere también Quinto Curcio, los soldados de Alejandro vieron volar plácidamente sobre la cabeza de su rey un águila, sin que ésta se asustara del sonido de las armas ni de los gemidos de los moribundos, y por largo tiempo, más que volar, parecía que flotaba en torno al caballo de Alejandro; ante el claro augurio de victoria, los soldados lucharon con mayor tenacidad 8 .

Las águilas de Tácito. Seguimos entre guerreros y entre aves carnívoras que los guían en sus campañas bélicas. Esta vez habla el historiador romano Tácito: "fue un feliz augurio para Fabio Valiente y el ejército que conducía hacia el combate: el mismo día de la marcha un águila volaba mansamente delante como indicando el camino; durante el largo trayecto, tanto fue el griterío de los alegres soldados y tanta la calma de la imperturbable alada, que fue interpretado como augurio indudable de grande y próspera empresa." El mismo autor describe sin recelo en otra ocasión el  pulcherrimum augurium de ocho águilas (una por cada legión) que indicaron a los romanos por qué flanco debían atacar al ejército enemigo 9.

    Las palomas de Eneas. El escritor debe escoger el pájaro guía que sea más apropiado para la empresa que el protagonista tiene encomendada. Al lírico y pius Eneas le mandó su madre, Venus, dos palomas, que le guiarían hasta el ramo de oro, la llave del infierno; `0h, si ahora en este extenso bosque se me mostrara en un árbol aquel ramo de oro...' Apenas había dicho esto, cuando he ahí que dos palomas llegaron volando del cielo ante los mismos ojos del varón y se posaron en el verde suelo. Entonces el héroe reconoce a las aves maternas y ruega feliz: `Oh, si algún camino existe, sedme guía y dirigid vuestro vuelo por los aires hacia el lugar del bisque, donde el valioso ramo proyecta su sombra sobre el fértil suelo. Y tú, diosa madre, no me abandones en estos trances'. Habiendo hablado así, contuvo su marcha para observar qué agüeros enviarían y hacia dónde dirigirían su vuelo. Ellas van comiendo y volando manteniéndose a una distancia que pudieran ser vistas por los ojos de los que las seguían. Así que llegaron a la entrada del maloliente Averno, levantaron vuelo veloces y resbalándose por el aire líquido, vinieron a posarse juntas en los ansiados codales, en la copa del árbol entre cuyo ramaje refulgía el brillo del oro" ( Enei. 6, 190sts.). El poeta épicolírico se dejó evidentemente cautivar del locus communis, lo recreó y embelleció de palomas y resplandores áureos.

    El animal guía entre los cristianos . En su economía salvífica el Dios de Israel había aventajado a los dioses paganos; cuando Dios quería hablar a los suyos no necesitaría de figuras: "Cara a cara hablo con él [Moisés], y a las claras, no por figuras" (Núm. 12, 8). Moisés, pues, dictaría: "Non est augurium in Jacob nec divinatio in Israel" (Núm. 23, 23). El cristiano, hombre nuevo de la verdad e historicidad bíblica, no podría convivir con el de la mentira y la ficción mitológica. Fuera los Olimpos y los Homeros 10 . Los SS. Padres encontrarían los oráculos menos duros de extirpar que los agüeros; desaparecerían los dioses y sobrevivirían los agoreros, arraigados rivales a la hora de dictar normas de vida y de conducta. La intensa labor de los apolojetas lograría efectuar cambios en el léxico augural y los cristianos conseguirían sustituir a los dioses del Olimpo por el Dios de Israel. Pero también éste, cuando lo creyó oportuno, se había valido de señales para conducir a su pueblo: "Tú en columna de nubes los guiaste de día, y en columna de fuego de noche" (Nehem. 9, 12); y recuérdese la estrella que desde Oriente guió a los Reyes Magos (Mat. 2, 9). Incluso no rehusó valerse de las aves, como aquellos cuervos que a Elías "le llevaban por la mañaba pan, y carne por la tarde" (I Reyes 17, 6).

Llegó el día que los neófitos cristianos, con la Biblia en el corazón, pudieron acomodarse en el tren cultural de los gentiles, cambiando de nombre al maquinista. En materias de agüeros - como en otras muchas - infundieron nueva vida a los animales: los bautizaron. El motivo no se hizo esperar, pues ya el primer emperador romano bautizado, Constantino, recibió inspiración de su caballo, que le indicó por dónde habían de ser erigidos los muros de Constantinopla en su nueva fundación 11 .

    Como entre los griegos y los romanos, los animales guías acudirían al auxilio de los medievales, tanto en asuntos religiosos como en los bélicos, por oriente y por occidente. En las viejas crónicas latinas - en Procopio de Cesarea (fin s. V); en Jordanes (s. VI); en S. Gregorio de Tours (s. VI) - el motivo es protagonizado por una cierva que indica al ejército por dónde atravesar un río 12 . El animal guía es otras veces un lobo, una fiera, una novilla o un halcón. En España, se cuenta que la imagen milagrosa de Nuestra Señora de Guadalupe fue hallada por un pastor a quien guió una de sus vacas 13

Los animales guías en los siglos XI-XII. Seguía muy arraigada en estos siglos la creencia en los animales como instrumentos de la Providencia. Se mantenía esa creencia entre los biógrafos de santos y de héroes. En una anécdota de San Guillermo Firmato, contemporáneo del Cid Campeador, se armonizaban expresamente los elementos procedentes de la tradición grecorromana con los de la Biblia. El santo y sus acompañantes se encontraban en una ocasión perdidos; los acompañantes le pidieron ayuda al santo, y éste a Dios: "He aquí que un cuervo, con los graznidos de su clara garganta y los golpeteos de su vibrante cola, volando con el ala caída, comenzó a señalarles el camino a los extraviados como caudillo adelantado. Comprendió el santo varón que tenía presente el socorro de Dios, quien por medio del cuervo había alimentado a Elías, sentado en el torrente Querit 14 .

El gran héroe de la cristiandad medieval, Carlomagno, contó, por supuesto, con la ayuda del animal guía en sus campañas contra los ejércitos enemigos. En el nacimiento mismo de las epopeyas romances se romanceó el motivo, protagonizado en las Chansons de geste por un ciervo, oriundo de las crónicas latinas. Los comentaristas aluden al fenómeno del animal guía como milagro; el animal aparecía tras la oración del héroe, como señalaba Gaston Paris con relación a Karlamagnùs Saga: "Le roi se met en prières, et aussitôt on voit un cerf blanc qui passe le fleuve et indique ainsi à l'armée le gué que'ell doit suivre." El milagro es mencionado en la Chanson des Saisnes y en La Chevalerie d'Ogier. En Fierabras la cierva se aparece a Ricardo de Normandía, a quien le indica por dónde atravesar la corriente impetuosa del Flagot, para que pudiera hacer llegara Carlomagno noticias de sus campañas 15

La corneja del Cid.

CRONISTA

Sospiró mio Çid, ca mucho había grandes cuidados.
Fabló mio Çid bien y tan mesurado:

CID

Grado a Ti, Señor Padre, que estás en alto.                 ¡Esto me han vuelto mios enemigos malos!

CRONISTA

                 Allí piensan de aguijar, allí sueltan las riendas.
                  A la exida de Bivar hovieron la corneja diestra,
                  y entrando a Burgos hobiéronla siniestra.
                 Meçió mio Çid los hombros y engrameó la tiesta:

CID

                 ¡Albriçia, Alvar Fáñez, ca echados somos de tierra! (6-14) 16

     En el texto castellano, aunque lacónico, no faltan los elementos esenciales del motivo tradicional: héroe, camino, desamparo, perplejidad, oración, ave, vuelo direccional, reconocimiento de la señal, gran gozo, seguidos de la marcha triunfal contra los enemigos.

¿Es la aparición de la corneja un agüero o un milagro? Hasta ahora se ha venido estudiando el fenómeno como simple agüero. La corneja, en la larga tradición literaria, ha ocupado un lugar eminente entre las aves agoreras. Que fuera una corneja, y no un cuervo o grajo, el ave del Cid, quizá carezca de importancia en nuestro caso, una vez que las tres especies pertenecen a la familia de los córvidos y a las tres - cornix, corvus, graculus - les asignaban los romanos cualidades mánticas muy similares.

En la época del Cantar, en España y en otros lugares de la cristiandad, pervivía la creencia en los agüeros, no faltando quien se las daba de agorero 17 . Ahora bien, las amonestaciones de la Biblia y los sermones de los SS. Padres no habían caído del todo en el desierto; su fruto produjeron, pues ya ni la creencia en los agüeros ni la profesión de agorero se predicaba de los cristianos como elogio, sino en su menosprecio y vituperio 18 . Es inadmisible que con este fin se predicara del Cid el agüero de la corneja.

En la literatura cristiana, el simple agüero, como señal oscura y ambivalente, cedió al agüero como señal con un mensaje muy definido. El Dios de los cristianos, cuando quería obsequiar a sus elegidos, no les regalaba un rompecabezas. Miedo tenían los cristianos de ser tildados de agoreros o supersticiosos; grandes eran las penas que sobre éstos se cernían; en la literatura seria, la señal se hacía proceder de Dios, e iba dirigida al destinatario, quien la entendería sin necesidad de recurrir a los adivinos.

La elección en el Cantar de un ave agorera era muy adecuada al ambiente cultural de Castilla. Pertenecían la aves agoreras a su herencia bíblica, a su herencia romana, a su herencia céltica, a su herencia arábiga, y a una herencia más próxima y autóctona, la de los vascones, conocidos entre los escritores por su pericia en materias de ornitomancia 19. Particularmente el cuervo ocupaba entre las aves un lugar prominente en la Península Ibérica, desde Valencia hasta Lisboa, asociado como estaba al martirio de San Vicente y a la custodia de sus veneradas reliquias. Incluso los mahometanos, según el testimonio del famoso geógrafo árabe El Idrisí, contemporáneo del autor del Cantar, estaban impresionados con los cuervos de San Vicente 20 .

   En otros lugares de la cristiandad medieval parece haber prevalecido el simbolismo del cuervo como de muerte e infortunio, presente en los SS. Padres 21 , mientras que en Castilla hay razones para creer que prevalencía su simbolismo de ayuda y providencia divina, de origen bíblico y presente en la vida de santos tan famosos como San Pablo Ermitaño y San Benito 22 . Tanto es así que tal simbolismo quedó plasmado epigramáticamente en nuestro coloquialismo: venir el cuervo, definido en nuestros diccionarios como "recibir uno algún socorro". Le vino el cuervo a Alejandro Magno para guiarle; a Elías y los santos, para alimentarlos o guiarlos; para guiar al Cid, le vino la corneja.

Que la corneja sea un agüero, nadie lo ha dudado ni lo duda. Que anuncie al Cid prosperidad o infortunio, es asunto muy controvertido entre los comentaristas 23 . Que la corneja viniera al Cid a brindarle un mensaje de orientación, de guía, ha pasado hasta ahora desapercibido. Ha llegado, espero, el momento en que la aparición de la corneja al Cid sea conceptuada, como la del ciervo a Carlomagno, milagro.

Los críticos todos nos vemos obligados a reconocer que, tomado el agüero como simple señal de prosperidad o infortunio, al haber aparecido el ave a la derecha y, acto seguido, a la izquierda, su significado tendía a neutralizarse. Asimismo parecían neutralizarse los dos conceptos del comentario inmediato del Campeador:

                     Albriçia, Alvar Fáñez, ca echados somos de tierra (14).

    Tanto, que el mismo Menéndez Pidal, tan minucioso en sus análisis lingüísticos, cayó en la contradicción que se ha perpetuado sin enmienda en las muchas ediciones de su Poema de mio Cid: "Cuando en el camino volaba la corneja de la derecha a la izquierda, era buen agüero... El agüero que observa el Cid, era, pues, adverso 24 .

Esos conceptos yuxtapuestos que se neutralizaban entre sí son los que nos condujeron a los críticos a un callejón sin salida, y a una explicación que, más allá de la exhibición e citas de autores, confería poco o ningún valor funcional al pasaje; el lector, el estudiante, se sorprendía ante la súbita corneja que apareció y desapareció sin qué ni para qué, pues los críticos no se ponían de acuerdo.

¿Qué pensó el propio Cid? Si súbito fue el vuelo de la corneja, no lo fue menos el cambio de ánimo en el personaje: Albríçia, Alvar Fáñez, exclamó de pronto el lloroso Cíd 25 .

Que el Albriçia sea una exclamación de gran gozo, nadie lo duda. Y es que el Cid, que acababa de invocar a Dios, había visto una señal. Para él, era una señal que iba más allá de lo "bueno" y de lo "malo", a deducir de la razón que aduce: ca echados somos de tierra. Se alegraba, porque saldría desterrado de Castilla.

A ambos lados de la controversia sobre el agüero nos ha faltado preguntarnos - no solemos preguntarnos lo que no sabemos contestar -: ¿por qué, observado el vuelo de la corneja, alude el Cid al destierro? La respuesta hemos de buscarla en la convención del ave que Dios enviaba a sus elegidos, en trances de angustia, para indicarles hacia dónde debían ir.

     El agüero de la corneja no es el de un ave estacionada a la derecha y a la izquierda, sino el de un ave en movimiento, como admiten los comentaristas al hablar de que voló de un lado a otro. Quiero decir que el agüero fue direccional, y que la señalización, bajo una nomenclatura fisiológica, comprendía una referencia topográfica. Ahora bien, para los romanos y los castellanos que, a diferencia de los griegos, se situaban cara al sur para determinar los puntos cardinales, la derecha significaba el oeste, la izquierda, el este. Era pues la referencia al este, no a la mano siniestra, la que predecía buena fortuna 26 . Al este quedaba el nacimiento del sol, al oeste, su ocaso, su muerte. Es más, la referencia al este en la corneja del Cid, se acentúa aun más, si se tiene en cuenta que el héroe viajaba de Vivar a Burgos, de norte a sur, con el este a su izquierda.

    En la tradición literaria de temas bélicos no faltaba el ave que señalizaba en su vuelo un lugar geográfico determinado, y simbolizaba a un personaje estrechamente relacionado con tal lugar. Un azor, en Silvio Itálico, que venía volando del sur - situación de Cartago - simbolizaba a Aníbal, y un águila, procedente de este - situación de Roma -, simbolizaba a Escipión 27 .En El Cantar, pues, siguiendo el símil, la corneja que volaba de oeste a este, simbolizaba al Cid que, procedente del oeste, extendería la reconquista hasta el extremo este de la Península, hasta Valencia.
El poeta del Cantar inventó una corneja con la misión de presagiar en los comienzos mismos de la epopeya el destino del caminante desolado. El Cid se acercaba a Burgos temeroso de lo que en la ciudad le tuvieran preparado sus enemigos malos; podía temerse que éstos, no satisfechos con la destrucción de su hacienda, le detuvieran en la ciudad, le encarcelaran y sometieran a mayores vejaciones. La corneja, como guía de caminantes, le anunciaba que no le detendrían, que su destino era el de caminar y caminar, y caminar hacia el este. El Cid, naturalmente, se alegró; prefirió el destierro a la prisión o la sumisión a sus enemigos malos. En la tradición cristiana el ave agorera era el instrumento de Dios. ¡Al destierro, pues, el Cid, pero bajo las alas de la Providencia!

Una ligera ambientación histórica y geográfica podrá ayudarnos a comprender que, dentro de su dimensión poética, el mensaje era más que un capricho decorativo; transcendía, si se me permite, la poesía, para enraizarse en la realidad histórica. Señalar el este desde Burgos era como señalar tierras de moros, pues la Castilla del Cantar, en su frontera oriental, terminaba no muy lejos de Burgos, en Alcobiella:

                                         passo por Alcobiella que de Castilla fin es ya (399).

   La cercana Navas de Palos, por donde el Cid cruzó el Duero (v. 401), quedaba ya en tierra extraña. El que caminaba, pues, hacia el este, salía pronto de Castilla 28 ; resultó que el Cid, en el verso 400 de la narración, se encontraba ya en tierra de moros, donde iban todos lo desterrados. En La España del Cid nos dice Menéndez Pidal: "Todo caballero desterrado se iba a tierras de moros; se puede decir que casi no tenía otro medio de vida 29

Desde el punto de vista endocrítico, bastaría para poder apreciar el papel funcional del vuelo de la corneja, comprobar que efectivamente el Cid fue desterrado y se dirigió hacia el este. Puede haber quien, no satisfecho con las pruebas internas, me objete que también hacia el Sur había moros. Es cierto; ahora bien, la frontera de Castilla, en dirección sur, quedaba bastante alejada de Burgos, y el Cid - históricamente hablando - no se hubiera alegrado tanto de haber sido ésa la dirección indicada por el ave. Sus experiencias de guerre-ro joven y sus ideales de conquista tenían que ver - históricamente - con la región oriental de España, en la que, en contraste con las zonas del sur, el campo se encontraba libre de las operaciones militares del rey Alfonso, con quien, expresamente, el Campeador no quería lidiar.

Permítaseme a este propósito una cita un tanto extensa de Menéndez Pidal: "Las guerras en que el Cid se había estrenado cuando muchacho - Graus, la toma de Zaragoza y acaso la expedición de Fernando I a Valencia - le habían acostumbrado a fijarse en las antiguas aspiraciones que Castilla tenía respecto al protectorado de la región oriental musulmana; ocurría que Castilla tenía esas empresas abandonadas. Alfonso, dirigiendo su actividad en otra dirección, se preocupaba activamente de cobrar parias en Sevilla, de guerrear a Badajoz y a Toledo, de intervenir en Granada; por eso el Cid no quiso dirigirse a ninguna de esas regiones por no tropezarse con el rey que le desterraba, según manifiesta el verso que el primitivo juglar pone en boca del héroe, cuando éste sale de Castilla:

                                         con Alfonso, mio señor, no querría lidiar (538) 30

  
Dentro, pues, de tal escenario histórico y geográfico es plenamente justifica-ble que el Cid se alegrara del destierro, un destierro a tierras del este. Haciendo justicia al texto poético, lo que debemos decir es que comprendemos ahora mejor que el poeta, en su ficción, creara una corneja que le anunciara al Cid lo que éste quería oír, a la vez que anunciaba al público el designio providencial de la empresa del héroe.

El arte imitaba la historia, como la corneja imitaba la naturaleza. Nos enseñan los folkloristas que la ficción popular suele partir y basarse en una experiencia observada, y la experiencia, en lo que respecta a nuestro caso, es que los córvidos y otras aves que se alimentan de carroña, suelen merodear por los lugares de la marcha de los ejércitos, en espera de su propio botín tras la batalla 31 . Quiere decir que si a la naturaleza real de la corneja, le sumamos la naturaleza literaria, comprenderemos con mayor admiración el acierto del autor del Cantar en la elección de su ave.

¿Y qué de la sobriedad, del laconismo de la narración? Ocurre el laconismo narrativo en muchos pasajes del Cantar, como es bien sabido. Para mí, en este caso, reviste esa sobriedad un doble acierto. No podía esperarse que el autor se extendiera en la exposición de lo que es el único ejemplo de carácter místico o maravilloso en la Primera Parte, o Gesta de mio Cid 32 . Al ser un elemento insólito, su mera mención raya en elocuencia. La sobriedad es, por otro lado, un acierto en el exordio, en el que los temas del cuerpo narrativo se sugieren ligeramente, para excitar la curiosidad.

Los agüeros, como la profecía, no son del todo comprendidos antes de su cumplimiento, como un buen exordio no lo es antes de concluir la narración 33 . No era llamada la corneja a proporcionar absoluta certeza, sólo a infundir en el Cid - y en el público -, familiarizado con tantas leyendas de animales guías, vivas esperanzas. Al concluir la Gesta sabríamos con certeza que el Cid vio esas esperanzas colmadas fuera de Castilla, al este de Burgos, en Valencia, con un gozo compartido por todos los que le rodeaban:

                                          Alegre era el Çid con todos sus vasallos (2273).

   Bajo el magistral realismo español siguen latentes muchos latidos de genio poético. En este estudio he querido hacer uno de ellos patente. El plano de la realidad, corneja-camino-Cid, está muy logrado, hasta el punto de haber tranquilizado al comentarista, que creyó innecesaria la investigación del símbolo. Pues bien, superpuesto a esta realidad el plano alegórico, las consecuentes resonancias armónicas truecan la primera satisfacción en arrobamiento.

Cabría ahora preguntarse si fue simple satisfacción, o fue arrobamiento lo que sintió don Miguel de Unamuno al leer la anécdota de San Ignacio, relatada al comienzo, que le movió a epigramar: "Y ved cómo se debe la Compañía de Jesús a la inspiración de una caballería 34 . Cuando en mi juventud lo leí por primera vez, me cosquilleó la socarronería del antijesuíta; hoy, con la perspectiva del animal guía, admiro la intuición del genio. Con deseos de emularle, pues, me atrevería a decir: y ved cómo la conquista de Valencia se debió a la inspiración de una corneja.


 

 

 

N O T A S



































    1. Obras escogidas del padre Pedro de Rívadeneíra (Madrid, 1927), 17.

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    2.El tópico de los animales guías ha sido ya ampliamente investigado; merecen destacarse los trabajos de Jacob Grimm, Deutsche Mythologie (Berlin, 1875-1878), II, 954, y Alexander H. Krappe, "Guiding animals", Journal of American Folklore, 55 (1942), 228-246. Recurro aquí con frecuencia a este artículo; añado algunos hallazgos propios.

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    3. Una vaca sirvió de guía a Cadmo, fundador de Tebas, la ciudad según Varrón (Rerum rust. III, 1) más antigua del mundo. El oráculo de Delfos avisó a Cadmo que tomara como guía a una vaca que encontraría en el camino y que fundara una población allí donde el animal se echara fatigada; la leyenda fue difundida por Eurípides, Fenic. 638; Apolodoro, III, 4, 1; Pausanias, IX, 12, 1; Nonnos, Dyonis. IV, 229. También están las vacas relacionadas con la construcción de Troya, cf. Apolodoro, III, 12, 3; Issac Tzetzes, Lycophron (Schol.), 29. Para otras ciudades y animales, cf. Krappe, o. c., passim.

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    4. Defiende esta teoría George Boas, The Happy Beast in French Thought of the Seventeenth Century (Baltimore, 1933), 1, donde se designan esas creencias como theriophily o animalitarianism. Para una evaluación de la teriofilia, cf. James A. Gill, "Theriophily in antiquity: a supplementary account", Journal of the History of Ideas, 30 (1969), 401-412.

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    5. "En el cielo, la cigüeña conoce su estación; la tórtola, la golondrina y la grulla conocen los tiempos de sus migraciones; pero mi pueblo no conoce los juicios de Yavé" (Jerem. 8, 7). Comentaba a este propósito Edward A. Armstrong: "When a bird gets a reputation for being privy to information not available to men, its reputation may increase until it becomes a wizard, the messenger of a god, or god itself' (The Life and Lore of the Bird [New York, 1975] 66).   VUELTA AL TEXTO


































-     6. Más que como adoración del hombre al animal, podría comprenderse este motivo como un efecto de la creencia de que todos los seres fueron creados para servir al hombre; un hombre que incluso a su Dios lo ha concebido antropomórficamente, hecho a imagen y semejanza suya. Ha visto a su Dios sirviéndole detrás de esos animales. Estúdiese este texto: "Díjose entonces Dios: `Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza, para que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados y sobre todas las bestias de la tierra y sobre cuantos animales se mueven en ella"', (Gén. 1, 26); compárese con Salm. 8, 6-8; Job 5, 22-23; Eclo. 17, 4; Jerem. 27, 6. Entre los animales guías se encuentra representada toda la creación animada: la vaca, el toro, el novillo, el carnero, la cabra, la cochina; la liebre, el jabalí, el lobo; culebras y serpientes; incluso un enjambre de abejas. A veces fieras indeterminadas, como en el caso de Aníbal a quien precedía, al atravesar el Ebro en su marcha hacia Italia, una caterva de fieras desconocidas (Zonaras, VIII, 22). Entre las aves hay grullas, calandrias, palomas, cuervos, águilas; cf. Krappe, o. e., 228-230. En una tradición apartada sobre la fundación de Méjico se creía que la ciudad fue construida en el lugar donde fue vista un águila (cf. E. A. Armstrong, o. c., 74).

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    7. Cicerón, De leg. 2, 20: "interpretes ... Jovis optumi maximi, publici augures". Acio atacaba a los agoreros que enriquecían de doradas palabras las moradas ajenas, y de oro las propias: "nihil credo auguribus, qui auris verbis divitant alienas, suas ut auro locupletent domos" (Trag. 169). Quizá el texto más interesante sobre la creencia en los agüeros sea el ya tardío de Amiano Marcelino (s. IV); para él era Dios quien dirigía el vuelo de las aves, de por sí ignorantes del futuro; le movía a Dios enviar estas señales bien su bondad o el merecimiento de los hombres. Que los hombres se equivocaran a veces en la interpretación de las señales, no quería decir que no existiera la ciencia de augurar, como no dejaba de haber gramática cuando un gramático cometía un error, o música cuando un músico cantaba desentonado, o medicina cuando un médico desconocía el remedio. Se apoyaba en Cicerón: "Signa ostenduntur ... a dus rerum futurarum" (Rerum gest. XXI, 1, 9sts.). Compárese con Cicerón, De nat. deor. II, 4, 12; De divinat. I, 52, 118).

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    8. Curcio, Hist. Alex. IV, 7, 15 y IV, 15, 26; Plutarco, Alex. 27, 3. También, Diodoro, 17, 49, 5; Arrianao, Anab. 3, 3, 5-6; Estrabón, 17, 1, 43.

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    9. Cf. Historias, I, 62 y Anales, II, 17.
En un comentario sobre este pasaje de los Anales leo: "Postea quoque in bellis Germanicis, ducibus Carolo V et Ferdinando, Archiduce Cardinali, praevolavere aquilae; ut videre est in Pompa Introitus Ferdinandi, p. 2" (Corneii Taciti Opera, ed. Gabriel Brotier   [Edinburgi, 1797], III, 52).

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    10. Compárense los textos bíblicos citados con Deut. 18, 10 y Jerem. 27, 9; y Núm. 12, 8. Job, 33, 15-16. San Paulino de Nora (s. V.) confesaba que como cristiano no podía dictar falsas ficciones como las de los poetas paganos (cf. E. R. Curtius, European Literature [New York, 1958], 235. A este propósito comentaba con su característica socarronería Sánchez Dragó: "Es posible que el cristianismo salvara del infierno a los gentiles, pero desdde luego hundió en é a los poetas"(Górgoris y Habidis. Una historia mágica de España [Madrid, 1979], V, 76).

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    11. La narración data del siglo VII y nos deja ver cómo el animal es un instrumento de la Providencia. Se nos dice que Constantino, a la vista de los ruinosos muros de la vieja Bizancio, recibió una orden del cielo: "Sube a tu caballo en el que bautizado entraste en Roma al amanecer y diste la vuelta a los lugares de los apóstoles. Montado en él, lleva el lábaro con la señal de Cristo, suelta las riendas, y donde le lleve el ángel del señor, allá irá." El lábaro, arrastrado, marcaría por dónde había de erigir los nuevos muros, que transformarían a la vieja y moribunda ciudad en "la reina del mundo" (Aldhemi opera, ed. R. Ehwald, MGH, Auct. ant. [Berolini, 1919], XV, 256). Compárese la epresión soltar las riendas con la misma en la anécdota de San Igancio y el texto que vamos a examinar del Cantar de Mio Cid.


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    12. Procopio de Cesaréa, Bell. goth., IV, 5; Jordanes, c. 24; Gregorio de Tours, Hist. II, 34 y IV, 44. Fredegario (s. VII), II, 60, recoge el motivo de los anteriores, cuando refiere que los vándalos pasaron de España a Mauritania atravesando el estrecho de Gibraltar por un vado que les indicó una fiera (lo inverosímil agrandaba el milagro). Pablo Diácono (s. VIII), Histo. 4, 37, cuenta que un lobo guió hasta la frontera de Italia a Leupcis, un antepasado suyo, tras haber escapado de los Avaros que le tenían prisionero. En el Voyage of Maelduin, monje irlandés del siglo VIII, el ave guía fue un halcón. Walafrido (s. IX) cuenta en la Vita S. Galli que al empezar unos religiosos un viaje en barco, se les apareció cierta ave que, como si les guiara, les precedía con suave vuelo (en MGH, Script. rerum Merov., IV, 280). En el siglo X, una leyenda nos habla de una novilla que indicó un vado en el río Mosa a los sitiadores del castillo de Marcq (Hist. monasterii mosomensis, en Pertz, Scriptores, XIV, 605); el milagro tuvo lugar tras la invocación de la ayuda divina, reconociendo el arzobispo como divina la señal: "Divina nos, inquit, comitantur beneficia, quibus rem facti per bruta denuntiat animalia" (para más información, cf. Krappe, o. c., 237).

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    13. Ecemel y Rubio, Guía ilustrada del monasterio de Ntra. S- de Guadalupe (1912), 12 sts. (en Krappe, o. c., 239). Sobre los innumerables animales guías relacionados con la fundación de iglesias alemanas, cf. F. Panzer, Beitrag zur deutschen Mythologie, II, 405 sts. (referencia en Pausania's description of Greece, trad. y cornent. J. G. Frazer   [London,1898], V.241).

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    14 Se celebra la fiesta de este santo el 24 de abril; su vida puede consultarse en AA. Sanctorum, Aprilis III, 338, 10 sts.

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15   . La Chevalerie Ogier, ed. R. de Paris (Genève, 1969, reimpresión de la 1832-1848), vv. 261-281; Jean Bodel, La Chanson des Saxons (Genève, 1969, reimpresión de la ed. 1832-1848), copla CLVIII sts. Fierabras, ed. Króber y Servois (Paris, 1860), vv. 4354-4382); también aquí se le aparece el animal tras la invocación divina. Comentarios sobre estos pasajes, en Gaston Paris, Histoire poétique de Charlemagne (Paris, 1865), 250 y 261; Pio Rajna, Le origini dell'epopea francese (Firenze, 1884), 250; Léon Gautier, Les epopées françaises (Paris, 1878-1897), III, 675.

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    16. Cito por mi edición, Cantar de mio Cid (Madrid: CUPSA, 1977), 15. En otro lugar he estudiado el episodio del león, con que comienza la Segunda Parte del Cantar (en Mio Cid. Estudios de endocrítica [Barcelona: Planeta, 1975], 175-206). En el estudio se los motivos me anima el establecer contacto con el mundo de los hechos históricos, como el de de las creencias, pues son éstas como glándulas endocrinas que dan carácter y vida a la ficción poética; en esta capacidad, estos estudios, documentados, son endocríticos.

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    17. Decía Menéndez Pidal: "El agorero era toda una profesión: `Petrus Petri auguriator' confirma una carta de 1204" (Cantar de mio Cid   [Madrid, 1969], II, 486). Quizá seria más justo creer que auguriator fura un apodo, una aficón, y no una profesión seria. Las condenas multiseculares de la Iglesia eran tajantes, desde un extremo al otro de la cristiandad. Me limito a dos documentos en los que se decreataba la excomunión: '(Ex concilio Carthag, c ap. 89) Auguriis vel incantantionibus servientem, a conventu Ecclesiae separandum. Similiter ex Judaicis superstitionibus, vel feriis inherentem" (en Burchardi Wormanciensis Eccl. Episc. Decretorum liber decimos, en Migne, Patrol. lat., CXL, 834). Y el famoso Decretum de Graciano dictaba (p. II, c. XXVI, q. 5) exorcismos y excomunión para todos aquellos que practicaban los augurios, fueran legos, monjes o clérigos (el Decretum data del año 1140). No caían en tales penas quienes entendieran que la señales recibidas eran enviadas por Dios, según decía en defensa propia un obispo: "episcopus tamen, quasi de coelo sonuissent, vera omnia putabat, tractans ex scripturis quaedam praesagia rerum, quae fieri debeant, hominibus data vel in somniis vel in auguiis ... Quare dicitur eum morem insuevisse, ut ... delectaretur ... quotiens  ... iter incipit, auspiciis" (M. Adam Bremensis, Gesta Hammab. ecclesiae pont., ed. B. Schmeidler, Script. rerum Germ. [Hannover, 1917], II, 122).
 
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    18. Dado el carácter ejemplar del Cantar de mio Cid y a la vista de las penas impuestas por la Iglesia a los agoreros, es inaceptable el juicio de Menéndez Pidal, cuando aseguraba del Cid: "agorero famoso entre sus contemporáneos". El filólogo se basaba para su afirmación en unos insultos que el Conde de Barcelona dirigió al Cid en carta de reto: "videmus etiam et cognoscimus quia montes et corvi et cornellae et nisi et aquilae et fere omne genus avium sunt dü tu(, quia plus confidis en auguriis eorum quam in Deo" (cf. Cantar de mio Cid. II, 496). Es inadmisible que el autor del Cantar compartiera la opinión del Conde; todo lo contrario, era en Dios en quien el Cid confiaba. Insultos al estilo del citado abundaban en la Edad Media. Algunos los decían del papa: "de complice et discipulo suo papa securus, gaudebat etiam publice in conventu episcoporum et cardenalium et senatorum auguria sua magnificare ... Auguria eius nullo divinae legis zelo vindicabantur, insuper a complice suo papa magnificabantur" (Gest. Roman. Eccles. contra Hildebrandum, II, 4, en MHG, Lib. Lit [1892], II, 376-377). Se decían también de reyes: "Narrant eum [Olaph, rex Nortmannorum] aliqui christianum fuisse, quidam christianitatis desertorem; omnes autem affirmant peritum esse auguriorum, servatorem sortium, et in avium prognosticis omnem spem suam posuisse" (M. Adam Bremensis, o. c., II, 40). En otro testimonio (que nos recuerda a Acio, n. 7, más arriba) parece aludirse a los monjes: "Aurum ibi plurimum, equi optimi, divinis, auguribus atque nigromanticis omnes domus plenae sunt (qui etiam vestitu monachico induti sunt). A toto orbe ibi responsa petuntur, maxime ab Hispanis et Graecis" (M. Adam Bremensis, o. c., IV, 243-244).

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    19. Dice Menéndez y Pelayo: "Con ser España el país menos supersticioso de la tierra, pagó su tributo a la humanidad desde los días más remotos de su historia ... Comencemos por los vascones, cual requiere su mayor antigüedad y diferencia de raza. Ellos, y no los cántabros, tuvieron en la antigüedad fama de grandes agoreros. Lampridio, en la vida de Alejandro Severo, atribuye a este emperador suma pericia en la orneoscopia o adivinación por el vuelo de la aves, tanto que aventajaba a los Vascones de España (Histor. heterodoxos   [Santander, 1946, I, 394-395). De la importación del cuervo en la religión de los celtas hablan Tito Livio (V. 34, 2-4) y Justino (XXIV, 4, 1-3). El dios de los marinos celtas era Bran, que significa 'cuervo' (cr. Krappe, "Les dieux au corbeau chez les Celtes", Revue de l'Histoire de Religions, 114 (1936), 234-246, y o. c., 233 y passim; también Sánchez Dragó, o. c., I, 130-132). Para información sobre los agüeros entre los árabes, cf. Menéndez Pidal, o. c., II, 486 y A. García Montoro, "Good or bad fortune on entering Burgos? A note on bird-omens in the Cantar de mio Cid. "Modera Language Notes, 89 (1974), 131.

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    20. Cf. F. J. Simonet, "Testimonios de autores arábigos en favor de la religión cristiana", La Ilustración Española, año 18 (1874), 247 y 250. Puede consultarse asimismo La Geografía de España del Edrisí, , trad. de E. Saavedra (Madrid, 1881), o la reimpresión a cargo de A. Ubieto Arteta (Valencia, 1974), Textos Medievales, 37.

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     21. Decía San Jerónimo: "Creo que los cuervos..., que andan siempre tras los cadáveres de los muertos, ... son los demonios" (Tract. in psalm. I, en Morin, Anecdota Maredsolana [897], 297. Decía Casiodoro: "cuervos son lo varones ireligiosos que se visten de la negrura del pecado" (Exposit. in psalm. 146, 9, en Migne, Patrol. lat., 70, col. 1037). Por otra parte ese color negro brillante servía de parangón de la belleza en el Cantar de los cantares (5, 11): "Su cabeza es oro puro, sus rizos racimos de dátiles, negros como el cuervo."

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22. La singularización del cuervo entre las aves comenzó con aquella confianza que en él depositó Noé, como explorador del terreno: "para ver cuánto habían mermado las aguas" (Gén. 8, 7), hasta culminar en los cuervos que alimentaron a Elías. Estos cuervos de Elías ejercieron un fuerte impacto en las mentes cristianas, llegando a perpetuarse en la iconografía religiosa. Dado que el simbolismo del cuervo no es fácilmente aceptable, se ha dado el caso de que algunos artistas han retocado cuadros antiguos, como el de San Antonio en coloquio con San Pablo, acompañados de una loba y un cuervo, animales que fueron sustituidos por una mano posterior por un ciervo y un gallo (cf. F. D. Klingender, Animals in art and thought through the end of the Middle Ages [Cambridge, 1971], 459 y 539 ). Krappe, incluso, llega a afirmar que el cuervo, mencionado con frecuencia en las leyendas cristianas, especialmente irlandesas, sugiere un origen precristiano - ¿céltico? -, una vez que esta ave es exclusivamente símbolo de El Malo (o. c., 240). Para él, el mismo cuervo de S. Guillermo Firmato, monje norman-do, debería creerse oriundo del paganismo, lo cual indica que el autor no leyó directa-mente la Vita del santo, en la que, como hemos visto, se alude expresamente al cuervo de Elías. Recuérdese que en el coloquialismo español existe la referencia al cuervo como símbolo de ingratitud: cría cuervos y te sacarán los ojos, procedente asimismo de la Biblia, Proverbios 30, 17.
 
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     23. Menéndez Pidal conceptuó el agüero adverso, apoyándose en textos que contradicen su conclusión. García Montoro, que expuso la contradicción del anterior, conceptuó el agüero propicio en su artículo muy documentado (cf. n. 19, más arriba). A esta misma conclusión había llegado yo independientemente, con la aportación de otros muchos textos (cf. Mio Cid. Estudios..., 54-59). Quiero añadir aquí algunos más en favor de la bondad de las aves-a-la-izquierda. Plauto (Pseud. 761 ): "conduciré mis legiones todas bajo los estandartes, con el ave siniestra   [ave sinistra] con el auspicio bien claro y de mi agrado, con la seguridad que exterminaré a mis enemigos". Cicerón (De leg. 3, 9 ): "será líder del pueblo, tras haber sido elegido bajo favorables auspicios [ave sinistra dictus]." Lucano (Fars. 1, 161 ): "et doctus volucres augur servare sinistras", que un comentaris-ta interpretaba, siguiendo una falsa etimologización antigua, de esta manera: "sinis- tras, prosperas eo quod fieri sinat" (en M. Annei Lucani commenta Berniensia, ed. H. Vsener [Leipzig, 1879] ). Aclaraciones adicionales a este respecto, más adelante en el texto y en la nota 26.
 
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24. Poema de mio Cid (
11ma. ed., Madrid, 1966), 105.
 
 
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25. El albriçia del Campeador es tan claro en su significación, que debe darnos la clave para la interpretación del verso precedente, donde se describen los gestos del Cid:
                           
Meció mio Çid los hombros y engrameó la tiesta (13). 
Es decir, el Cid se sorprendió, sus abatidos hombros se llenaron de vida, se mecieron, su cabeza se irguió y giró, osciló de un lado a otro, como siguiendo la trayectoria del vuelo de la corneja. El significado que aquí doy a engrameó se adecua a los textos ofrecidos por Menéndez Pidal en Cantar de mio Cid, II, 643-644 .

 
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26. Para los griegos el ave a la derecha pronosticaba prosperidad, pues a la derecha quedaba el este. Véase el claro testimonio de la Iliada (12, 237): "Tú me dices que confíe en las aves de anchas alas; no me importa ni se me da nada de que vuelen a la derecha hacia el oriente y el sol o que vuelen a la izquierda hacia la oscuridad del poniente" (trad. y cita de E. von Richthofen, Estudios épicos medievales  [Madrid, 1954,281-282). García Montoro ( o. c. , 135-136) ofrece una variedad de interpretaciones a este respecto, con la bibliografía más importante.

 
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       27. Punica, IV, 104.

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      28.
Cf. Criado de Val, J. , "Geografía, toponimia e itinerarios del Cantar de Mio Cid", ZRP, Halle, 86 (1970), 87.

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       29.   La España del Cid (Madrid: Plutarco, 1929), I, 35.

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  30. O. c. , I, 303.

 
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    31.Viene atestiguado por Floro, Epist. IV, 7, 7 ; Dio Clasio, XLVII, 40, 8 (II, 56, en la ed. de Bonn) , según las referencias de Krappe, o. c., p. 234, donde pueden hallarse ulteriores detalles informativos.
      
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32. Con Gesta de mio Cid, debe saber el lector, me refiero a la Primera Parte del Cantar de acuerdo con la división bipartita de la obra, establecida por los antiguos editores Sánchez, D. Hinard, Janer, Vollmóller y Restori, y que yo acepto y justifico en mi propia edición. Se extiende desde el comienzo hasta el verso 2276, donde el autor nos advierte:  
                              Las coplas d'este cantar aquí se van acabando.  

En la Segunda Parte, que yo subtitulo Razón de mio Cid, su autor, posiblemente distinto del de la Primera, se demoraría con gran complacencia en el relato del episodio maravilloso del león reverente, que tras aterrar a todos, se avergonzó ante el Cid (cf. mi obra Mio Cid. Estudios..., 172-206 ). En la Gesta hay una alusión a las buenas aves (al exir de Salón mucho hobo buenas aves, 859), expresión de carácter proverbial, equivalente a la otra más frecuente, buen auze (2369) y auze (1523; 2366; véase la afinidad entre aue y auze en Menéndez Pidal, Cantar de mio Cid, II, 489 ). El equivalente latino de la frase castellana se encuentra en la literatura hagiográfica, bonis avibus, con el significado general de buenos auspicios, las buenas aves con las que un peregrino enfermo comenzó su viaje en busca de Santo Tomás: "mente concepi coelestem medicum Thomam expetere; etbonis avibus iter peregrinationis arripiens, infra dies octo ..., ex toto convalui" (William of Canterbury, [1190], Miracula S. Thomas,
VI, 105 ).

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33. En Mio Cid. Estudios..., 55-56, explico el acierto del agüero como locus o recurso del exordio. Quintiliano recomendaba, para avivar la atención del público, la presentación al comienzo de alguna cosa "nova, magna, atrox, pertinens ad exemplum" (Institutiones orat., 4, 1, 33) . Es evidente que tras la atrocidad cometida contra el Cid por sus enemigos malos, el vuelo de la corneja era una cosa inusitada y grandiosa y, además, muy relacionada con el argumento. El teólogo y gramático Godescaldo Saxonicus (fl. 850) enseñaba asimismo que los auspicios y augurios eran muy adecuados en el exordio: "Sane dicuntur et auspicia 'initia felicia"', y también: "Ponuntur frecuenter uspicia et auguria pro initio vel exordio (Opus. de rebus grammaticis, ed. C. D. Lambot [Louvain, 1945], 410 y 481-482 , Specilegium Sac. Louv. núm. 20 ). Más sobre los augurios y los oráculos como recursos del exordio en H. Lausberg , Manual de retórica literaria, I, 217 . Está claro que el poeta del Cantar entendía mucho de técnica literaria.

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       34. Vida de Don Quijote y Sancho
(Madrid, 1949), 43.

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